Kael despertó tarde, con el cabello completamente revuelto y una franja de luz atravesando la habitación desde la puerta exterior que daba al bosque. Permaneció inmóvil durante unos segundos, todavía medio dormido, escuchando los sonidos suaves del castillo: pasos lejanos, alguna puerta cerrándose, el murmullo de los sirvientes empezando la jornada.
Todo normal. Demasiado normal. Abrió los ojos por completo. Miró la ventana. Después la puerta. Después sus manos. Y entonces se quedó quieto. No había comprobado sus muñecas. Otra vez. No había buscado marcas. No había tocado su cuello. No había mirado sus tobillos.
No había abierto un portal de inmediato para asegurarse de que seguía funcionando. Simplemente había despertado. Kael se incorporó lentamente. La cinta roja apareció apenas sobre su palma. No como alarma. Solo como presencia.
—Interesante.
La palabra salió en voz baja. Después hizo una mueca.
—No.
Se había contagiado demasiado de ellos. La habitación permanecía exactamente como la había dejado. La camisa negra y roja seguía sobre la silla. Los libros continuaban abiertos. Una taza medio vacía permanecía sobre la mesa. La puerta interior estaba entreabierta. Sin cerradura. Nada había cambiado durante la noche. Ese era el punto. Kael se levantó. Caminó hasta la puerta. Miró el corredor. Vacío. Podía salir. Nadie vigilaba. Nadie esperaba. Nadie había aprovechado que dormía para decidir nada sobre él.
Abrió un portal pequeño. La dimensión violeta apareció al otro lado. Funcionaba. Kael sonrió. No porque necesitara comprobarlo. Más bien por costumbre. La diferencia era pequeña. Pero existía. Cerró el círculo. Después salió de la habitación. Caminando. Naturalmente, tardó exactamente treinta segundos en arrepentirse.
—Esto es lentísimo.
Abrió un portal. Apareció directamente en la cocina. Ares estaba desayunando. Naturalmente. El dios levantó los ojos cuando Kael salió del portal.
—Buenos días.
Kael tomó pan.
—Buenos días.
Ares lo observó. El joven lo sintió.
—No.
—Qué.
—Tu cara.
—Solo dije buenos días.
—Después miraste.
—También tengo ojos.
Kael levantó una ceja. Ares sonrió.
—Dormiste bien.
Silencio. Kael mordió el pan.
—Sí.
—Bien.
Nada más. No preguntó si había dormido con un portal abierto. No preguntó si había comprobado la puerta. No preguntó cuántas veces había despertado. Eso también era nuevo. Kael se sentó frente a él.
—Hoy no comprobé.
Ares levantó una ceja.
—Qué.
—Las muñecas.
Silencio. El dios dejó lentamente la taza.
—Ah.
Kael lo miró.
—Eso es todo.
Ares respiró.
—No.
—Qué.
—No es todo.
El joven hizo una mueca.
—No conviertas.
—No estoy.
Ares sostuvo su mirada.
—Solo digo que hace unas semanas despertabas comprobando hasta los tobillos.
Kael levantó lentamente las cejas.
—Recuerdas demasiado.
—Muchísimo.
El joven sonrió.
—Bien. Hoy no.
Ares asintió.
—Me alegra.
Kael levantó una ceja.
—Eso sí puedes decir.
—Estoy aprendiendo.
La cinta violeta apareció sobre la mano de Ares. Roja sobre Kael. Las dos avanzaron apenas hasta las muñecas. Tranquilas. El joven las miró.
—No fueron lo primero que vi hoy.
Ares también observó.
—Mejor.
—Mucho.
—Muchísimo.
Kael soltó una pequeña risa. Después desayunaron. Sin drama. Eso ya era casi revolucionario. Kael comió tres rebanadas de pan. Ares fingió no contar. Kael lo vio.
—Estás contando.
—No.
—Tres.
Silencio. El dios hizo una mueca.
—No deliberadamente.
—Eso no existe.
—Ya lo discutimos.
Kael tomó una cuarta. Ares levantó una ceja. El joven sonrió.
—Ahora sí puedes contar.
—Cruel.
La mañana avanzó. Ares tenía reuniones. Kael no tenía ganas de asistir. Eso significaba que iban a separarse durante unas horas. Antes, Ares habría preguntado adónde iba. Kael habría respondido algo deliberadamente vago. Después habría aparecido una discusión. Aquella vez fue distinto. Ares se levantó.
—Voy a la sala oriental.
Kael levantó una ceja.
—Bien.
—Tengo reunión con comandantes.
—Peor.
—Muchísimo.
El joven sonrió. Ares se ajustó la chaqueta.
—¿Tú?
Kael hizo una mueca. Pregunta. No control.
—No sé. Tal vez bosque. Quizá biblioteca.
Ares asintió.
—Bien.
Kael esperó. Nada.
—Eso fue todo.
El dios levantó una ceja.
—Qué querías.
—Nada.
—Entonces.
Kael sonrió.
—Exactamente.
Ares se marchó. Kael permaneció sentado. Miró la puerta. Después su pan. Después otra vez la puerta. No había tensión. No necesitaba demostrar que podía irse. Tampoco necesitaba quedarse. Se levantó. Caminó hasta el bosque. Sin portal. Porque quería. Eso era lo importante. El bosque estaba húmedo. Había llovido durante la madrugada. Kael respiró. Caminó por un sendero estrecho. Se detuvo frente a un árbol caído. Podía abrir portal. No lo hizo. Saltó.
—Primitivo.
Siguió caminando.
Después sonrió.
—No está tan mal.
Durante años, cada trayecto había tenido propósito. Escapar. Evitar. Acortar. Desaparecer. Ahora empezaba a caminar simplemente porque podía. Eso también era libertad. Llegó hasta una pequeña laguna. Se sentó en una roca. La mañana estaba tranquila. El rojo apareció débilmente sobre su mano. Ares. Lejos dentro del mismo castillo. No sabía exactamente dónde. No necesitaba. El vínculo no daba coordenadas.
Solo presencia. Kael apoyó los brazos sobre las rodillas. Pensó en la noche anterior. Dormir. Despertar. Nada cambiado. Eso se sentía extraño. Porque durante años había asociado seguridad con control activo. Revisar. Preparar. Anticipar. Ahora estaba descubriendo otra forma. Seguridad también podía ser no tener que hacer nada.