El Último Poder Del Olimpo

El dios de la obediencia

El dios de la obediencia llegó al castillo de Ares sin invitación. Eso, por sí solo, ya era suficiente para que Kael lo detestara.

No porque el muchacho tuviera una política formal contra las visitas inesperadas. Dámetor aparecía cuando quería, Apolo tenía la irritante costumbre de considerar cualquier castillo ajeno una extensión natural del Olimpo y Atenea podía presentarse en mitad de una biblioteca con la misma tranquilidad con la que otros entraban en una habitación propia. El problema era diferente. Aquel dios llegó esperando que todas las puertas se abrieran para él.

Y se sorprendió cuando una no lo hizo..Kael estaba en su sala de trabajo, inclinado sobre un mapa dimensional, cuando escuchó tres golpes secos. No levantó la cabeza.

—Adelante.

La puerta permaneció cerrada. Kael frunció el ceño. Otros tres golpes.

—Dije adelante.

Nada. El joven dejó la pluma.

—Qué raro.

Se levantó y abrió. Al otro lado había un hombre al que nunca había visto. Parecía tener unos veinticinco años. Era alto, de piel casi blanca, cabellos largos de un dorado pálido y ojos gris claro que carecían de toda calidez. Vestía de blanco y plata, con bordados geométricos que recorrían el cuello y las mangas como pequeñas cadenas elegantes. Kael lo observó. El desconocido hizo lo mismo. Durante demasiado tiempo.

—¿Sí? —preguntó Kael.

El hombre bajó la mirada hacia él como si estuviera evaluando una pieza recién adquirida.

—Entonces tú eres el quinto.

Kael levantó una ceja. Mala primera frase.

—Y tú eres alguien parado frente a mi puerta.

El dios entrecerró los ojos.

—Soy Noméon.

Silencio. Kael esperó. Nada.

—¿Y?

Por primera vez la expresión del visitante cambió. Muy poco.

—Noméon, dios de la obediencia.

Kael se quedó completamente quieto. Después cerró la puerta. En su cara. Pasaron dos segundos. Tres. Kael regresó al escritorio.

—No.

Volvió a tomar la pluma. Tres golpes. Kael siguió escribiendo. Otros tres.

—No.

La voz de Noméon llegó desde el corredor.

—¿Acabas de cerrarme la puerta?

—Sí.

—Soy un dios.

Kael levantó la cabeza aunque el hombre no podía verlo.

—Lamento tu situación — Silencio. Después —Abre.

Kael sonrió. Ah. Esa palabra. Abrió un portal directamente delante de su escritorio. El otro extremo apareció detrás de Noméon. Kael habló a través de él:

—No.

Y lo cerró. Ares encontró a Noméon varios minutos después parado en el corredor con una expresión capaz de congelar agua. El dios de la guerra se detuvo.

—Qué haces aquí.

Noméon giró.

—Quería conocer a tu destructor.

Ares levantó inmediatamente una ceja.

—Kael no es «mi destructor».

Silencio. Noméon lo observó como si Ares acabara de afirmar que el cielo estaba hecho de pan.

—Está vinculado contigo.

—Sí.

—Entonces es tu destructor.

—Está vinculado conmigo —repitió Ares—. No es lo mismo.

La puerta de Kael se abrió. El joven asomó la cabeza.

—Bien.

Ares giró.

—Qué.

—Respuesta correcta.

Noméon volvió a mirarlo. Kael sonrió.

—¿Ves? Evaluación continua.

Ares hizo una mueca.

—Vas a matarme.

—Muchísimo.

Noméon observó la escena con evidente desagrado.

—Extraña dinámica.

Kael salió finalmente de la sala.

—Para alguien llamado dios de la obediencia imagino que cualquier conversación debe parecer extraña.

Ares cerró los ojos.

—Kael.

—Qué.

—Cinco minutos.

—No prometo.

Noméon miró al dios de la guerra.

—¿Le permites hablarte así?

Silencio. Kael giró lentamente hacia Ares. El dios vio la trampa inmediatamente.

—No necesito permitirle hablar.

Noméon frunció el ceño.

—Está bajo tu protección.

—Sí.

—Vive en tu castillo.

—Sí.

—Está vinculado contigo.

—Sí.

—Entonces debería respetar tu autoridad.

Kael levantó una mano.

—Ahí.

Ares lo miró.

—Qué.

—La palabra que arruina todo.

Noméon levantó una ceja.

—Autoridad.

—Exactamente.

Ares respiró. Aquella conversación ya le resultaba incómoda por razones que quizá meses atrás no habría reconocido. Noméon representaba muchas cosas que alguna vez le habían parecido razonables. Orden. Permanencia. Jerarquía. La tranquilidad de saber quién mandaba y quién obedecía. Solo que ahora, escuchándolo desde fuera, aquello sonaba diferente. Peor.

—Tengo autoridad sobre mis soldados —dijo Ares— Sobre decisiones militares en mis territorios. Sobre defensa del castillo. No sobre Kael como persona.

Noméon lo miró fijamente.

—Eso es incoherente.

Kael sonrió.

—Me cae peor cada segundo.

—Lo noto —murmuró Ares.

Noméon miró las manos del muchacho. Las cintas rojo y violeta aparecieron débilmente.

—No lleva marca.

Kael dejó de sonreír. Ares también.

—No —respondió el dios de la guerra.

—Entonces el vínculo sigue incompleto.

Silencio. Kael cruzó los brazos.

—Curioso.

Noméon levantó una ceja.

—Qué.

—Llevas aquí menos de diez minutos y ya has opinado sobre mi cuerpo, mi relación y mi forma de hablar. Impresionante eficiencia.

Ares se llevó una mano al rostro.

—Kael.

—Estoy siendo educado.

Noméon soltó una pequeña risa sin humor.

—No sabes lo que significa esa palabra.

Kael sonrió.

—Y tú probablemente la confundes con obediencia.

Golpe. Noméon volvió hacia Ares.

—Necesito hablar contigo a solas.

Kael levantó una ceja. Ares se quedó quieto.

—Sobre qué.

—Sobre él.

El joven abrió mucho los ojos.

—Entonces no será a solas.

Noméon lo ignoró.

—Ares.

El dios de la guerra respiró.

—Si es sobre Kael y no contiene información que deba mantenerse reservada por seguridad, Kael puede estar.




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