El Último Poder Del Olimpo

Elegirte no significa obedecerte

La discusión empezó por una espada. Naturalmente..No por una amenaza divina, ni por una grieta dimensional, ni por alguna antigua profecía capaz de alterar el equilibrio entre dioses y destructores. Por una espada.

Kael estaba en la sala de entrenamiento observando tres armas colocadas sobre una mesa cuando Ares entró y cometió el error de opinar.

—La del centro.

Kael no levantó la cabeza.

—No.

Ares se detuvo.

—Ni siquiera preguntaste por qué.

—No importa.

—Está mejor equilibrada.

—No la quiero.

—La negra pesa demasiado.

—Me gusta.

—Kael.

El joven tomó precisamente la espada negra. Ares cerró los ojos.

—Naturalmente.

Kael probó el peso con una mano.

—Perfecta.

—No.

El joven levantó una ceja.

—¿No qué?

—No es perfecta.

—Para mí sí.

Ares se acercó.

—Tu muñeca va a resentirse después de media hora.

—Mi muñeca es asunto mío.

Silencio. La frase fue pequeña. Pero cambió inmediatamente el aire. Ares hizo una mueca.

—Solo intento evitar que te lastimes.

—Y yo te digo que quiero usar esta.

—Porque eres terco.

Kael sonrió.

—Eso también es asunto mío.

Ares apoyó una mano sobre la mesa.

—Kael.

—Ares.

—Escúchame.

—Te escuché.

—Entonces usa la otra.

Silencio. El rojo apareció sobre los brazos de Kael. Violeta sobre los de Ares. Entrelazados con las hebras contrarias. No desaparecieron. Pero Kael dejó la espada lentamente sobre la mesa.

—Ahí está.

Ares frunció el ceño.

—Qué.

—La parte que todavía no entiendes.

—¿Cuál?

El joven sostuvo sus ojos.

—Elegirte no significa obedecerte.

Ares se quedó quieto. La frase no había sido gritada. Eso la hizo peor. Kael continuó:

—Puedo escuchar tu opinión.

Pausa.

—Puedo considerar que tienes experiencia.

Otra.

—Puedo incluso pensar que probablemente tengas razón.

Ares levantó una ceja.

—Probablemente.

Kael hizo una mueca.

—No arruines.

El dios cerró la boca.

—Pero después sigo decidiendo yo.

Silencio. Ares miró la espada negra. Después la del centro.

—Eso no significa que no pueda insistir.

Kael levantó una ceja.

—Depende de cuánto.

—Qué significa.

—Una vez es opinión. Dos, insistencia. Diez, intento de control.

Ares hizo una mueca.

—No llevo diez.

—Vas en seis.

—Contaste.

Kael sonrió.

—Muchísimo.

Ares soltó aire.

—Bien.

El joven levantó una ceja.

—Bien de verdad.

—No.

—Ah.

—No me gusta.

Kael sonrió.

—Eso sí es honesto.

—Creo que estás eligiendo peor arma.

—Puede ser.

—Y me molesta saberlo.

—Permitido.

Ares cruzó los brazos.

—Muchísimo.

El joven sonrió.

—También permitido.

Kael tomó la espada negra otra vez. Ares la miró como si hubiera sido insultado personalmente.

—Tu cara.

—Estoy sufriendo.

—Sobrevivirás.

—Soy inmortal.

—Exacto.

Kael empezó a caminar hacia el centro de la sala. Ares lo siguió.

—Si a los veinte minutos te duele la muñeca, no digas que no advertí.

Kael giró.

—Eso sí puedes.

—Excelente.

—Pero no vas a hacer esa cosa.

—Qué cosa.

—La cara de satisfacción.

Ares levantó una ceja.

—No controlo.

—Mentirosa.

—Sigue sin corresponder.

El entrenamiento comenzó. Y, para desgracia de Kael, Ares tenía razón. Veintitrés minutos después, la muñeca empezó a molestar. Nada grave. Pero evidente. El joven siguió. Ares lo vio. No dijo nada. Cinco minutos. Diez..Kael hizo un giro. Pequeña punzada. Ares seguía callado. Eso era peor. Kael lo miró.

—Dilo.

El dios levantó una ceja.

—Qué.

—Lo estás pensando.

—Muchas cosas.

—La espada.

Ares hizo una mueca.

—No necesito.

—Tu cara.

—Prometí no hacerla.

—No prometiste.

—Espiritualmente.

Kael soltó una risa. Después dejó la espada.

—Tenías razón.

Silencio. Ares se quedó completamente inmóvil. Kael levantó un dedo.

—No.

El dios cerró la boca.

—Ni una palabra.

Ares asintió.

—Nada.

Kael tomó la espada del centro.

—Y esto no significa que debí obedecerte.

Ares levantó una ceja.

—No.

El joven lo miró.

—Bien.

—Significa que necesitabas comprobar.

—Exactamente.

Ares sonrió.

—A veces aprenderás por experiencia.

Kael hizo una mueca.

—Y a veces tú tendrás que mirar cómo me equivoco.

El dios dejó de sonreír.

—Eso es horrible.

—Muchísimo.

Aquello parecía una discusión menor. No lo era. Porque durante meses habían hablado de grandes límites. Portales. Marcas. Puertas. Brazaletes. Dormir. Salir. Volver. Pero había algo más cotidiano y quizá más difícil: permitir que Kael tomara decisiones que Ares consideraba equivocadas.

La libertad no solo importaba cuando el joven quería irse del castillo. También cuando elegía una espada pesada. Cuando leía hasta demasiado tarde. Cuando se negaba a comer algo que Ares consideraba saludable. Cuando quería visitar una dimensión que el dios juzgaba aburrida. Cuando compraba libros inútiles. Cuando se vestía para el frío como si el frío fuera un rumor.

En esas pequeñas cosas Ares seguía descubriendo cuánto había confundido durante siglos cuidado con autoridad. El segundo enfrentamiento del día llegó durante el almuerzo. Kael estaba comiendo pan. Solo pan. Ares lo miró.

—Come algo más.

El joven siguió.

—Kael.

—Qué.

—Eso no es almuerzo.

—Para mí sí.

—No.

Kael levantó una ceja.

—Otra vez.

Ares hizo una mueca.

—Necesitas proteína.

—Soy destructor.

—Eso no altera biología básica.

—Inmortal.

—Tampoco.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.