El Último Poder Del Olimpo

Mi lugar junto al dios de la guerra

Kael descubrió que encontrar un lugar podía ser más difícil que escapar de uno. Escapar siempre había sido sencillo en comparación. Bastaba con reconocer el peligro, abrir un portal y cruzarlo. El espacio obedecía. Las distancias se rendían. Las paredes dejaban de importar. Era una habilidad limpia, inmediata, casi elegante.

Encontrar un lugar era otra cosa. Exigía quedarse el tiempo suficiente para descubrir si realmente se quería estar allí. Exigía soportar la incomodidad de volverse parte de una rutina. Dejar objetos. Crear hábitos. Esperar a alguien. Permitir que alguien lo esperara a uno.

Y, sobre todo, aceptar que pertenecer a un lugar no significaba pertenecerle a quien vivía en él. Kael había tardado meses en comprender la diferencia. Aquella mañana, sin embargo, creyó estar empezando a encontrarla. Ares estaba entrenando en el patio oriental cuando Kael apareció en lo alto de una de las galerías. No mediante portal. Caminando. Otra vez.

El dios levantó la mirada en mitad de un movimiento y casi recibió una lanza de entrenamiento en el hombro. La atrapó a tiempo. El soldado frente a él palideció.

—Perdón, mi señor.

Ares soltó la lanza.

—No fue tu culpa.

Kael se apoyó en la baranda.

—Eso es progreso.

El dios alzó una ceja.

—Qué haces ahí.

—Mirando.

—Eso noto.

—Entonces por qué preguntas.

Ares cerró los ojos.

—Buenos días.

—Buenos días.

El soldado aprovechó la distracción para retirarse prudentemente. Kael lo vio.

—Huyó.

—Sobrevivencia militar.

—Muchísimo.

Ares sonrió. Después lo observó con más atención.

—¿Todo bien.

Kael levantó una ceja.

—Sí.

—Tu cara.

El joven abrió mucho los ojos.

—Eso era mío.

—Patrimonio compartido.

—Horrible.

Ares dejó el arma a un lado.

—Entonces.

Kael miró el patio.

—Quiero entrenar.

—Bien.

—Contigo.

Silencio. El dios sonrió demasiado. Kael levantó un dedo.

—No.

—No hice nada.

—Tu cara.

—Estoy feliz.

—Moderación.

—No puedo.

Kael soltó una pequeña risa. Descendió por las escaleras. Ares miró. No portal. Interesante. Kael llegó al patio y tomó una espada de práctica. La del centro. Ares la vio.

—Ah.

Kael levantó una ceja.

—Ni una palabra.

—No iba.

—Tu cara.

—Estoy sufriendo por autocontrol.

—Permitido.

Empezaron. Ares atacó primero. Kael bloqueó. Bien. Segundo golpe. Kael esquivó. Tercero. El joven retrocedió y abrió un portal detrás de Ares. El dios apareció tres metros a la izquierda.

—¡DIJIMOS ENTRENAMIENTO FÍSICO!

Kael sonrió.

—No dijimos sin portales.

—Lo pensé.

—Problema tuyo.

Ares cerró los ojos.

—Naturalmente.

Kael atacó. El dios bloqueó. Durante varios minutos pelearon entre risas, trampas dimensionales y protestas sobre reglas que ninguno había establecido correctamente. Al final Ares consiguió desarmarlo. La espada de Kael salió volando. El joven levantó una mano. Teletransportó el arma mediante un pequeño portal. Volvió a su mano. Ares abrió mucho los ojos.

—Eso no cuenta.

—Cuenta.

—¡ESTABA DESARMADO!

—Durante medio segundo.

—Kael.

—Muchísimo.

El dios soltó una carcajada. Cuando terminaron, se sentaron en el borde del patio. Ares tomó agua. Kael también. Silencio. El joven observó a los soldados entrenando a la distancia.

—Me gusta esto.

Ares levantó una ceja.

—Qué.

—Entrenar aquí.

Antes pensaba que cada espacio del castillo era tuyo. El dios se quedó quieto. Kael continuó:

—Y que si lo usaba demasiado, empezaría a depender de algo que pertenecía a otro.

—Ahora.

Kael miró el patio.

—Ahora siento que también puedo ocuparlo.

Silencio. Ares sonrió. No demasiado. Muy bien.

—Eso me gusta.

Kael levantó una ceja.

—Puedes decirlo.

—Estoy practicando.

La cinta roja apareció sobre Kael. Violeta sobre Ares. Entrelazadas. El joven las miró.

—No es por las cintas.

—Lo sé.

—Bien.

Después del entrenamiento, Kael fue a ducharse y reapareció una hora más tarde en la biblioteca. Ares estaba allí. Dámetor también. Eso sí fue inesperado. Kael levantó una ceja.

—Qué haces.

Dámetor miró hacia él.

—Visita.

—Sin avisar.

—Aprendí de ti.

Kael sonrió.

—Justo.

Ares hizo una mueca.

—No fomentes.

Dámetor estaba revisando un mapa con Ares.

—Qué ocurre.

Ares señaló una zona.

—Hay inestabilidad dimensional cerca de la frontera norte.

Kael se acercó inmediatamente.

—Desde cuándo.

—Anoche.

—Por qué no me dijiste.

Ares se quedó quieto. Silencio. Kael levantó una ceja.

—Ares.

El dios respiró.

—Porque estabas durmiendo.

—Podías decirme al despertar.

—Sí.

—Y.

Ares hizo una mueca.

—Quise resolver primero.

Kael se tensó. Dámetor miró a ambos.

—Voy a dejar...

—No —dijeron los dos.

Dámetor levantó las manos.

—Bien.

Kael se cruzó de brazos.

—Esto también es decidir por mí.

Ares frunció el ceño.

—No.

—Sí.

—No estaba impidiéndote hacer nada.

—Pero elegiste qué información debía tener.

Silencio. Golpe. Ares bajó la mirada.

—Ah.

—Exacto. Si algo involucra portales dimensionales y puede afectarme, dime.

Ares respiró.

—Bien.

—No porque me necesites.

—No.

—Porque es mi área también.

Silencio. Ares levantó los ojos.

—Tienes razón.

Kael sonrió apenas.

—Eso fue rápido.

—Estoy aprendiendo.

Dámetor levantó una ceja.

—Muchísimo.

Ares cerró los ojos.

—No tú también.

Kael se acercó al mapa.

—Muéstrame.

Ares señaló. La grieta era pequeña. Inestable. No peligrosa todavía. Kael la estudió.




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