El Último Poder Del Olimpo

No pongas nada sobre mí mientras duermo

La petición llegó una noche tranquila. Eso fue lo que más perturbó a Ares. No había habido discusión. No había aparecido ninguna barrera. Kael no estaba enfadado, ni asustado, ni preparándose para marcharse. Habían cenado juntos, habían pasado una hora revisando mapas dimensionales y otra media discutiendo porque Ares insistía en que utilizar un portal para alcanzar una taza situada a dos metros era una ofensa personal contra el concepto de caminar.

Después Kael había ido a su habitación. Ares creyó que el día había terminado. Se equivocó. Cinco minutos más tarde, Kael apareció en la puerta de su estudio. No mediante portal. Caminando. Eso ya era suficiente para llamar la atención. Ares levantó los ojos del pergamino.

—¿Qué ocurre?

Kael permaneció junto al marco. Llevaba pantalones negros y una camiseta oscura. El cabello rubio con mechones rojizos le caía desordenado alrededor del rostro. No parecía alarmado. Solo serio.

—Quiero pedirte algo.

Ares dejó inmediatamente el pergamino.

—Dime.

Kael no entró todavía.

—Y necesito que no hagas preguntas estúpidas.

El dios levantó una ceja.

—Eso reduce bastante mis posibilidades.

El joven casi sonrió. Casi.

—Ares.

El humor desapareció.

—Bien. Habla.

Kael respiró. Después dijo:

—No pongas nada sobre mí mientras duermo.

Silencio. Ares no entendió al principio. No completamente.

—¿Nada?

—Nada.

—¿Te refieres a...?

—Joyas. Objetos. Cintas físicas. Brazaletes. Collares. Anillos. Cualquier cosa — Ares se quedó inmóvil. Kael continuó —Ni siquiera algo sin magia.

Ahí sí comprendió. Y sintió que algo pesado se instalaba dentro de su pecho. Kael metió las manos en los bolsillos.

—Sé que no lo has hecho.

Ares no respondió.

—Hasta ahora.

El dios bajó la mirada. Aquella frase dolía precisamente porque era justa. Kael no lo estaba acusando. Estaba anticipando un miedo.

—Y no estoy diciendo que crea que vas a hacerlo esta noche —añadió.

Ares levantó los ojos.

—Entonces por qué ahora.

Kael hizo una mueca.

—Pregunta no estúpida. Aceptada.

El dios casi sonrió. No lo hizo.

—Porque últimamente estoy durmiendo más aquí.

Silencio.

—A veces dejo la puerta abierta. A veces me quedo dormido en la biblioteca — Ares escuchó —Y me di cuenta de que cada vez que despierto...— Kael se detuvo. Ares esperó —Lo primero que hago es comprobarme las muñecas.

Golpe. El dios cerró los ojos. No por culpa teatral. Porque dolió.

—También el cuello.

Kael bajó la mirada.

—Y las manos. A veces incluso los tobillos.

Ares abrió los ojos. El joven sonrió sin humor.

—Ridículo.

—No.

La respuesta fue inmediata. Kael levantó una ceja.

—No es ridículo.

Ares se levantó. No se acercó. Solo dejó de estar sentado.

—Tiene sentido después de todo lo que sabes sobre nosotros.

Kael hizo una mueca.

—Sobre los dioses.

—Sí.

—Y después de mí.

Silencio. Ares no se defendió.

—Sí.

Eso ayudó más que cualquier disculpa.nKael finalmente entró.nSe sentó en una silla frente al escritorio.nAres volvió a sentarse también. Distancia. Correcta.

—Cuando me duermo —dijo el joven— no puedo controlar portales.

Ares frunció ligeramente el ceño.

—Pensé que podías reaccionar incluso dormido.

—A veces. Si hay peligro. Pero no puedo garantizarlo.

Kael miró sus manos.

—Y mientras duermo no sé quién entra. No sé qué tocan. No sé si alguien podría colocarme algo antes de que despierte.

Ares sintió rabia. No contra Kael. Contra la idea. Contra los dioses. Contra sí mismo.

—Nadie va a entrar.

Kael levantó inmediatamente una mano.

—No.

Ares se detuvo.

—No hagas promesas enormes.

El dios cerró la boca. Kael respiró.

—No necesito que me digas que nada malo podrá pasar jamás. Solo necesito tu parte.

Ares sostuvo su mirada.

—Mi parte.

—Sí.

Kael señaló entre ambos.

—Tú. No pongas nada sobre mí mientras duermo.

Ares respondió:

—No lo haré.

Kael lo observó. Mucho.

—Ni si crees que me protegería.

—No.

—Ni si es para que pueda rastrearme si ocurre algo.

—No.

Ares apretó la mandíbula. Eso costaba. Kael lo vio.

—Ah.

—Qué.

—Esa te dolió.

El dios hizo una mueca.

—Un poco.

Kael levantó una ceja. Ares cerró los ojos.

—Mucho.

El joven sonrió apenas.

—Muchísimo.

—No abuses.

El humor duró solo unos segundos. Kael continuó:

—Ni si alguna vez te convenzo de llevar algo durante el día.

Ares levantó la mirada.

—Eso es importante.

—Sí.

El joven apoyó los brazos sobre las rodillas.

—Supongamos que algún día acepto un anillo.

Silencio. Ares dejó de respirar..Kael levantó inmediatamente un dedo.

—Hipotético.

—Lo sé.

—Tu cara.

—Estoy intentando.

Kael hizo una mueca.

—Supongamos. Me lo quito antes de dormir. Eso significa que quiero dormir sin él.

Ares asintió.

—Entonces no lo vuelvo a poner.

—Exacto.

—Aunque crea que lo olvidaste.

—Exacto.

—Aunque al día siguiente me digas que querías llevarlo.

Kael pensó.

—Entonces me lo das despierto.

Ares respiró.

—Bien.

La cinta roja apareció lentamente sobre la muñeca de Kael. Violeta sobre Ares. Ninguno la miró primero. Eso también era progreso.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo el dios.

Kael levantó una ceja.

—Depende.

—¿Te ha pasado antes?

El joven frunció el ceño.

—Qué.

—Que alguien te pusiera algo mientras dormías.

Silencio. Kael tardó.

—No una marca.

Ares se tensó.

—Entonces.

El joven miró hacia la ventana.

—En el orfanato hubo épocas en que escondían cosas debajo de las almohadas.




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