El Último Poder Del Olimpo

El castillo de puertas abiertas

Ares mandó retirar la primera puerta a las nueve de la mañana. La segunda desapareció antes del mediodía. Para cuando Kael regresó del bosque, habían quitado cuatro.

Y el muchacho se quedó inmóvil en mitad del corredor preguntándose si el dios de la guerra había perdido finalmente la cordura. No era una hipótesis descabellada.

—Ares.

La voz rebotó por el pasillo. Nada. Kael caminó algunos metros más y encontró dos sirvientes retirando cuidadosamente una enorme puerta de madera oscura. El joven abrió mucho los ojos.

—No.

Los hombres se detuvieron. Uno de ellos miró al otro. Después a Kael.

—¿Señor?

—¿Qué están haciendo?

—Cumpliendo órdenes.

Silencio. Kael cerró los ojos. Naturalmente.

—¿De quién?

Ninguno respondió. No hacía falta. Kael abrió un portal. Desapareció. Ares estaba en la sala de mapas. Kael apareció directamente sobre la mesa. No al lado. Sobre ella. Varias piezas de estrategia salieron despedidas. El dios de la guerra levantó la vista lentamente.

—Eso era innecesario.

Kael bajó de la mesa.

—Puertas.

Ares levantó una ceja.

—Buenos días.

—Puertas.

—Ya veo que estamos empezando directamente.

—¿Qué hiciste?

El dios miró el mapa.

—Varias cosas.

—Ares.

—¿Qué?

—¿Por qué están desmontando puertas?

Silencio. El dios levantó la cabeza.

—No todas.

—Eso no ayuda.

—Cuatro.

Kael abrió mucho los ojos.

—¡CUATRO!

—Cinco si contamos la del ala norte.

Silencio absoluto. Kael lo miró. Ares hizo una mueca.

—Probablemente no debía haber añadido eso.

—No.

El joven cruzó los brazos.

—Explícate.

Ares dejó la pluma.

—Estoy reorganizando el castillo.

—Eso veo.

—Hay demasiadas divisiones internas.

Kael levantó una ceja.

—Esto es un castillo. Las divisiones son parte del concepto.

—No todas son necesarias.

—¿Desde cuándo te preocupa la arquitectura?

Ares hizo una mueca.

—Desde que descubrí que vivo en una fortaleza donde todo parece diseñado para cerrarse.

Silencio. Kael dejó de bromear.

—Ah.

—Sí.

El dios se levantó.

—Después de lo que ocurrió contigo empecé a ver cosas que antes no veía. Puertas dobles.

Corredores con cierres mágicos..Salas que pueden sellarse desde fuera. Otra.

—Demasiados puntos de control.

Kael lo observó.

—Y decidiste arrancar puertas.

—Algunas.

—Sin preguntarme.

Ares cerró los ojos.

—Ahí viene.

—Sí.

—No son las de tu habitación.

—No importa.

El dios hizo una mueca..Kael continuó:

—No puedes convertir todo el castillo en terapia arquitectónica sin pensar.

—Puedo.

El joven levantó una ceja. Ares suspiró.

—Técnicamente puedo.

—Y emocionalmente.

—Claramente no.

Kael sonrió apenas. Ares caminó hacia una ventana.

—No estoy haciendo esto solo por ti.

Kael se apoyó contra la mesa.

—Eso suena sospechosamente defensivo.

—Porque es verdad. Hay muchas áreas donde nadie necesita puerta. La biblioteca principal, por ejemplo. Kael levantó una ceja.

—¿Quitaste esa?

—Sí.

—Atenea te mataría.

—Este no es su castillo.

—Por ahora.

Ares hizo una mueca.

—No invoques desgracias.

Kael sonrió. Después volvió a ponerse serio.

—Entonces no es una declaración.

—No.

—Ni un gran gesto para demostrarme que cambiaste.

Ares tardó.

—No quiero que lo sea.

Kael observó.

—Eso no respondió.

El dios respiró.

—Una parte de mí sí quería que vieras.

Silencio.

—Ah.

—Lo sé.

—Ares.

—Lo sé.

El dios pasó una mano por el cabello.

—Estoy intentando dejar de hacer eso.

—Qué.

—Convertir cada cambio en algo que tengas que notar. Como si lo ves, entonces cuenta más.

Kael se quedó quieto. Eso era importante.

—¿Y la otra parte?

—La otra simplemente empezó a odiar ciertas puertas.

El joven levantó una ceja.

—Por lo que representan.

Ares asintió.

—Sí.

Kael miró hacia el corredor.

—Quiero ver.

El dios levantó una ceja.

—Qué.

—Las puertas que quitaste.

—Puedes caminar.

Kael abrió un portal. Ares cerró los ojos.

—Naturalmente.

—¿Vienes?

El dios hizo una mueca.

—Sí.

Atravesaron. La biblioteca principal era distinta. No dramáticamente. Pero sí. Antes tenía dos puertas enormes de madera con hierro oscuro y símbolos rojos de Ares. Ahora el acceso era un arco abierto. Nada más. Kael se detuvo. Miró.

—Es raro.

—Malo.

—No. Más grande.

Ares levantó una ceja.

—La habitación tiene el mismo tamaño.

—Se siente distinta.

Silencio. Eso era exactamente lo que el dios había pensado. Kael caminó hasta el umbral inexistente. Lo atravesó. Volvió. Otra vez. Ares lo miró.

—¿Qué haces?

—Pruebo.

—No hay nada que probar.

Kael levantó una ceja.

—Eso es precisamente.

Siguieron. La segunda puerta pertenecía al comedor pequeño. La tercera, a una galería. La cuarta, a una sala que daba al jardín. La quinta estaba en proceso de desaparecer. Kael la miró.

—Esta sí podría quedarse.

Ares levantó una ceja.

—Por qué.

—Corrientes de aire.

Silencio. El dios abrió mucho los ojos.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—Entonces la vuelvo a poner.

Kael se quedó quieto.

—Qué.

Ares hizo una mueca.

—Dijiste que sirve.

—No esperaba que aceptaras.

—Estoy aprendiendo.

El joven sonrió.

—Muchísimo.

Ares llamó a los trabajadores.

—Esta se queda.

Los hombres asintieron. Kael observó. No había dramatismo. No discusión. Solo cambio.

—Bien.

Ares levantó una ceja.

—Bien.

Caminaron hacia el jardín. Ares explicó que también estaba revisando los sellos del castillo. Kael se tensó ligeramente. El dios lo vio.




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