Lo que nunca había sabido era amar sin transformar el amor en estrategia. Durante siglos había pensado que querer a alguien significaba protegerlo de todo, incluso de sí mismo. Había confundido vigilancia con cuidado, permanencia con lealtad, obediencia con armonía y cercanía con seguridad. Con Afrodita había cometido todos esos errores. Con Kael había estado a punto de repetirlos.
Pero aquella mañana, mientras observaba al muchacho entrenar a varios soldados en el patio oriental, Ares comprendió que algo dentro de él había cambiado. No de golpe. No completamente. Pero suficiente. Kael estaba a unos cincuenta metros. No junto a él. No bajo su vigilancia. No necesitándolo. Y Ares estaba tranquilo. Bueno. Relativamente. Seguía siendo Ares.
—Otra vez —ordenó Kael.
Cinco soldados se colocaron en posición. El muchacho levantó una mano y abrió tres portales pequeños alrededor del patio. No eran peligrosos. Solo ventanas dimensionales pensadas para modificar ángulos.
—Si ven distorsión violeta —explicó— no ataquen el borde.
Uno de los soldados levantó una espada.
—¿Por qué?
Kael abrió un portal delante del arma. El hombre golpeó. La espada desapareció. Un segundo portal se abrió detrás. La hoja apareció y golpeó suavemente al propio soldado en la espalda. Silencio. Kael levantó una ceja.
—Por eso.
Los demás se rieron. El soldado hizo una mueca.
—Entendido.
Ares sonrió desde la galería. Apolo, que estaba junto a él, también.
—Lo entrenaste bien —comentó.
Ares giró lentamente.
—No.
Apolo levantó una ceja.
—Qué.
—No lo entrené yo.
El dios del sol miró hacia Kael.
—Ah.
Ares volvió la mirada hacia el patio.
—Aprendí de él algunas cosas.
Silencio. Apolo sonrió.
—Eso fue casi humilde.
Ares hizo una mueca.
—No abuses.
—Muchísimo.
Ares cerró los ojos.
—Dámetor te arruinó.
—Completamente.
Kael hizo aparecer otro portal. Los soldados comenzaron a practicar evasiones. Ares lo observó. Meses atrás habría pensado en riesgos. En quién podía acercarse. En quién lo miraba demasiado. En si alguno de aquellos soldados podía resultar amenaza. Ahora veía otra cosa. Kael enseñaba. Decidía. Ocupaba espacio. Se movía por el castillo como alguien que no necesitaba pedir permiso para existir dentro. Eso era bueno. Muchísimo. Ares sonrió. Apolo lo vio.
—Estás haciendo esa cara.
El dios de la guerra levantó una ceja.
—Cuál.
—La de «estoy orgulloso pero voy a fingir que solo evalúo tácticamente».
Ares hizo una mueca.
—No existe.
—Muchísimo.
—Cállate.
Kael levantó la cabeza. Los vio. Señaló a Ares.
—Tú.
El dios abrió mucho los ojos.
—Qué.
—Baja.
—Por qué.
—Necesito objetivo.
Apolo empezó a reír. Ares lo miró.
—No.
Kael cruzó los brazos.
—¿Miedo?
Silencio.
Los soldados quedaron quietos. Apolo se llevó una mano al pecho.
—Oh.
Ares cerró los ojos.
—Eso fue bajo.
Kael sonrió.
—Funciona.
Ares descendió.
—Qué quieres demostrar —preguntó al llegar.
Kael levantó una ceja.
—Cómo reaccionar cuando un enemigo atraviesa varios portales seguidos.
—Y yo soy enemigo.
—Temporal.
Ares miró alrededor.
—Qué amable.
Kael sonrió.
—Muchísimo.
Comenzaron. Kael abrió una abertura frente a Ares. Otra detrás. Otra más arriba. El dios atravesó la primera y apareció sobre una plataforma elevada. Un segundo portal lo devolvió al suelo. Ares reaccionó rápido. Golpeó. Kael desvió. Los soldados observaban fascinados. Ares atacó de nuevo. Kael abrió un portal bajo su brazo. La espada apareció desde otro ángulo. El dios tuvo que detener su propio movimiento antes de golpearse. Silencio. Kael levantó una ceja.
—Por eso no atacan bordes.
Ares lo miró.
—Me usaste como demostración.
—Sí.
—Delante de mis soldados.
—Educativo.
Los hombres intentaban no reír. Ares giró lentamente.
—Pueden reír.
Todos soltaron carcajadas. Kael abrió mucho los ojos.
—Eso sí es crecimiento.
Ares sonrió.
—No demasiado.
Después del entrenamiento, ambos caminaron hacia el bosque. No porque Kael necesitara aire. Porque Ares lo había invitado. Invitado. No anunciado. Eso también era crecimiento.
—¿Vienes al bosque?
Kael había levantado una ceja.
—Pregunta.
—Sí.
—Entonces sí.
Simple. Y ahora caminaban. El bosque estaba tranquilo. Ares llevaba las manos detrás de la espalda. Kael pateaba pequeñas piedras. No había tensión.
—Hoy Apolo dijo algo —comentó Ares.
Kael levantó una ceja.
—Eso ocurre demasiado.
—Dijo que te entrené bien.
El joven se detuvo.
—Ah.
Ares también.
—Le dije que no.
Kael lo miró.
—Bien.
—Porque no eres producto mío.
Silencio. Kael levantó lentamente los ojos. Ares continuó:
—No te hice. No te formé. No te volví fuerte — El joven lo escuchó. —Llegaste así. Terco también.
Kael hizo una mueca.
—No arruines.
Ares sonrió. El dios continuó:
—Y durante mucho tiempo quise convencerme de que tenía que enseñarte cómo vivir conmigo.
Kael levantó una ceja.
—Eso habría terminado bien.
—Muchísimo.
Ambos sonrieron.
—Pero creo que en realidad hemos estado enseñándonos mutuamente.
Silencio. Kael asintió.
—Eso sí.
Llegaron a la laguna. Kael se sentó. Ares también.