Ares no había vuelto a abrirla en varios días. Eso, por sí solo, ya era extraño. Durante mucho tiempo el brazalete había representado una posibilidad. Una solución preparada para el peor de sus miedos. Una forma de asegurar aquello que no sabía sostener de otra manera. Kael. Una muñeca. Un cierre. Un símbolo. Un dios intentando convencerse de que amar y conservar eran la misma cosa. Pero aquella mañana Ares bajó otra vez. No impulsado por miedo. No después de una partida. No porque Kael estuviera fuera y el silencio del castillo le resultara insoportable. Kael estaba arriba. En la biblioteca. Había dicho que pasaría la mañana estudiando unos mapas con Dámetor y que después quizá iría al bosque.
Quizá. Ares no había preguntado cuándo volvería. No había sentido necesidad de hacerlo. Bueno. Muy poca. Eso era importante. Descendió las escaleras de piedra con una calma casi irritante. Primero un sello. Después otro. Siete. La puerta se abrió. Entró. La caja seguía allí. Ares permaneció varios segundos frente a ella. No la tocó. Solo la miró. Roja. Oscura. Hermosa. Naturalmente. Había sido diseñada para Kael.
Eso era lo peor. No como regalo. Como marca. Como extensión de Ares sobre el cuerpo del muchacho. El dios levantó una mano. La tapa se abrió. El brazalete brilló. Oro y rojo. Símbolos de guerra. Símbolos suyos. Todo perfectamente preparado para rodear una muñeca que Kael había defendido desde el primer día. Ares sintió algo. No deseo. No exactamente. Memoria.
Recordó la primera vez que había imaginado colocarlo. Kael furioso. Abriendo portales. Negándose. Desafiándolo..Ares había pensado entonces que aquella rebeldía era un problema que debía resolver. Después creyó que era miedo que debía calmar.
Después comprendió que era simplemente un límite. Uno que tenía derecho a existir. Tomó el brazalete. El metal estaba frío. No pesaba demasiado. Y, sin embargo, durante meses había cargado más peso emocional que muchas armas divinas.
—Ridículo —murmuró.
Silencio..La caja no respondió. Kael lo habría hecho. Naturalmente. Probablemente habría dicho algo como:
Muchísimo.
Ares sonrió. Después la sonrisa desapareció. Porque por primera vez sostuvo el brazalete y no imaginó la muñeca de Kael debajo. Nada. Ni siquiera como posibilidad. Solo metal. Eso lo sorprendió. Arriba, Kael estaba teniendo una discusión bastante menos solemne.
—No.
Dámetor levantó una ceja.
—Sí.
—Eso no puede estabilizarse.
—Puede.
—No con esa distribución.
Dámetor hizo levitar cinco pequeñas esferas metálicas sobre una mesa..Kael abrió tres portales.
—Mira.
Las esferas atravesaron una abertura, aparecieron por otra y Dámetor corrigió sus trayectorias mediante telequinesis. Dos salieron bien. Una chocó contra un libro. Otra desapareció dentro del tercer portal. La quinta apareció detrás de Kael. Golpe.
—¡Ay!
Silencio. Dámetor se tapó la boca. Kael giró lentamente.
—No.
—Fue...
—No.
—Controlado.
Kael abrió mucho los ojos.
—¡ME GOLPEÓ EN LA CABEZA!
Dámetor empezó a reír.
—Controlado parcialmente.
Kael abrió un portal debajo de su silla. Dámetor cayó.
—¡KAEL!
—Controlado.
Ares habría disfrutado aquello..El pensamiento apareció. Kael se detuvo. Dámetor asomó la cabeza desde el portal inferior.
—Qué.
—Nada.
—Tu cara.
Kael hizo una mueca.
—Cultura.
Cerró el portal. Dámetor volvió a aparecer sentado, aunque ahora con dignidad notablemente reducida.
—Pensaste en Ares.
Kael levantó una ceja.
—Qué.
—Tu cara.
—No.
—Sí.
—Estaba pensando que se reiría.
Dámetor sonrió.
—Eso cuenta.
Kael hizo una mueca.
—No conviertas.
—No soy Ares.
—Peor. Eres amigo.
—Muchísimo.
Kael volvió a los mapas. Pero algo en el vínculo había cambiado. No peligro. No miedo. Una sensación extraña. Quietud. Violeta. Muy tenue. El joven levantó la mano. Las hebras rojo y violeta aparecieron. Dámetor lo vio.
—Qué pasa.
—No sé. Ares está pensando.
Dámetor levantó una ceja.
—Eso sí es alarmante.
Kael soltó una risa.
—Muchísimo.
Pero no abrió portal. No fue a comprobar. Eso también importaba. Abajo, Ares seguía sosteniendo el brazalete. Podía destruirlo. Fácil. Una presión. Un golpe. Magia. Convertirlo en ceniza. Había pensado en hacerlo muchas veces. Como prueba. Como promesa. Como forma de demostrarle a Kael que había cambiado. Ahora comprendía por qué no debía. Destruirlo delante de él podía convertirse en otro espectáculo. Otro gran gesto. Otra forma de decir:
Mira lo que hago por ti.
No. Aquello debía ser suyo. No de Kael. Ares cerró los ojos. ¿Qué quería hacer realmente? Pensó. No mucho. Por primera vez la respuesta llegó simple. No necesitaba conservarlo. Nada más. Abrió la mano. El brazalete descansó sobre su palma. Después utilizó fuego divino. No rojo. Dorado. Lento. Sin violencia. El metal comenzó a derretirse. Ares observó. No sintió pánico. Eso fue lo sorprendente. Los símbolos desaparecieron primero. Su emblema se deformó. Después el cierre.
Finalmente el círculo dejó de existir. El oro cayó en forma líquida dentro de un recipiente de piedra. Nada más. No explosión. No ceremonia. El brazalete terminó..Ares miró el metal fundido. Eso era todo. Meses de obsesión. Convertidos en oro sin forma. Podía reutilizarse. Quizá algún día como otra cosa. No sobre Kael. No como marca. Ares sonrió.
—Mucho mejor.
Kael apareció exactamente veinte minutos después. No porque hubiera sentido destrucción. Porque necesitaba un libro. Naturalmente. Entró en la sala de mapas buscando a Ares. Vacía. Cocina. Nada. Biblioteca secundaria. Nada. Kael levantó una ceja.