Simplemente cambiaron. Y fue Ares quien lo notó primero. Kael estaba de espaldas a él, inclinado sobre la mesa de la cocina mientras discutía con una de las cocineras acerca de si una tarta podía considerarse desayuno. La mujer sostenía que no. Kael afirmaba que aquella era una construcción social carente de fundamento.
Ares, que había entrado precisamente en el momento en que la discusión alcanzaba niveles filosóficos, se quedó detenido junto a la puerta.
—Es fruta —decía Kael—. Tiene frutos rojos.
—Encima de crema —respondió la mujer.
—Detalles.
—Y chocolate.
—Más nutrientes.
—Kael.
—¿Qué?
—Son las ocho de la mañana.
El muchacho levantó una ceja.
—El tiempo tampoco altera la composición química de una tarta.
Ares soltó una carcajada. Kael giró.
—Tú no opines.
—Ni siquiera dije nada.
—Tu cara.
—Estoy completamente de acuerdo contigo.
La cocinera miró al dios.
—Naturalmente.
—¿Qué? —preguntó Ares.
—Usted le permite todo.
Kael abrió mucho los ojos.
—No.
Ares cerró los ojos. Mala palabra. La cocinera comprendió demasiado tarde. Kael cruzó los brazos.
—¿Me permite?
—Quise decir...
—No sigas —aconsejó Ares.
La mujer dejó la tarta sobre la mesa.
—Voy a fingir que no participé en esta conversación.
Y se marchó. Kael la siguió con la mirada. Después tomó un trozo.
—Victoria.
Ares sonrió.
—Manipulaste una retirada táctica.
—Victoria.
—No es lo mismo.
—Dios de la guerra, deberías saber que quien conserva el territorio gana.
Ares abrió mucho los ojos.
—Eso fue ofensivamente bueno.
Kael sonrió y se llevó un pedazo de tarta a la boca. Fue entonces cuando Ares vio el rojo. No como antes. El lazo comenzaba en los dedos de Kael y ascendía por la mano, rodeándole la muñeca en espirales de luz. Pero entre aquellas líneas rojas había aparecido otra cosa. Violeta. Muy poco. Una hebra finísima. Ares dejó de sonreír. Kael levantó una ceja.
—Qué.
El dios no respondió.
—Ares.
—Tu brazo.
Kael bajó la mirada. Silencio. La tarta quedó olvidada. El rojo continuaba allí. Pero en algunos puntos se mezclaba con violeta. No se fundían. Se entrelazaban. Kael abrió lentamente los ojos.
—No.
Ares miró inmediatamente sus propias manos. Y descubrió lo mismo. Violeta. Su color. El lazo que hasta entonces había pertenecido a su parte del vínculo. Pero dentro del violeta aparecían finas líneas rojas. El color de Kael. Ambos quedaron inmóviles.
—Eso es nuevo —murmuró Ares.
Kael hizo una mueca.
—Excelente observación.
—Estoy intentando no entrar en pánico.
—Tú.
Ares levantó una ceja.
—Sí.
Kael miró su muñeca.
—Yo soy quien debería estar preocupado.
—Por qué.
El muchacho levantó los ojos.
—Porque cuando las cosas empiezan a mezclarse entre dioses y destructores suelen acabar en frases como «marca definitiva», «vínculo eterno» o «ahora te pertenece el alma».
Ares hizo una mueca.
—Eso último suena demasiado Hades.
Kael soltó una pequeña risa.
—Muchísimo.
El humor ayudó. Un poco. Pero Kael seguía mirando el violeta sobre su piel.
—No quiero que esto haga nada.
Ares respondió inmediatamente:
—Entonces no hará nada que aceptemos.
Kael levantó lentamente la cabeza. Ares también pareció sorprenderse de lo rápido que había dicho aquello.
—Eso fue...
—Peligrosamente sano.
—Sí.
El dios hizo una mueca.
—Me estás arruinando reputación.
Kael volvió a mirar los lazos.
—Primero averiguamos qué son.
—De acuerdo.
—Sin tocar magia experimental.
—Sí.
—Sin pedirle a Zeus que «los estabilice».
Ares abrió mucho los ojos.
—No pensaba.
—Mentirosa.
—Un poco.
—Muchísimo.
Ares cerró los ojos.
—Bien.
La primera persona a la que acudieron fue Dámetor. Naturalmente. La segunda fue Apolo. Lamentablemente. Kael abrió un portal directamente hacia la terraza del castillo solar, donde Dámetor estaba desayunando y Apolo tocaba una lira junto a una ventana. Los dos levantaron la mirada. Kael entró. Ares detrás. Dámetor miró sus brazos. Se quedó inmóvil. Apolo dejó de tocar.
—Ah —dijo Dámetor.
Kael hizo una mueca.
—No hagas ese sonido.
—Qué sonido.
—Ese.
Ares señaló sus propios lazos.
—Cambiaron.
Apolo se acercó.
—Lo vemos.
Kael cruzó los brazos.
—Excelente. Hemos reunido a cuatro seres inmortales o casi inmortales para confirmar colores.
Dámetor sonrió.
—Productivo.
—Muchísimo.
Ares y Apolo hicieron una mueca al mismo tiempo. Kael lo vio.
—Siguen sincronizados.
—No —respondieron ambos.
Dámetor soltó una carcajada. Dámetor extendió una mano.
—¿Puedo acercarme?
Kael asintió. El destructor de cabellos negros observó sin tocar.
—No parece marca.
—Lo sé.
—No hay símbolo divino.
Ares frunció el ceño.
—Entonces qué.
Dámetor levantó una ceja.
—No soy enciclopedia.
Kael sonrió.
—A veces actúas.
—Eso es porque comparado contigo cualquiera parece organizado.
—Calumnia.
Apolo murmuró:
—No.
Kael lo miró.
—Traidor.
Dámetor volvió a estudiar los colores.
—¿Cuándo apareció.
Ares respondió:
—Esta mañana.
Kael añadió:
—Después de que ayer decidiera quedarme en el castillo.
Silencio. Apolo giró demasiado rápido.
—Qué.
Kael cerró los ojos.
—Perfecto.
Dámetor sonrió lentamente.
—Te mudaste.