No hubo siquiera una ocasión especial. Había pan. Eso, de alguna manera, parecía apropiado. Ares estaba sentado en la cocina revisando un informe cuando Kael apareció por la puerta. No mediante portal. Caminando. El dios levantó los ojos. Después miró hacia el corredor. Volvió a Kael.
—Caminaste.
El joven levantó una ceja.
—Buenos días.
—Buenos días. Caminaste.
Kael dejó una mano sobre la mesa.
—¿Quieres que regrese y abra un portal?
—No.
—Entonces supera.
Ares sonrió.
—Estoy procesando.
—Muchísimo.
Kael tomó pan. Se sentó. Y durante varios minutos no ocurrió absolutamente nada. Comieron. Ares revisó el informe. Kael abrió un libro que había traído consigo. Una mañana normal. Una de esas mañanas que meses atrás habrían parecido imposibles. El castillo estaba silencioso.
Desde que Ares había cambiado las reglas internas y retirado varios cierres innecesarios, el aire circulaba de otra manera. Las áreas comunes parecían más amplias. Los corredores ya no estaban llenos de puntos donde Kael miraba automáticamente hacia arriba o hacia los costados intentando calcular qué podía bloquearse.
Algunas puertas seguían allí. Naturalmente. Una fortaleza sin ninguna puerta sería una estupidez arquitectónica incluso para los dioses. Pero Kael ya no las miraba como posibles jaulas. Solo como puertas. El cambio había sido tan gradual que ninguno de los dos supo cuándo empezó exactamente.
Quizá la noche en que Ares no puso una manta sobre él mientras dormía. Quizá la mañana en que Kael despertó sin revisar sus muñecas. Quizá cuando la cerradura desapareció de su habitación y terminó descubriendo que un límite podía existir aunque nada de metal lo reforzara. Quizá mucho antes.
En la fuente. En aquella primera huida. En el primer regreso. No importaba. Ahora Kael estaba sentado frente al dios de la guerra comiendo pan y pensando en algo que llevaba tres días evitando. Ares pasó otra página. Kael lo miró. Apartó la vista. Volvió a mirarlo. El dios suspiró.
—Qué.
—Nada.
—Tu cara.
Kael levantó una ceja.
—Eso era mío.
—Ahora patrimonio compartido.
—Horrible.
Ares sonrió.
—Estás pensando.
—Sí.
—Peligroso.
—Muchísimo.
El dios cerró el informe.
—Ahora quiero saber.
Kael mordió el pan.
—No.
—Kael.
—No preguntes.
—No estoy preguntando.
Silencio. El joven levantó lentamente una ceja. Ares hizo una mueca.
—Bien. Estoy preguntando.
Kael sonrió.
—Después.
—¿Cuándo?
—No conviertas después en horario.
Ares cerró los ojos.
—Estoy mejorando, no soy milagro.
Kael volvió al libro. No leyó una sola palabra. Porque el problema seguía. Su habitación. Sus cosas. Las cajas. La camisa. Los libros. La ropa. Las botas. Los mapas. La piedra. La taza que finalmente había permitido retirar después de que Ares amenazara con declararla forma de vida independiente. Cada semana había algo más. Pero todavía existían cosas en el orfanato.
No muchas. Algunas ropas. Viejos libros. Objetos que Kael había mantenido allí deliberadamente. Una reserva. Una forma de decirse:
Todavía no vivo completamente en el castillo.
Eso lo tranquilizaba. Hasta que dejó de hacerlo. Tres días antes había regresado al orfanato y se había encontrado sentado sobre su antigua cama preguntándose por qué seguía fingiendo que ese lugar era su centro. No lo era. No desde hacía tiempo. Seguía queriéndolo. Seguía formando parte de su historia. Seguiría visitando a Emil y a los demás. Pero ya no regresaba allí para descansar. Regresaba de visita. La palabra le había molestado. Muchísimo. Porque si aquello era visita...
Entonces había otra pregunta. ¿Dónde estaba su casa? Kael había abierto un portal y aparecido en la cocina de Ares antes de terminar de responder. Naturalmente.
—Te vas hoy —preguntó Ares.
Kael levantó los ojos.
—No sé.
El dios asintió.
—Bien.
Silencio. Kael lo miró. Nada. No pregunta adicional. No cálculo. No esa mirada de ansiedad que esperaba una duración.
—Eso fue todo.
Ares levantó una ceja.
—Dijiste que no sabes.
—Sí.
—Entonces no sabes.
Kael hizo una mueca.
—Qué razonable.
—Me esfuerzo.
—Me preocupa.
Ares sonrió. El joven bajó el libro.
—¿Qué harías si me fuera una semana?
Ares dejó inmediatamente de sonreír.
—Eso es pregunta hipotética o amenaza.
—Hipotética.
El dios respiró.
—Sufrir.
Kael soltó una pequeña risa.
—Honesto.
—Muchísimo.
— ¿Y?
Ares pensó.
—Seguir con mi vida.
El joven levantó una ceja. No esperaba.
—Entrenar.
Trabajar. Pelear con Apolo si aparece.
—Naturalmente.
—Mirar demasiado las puertas.
Kael sonrió.
—Mucho.
—Muchísimo.
Ares continuó:
—Esperar que vuelvas. Sin convertir la espera en una exigencia.
Silencio. Eso sí. Kael bajó la mirada.
—Bien.
El dios levantó una ceja.
—Eso pareció examen.
—No era.
—Mentirosa.
—Sigue sin corresponder.
Ares tomó la taza.
—Y tú.
—Qué.
—Qué harías si yo desapareciera una semana.
Kael se tensó. Un poco.
—Depende.
—De qué.
—Si avisas.
Ares hizo una mueca.
—Justo.
—Si dices que vas a una misión y que estarás bien, te dejo.
—Sufrirías.
Kael levantó una ceja.
—No abuses.
Ares sonrió.
—Muchísimo.
El joven hizo una mueca.
—Sí.