El Último Poder Del Olimpo

El brazalete negro

El brazalete llegó al castillo dentro de una caja que nadie había pedido. Eso fue lo primero que Kael detestó. Lo segundo fue el color. Negro. No oro. No plata. No bronce. Negro absoluto, como si el metal hubiera sido forjado con sombra endurecida. En su superficie corrían símbolos tan finos que parecían arañazos y, en el centro del cierre, una piedra oscura latía con una luz violeta apenas perceptible.

Kael lo observó desde el otro extremo de la mesa. Ares no lo tocó. Eso fue lo tercero que notó. La caja había aparecido durante el desayuno, depositada por un mensajero que juraba no saber quién la había enviado. Había sido encontrada frente a una de las puertas exteriores antes del amanecer. La vieja versión de Ares la habría abierto solo. La habría examinado. Probablemente habría intentado descubrir inmediatamente si podía utilizarse. La versión actual llamó a Kael antes de quitar siquiera la tapa. Y ahora ambos estaban sentados frente al objeto, mirándolo como si pudiera saltar.

—No me gusta —dijo Kael.

Ares levantó una ceja.

—Sorprendente.

—Negro.

—Gran análisis.

—Símbolos.

—También veo.

Kael hizo una mueca.

—Piedra violeta.

Ares dejó de bromear.

—Eso sí.

Silencio. El violeta era demasiado cercano al color del dios. Kael miró su brazo. Las cintas rojo y violeta aparecieron apenas. Después volvió al brazalete.

—No es tuyo.

Ares respondió inmediatamente:

—No.

—Seguro.

El dios lo miró. Kael sostuvo sus ojos.

—No pregunté porque crea que mientes. Pregunto porque necesito escucharlo.

Ares asintió.

—Nunca vi ese objeto.

Silencio.

—No lo encargué. No conozco esos símbolos.

Kael respiró.

—Bien.

Dámetor llegó quince minutos después. Apolo cinco más tarde, porque aparentemente cualquier cosa relacionada con objetos misteriosos se convertía automáticamente en asunto familiar. Dámetor entró primero. Miró la caja. Después a Kael. Después a Ares.

—No lo tocaron.

Kael levantó una ceja.

—¿Parecemos suicidas?

Apolo apareció detrás.

—A veces.

Kael lo miró.

—Tú sigues viniendo sin invitación.

—Soy Apolo.

—Eso no es explicación.

Ares cerró los ojos.

—Por favor no empecemos.

Dámetor sonrió.

—Muchísimo.

Apolo se acercó a la mesa. Ares levantó una mano.

—No.

El dios del sol lo miró.

—Solo voy a observar.

—Desde ahí.

Apolo levantó una ceja.

—¿Desde cuándo eres prudente?

Kael respondió:

—Desde que casi pierde relación, castillo, dignidad y probablemente cabello por intentar controlar demasiado.

Silencio. Ares giró lentamente.

—Cabello.

Kael sonrió.

—Estrés.

Dámetor soltó una carcajada. Apolo también.

—No me estoy quedando calvo —dijo Ares.

Kael levantó una ceja.

—Todavía.

—KAEL.

El humor alivió algo. No mucho. El brazalete seguía allí. Dámetor acercó una mano sin tocar. Usó telequinesis. El brazalete se levantó. Kael se tensó. Ares lo vio.

—¿Quieres que pare.

El joven negó.

—No. Solo...— Respiró —No lo acerquen.

Dámetor asintió. Mantuvo el objeto a varios metros. La piedra violeta brilló. Kael sintió algo. Pequeño. Feo. Como una presión detrás de los ojos.

—Bájalo.

Dámetor lo hizo inmediatamente. Ares se levantó.

—Qué sentiste.

Kael hizo una mueca.

—No sé.

—Dolor.

—No.

—Orden.

Silencio. Eso fue suficiente. Todos dejaron de moverse.

—Qué clase de orden —preguntó Dámetor.

Kael miró el brazalete.

—No palabra. Más como intención. Como si quisiera...

Se detuvo. Ares esperó.

—Acercarse.

Silencio. Apolo frunció el ceño.

—A ti.

Kael levantó una ceja.

—No creo que quiera tomar té.

Ares hizo una mueca.

—No bromees.

—Necesito.

El dios respiró.

—Bien.

Dámetor volvió a mirar la piedra.

—Podría estar sintonizada.

Kael levantó una ceja.

—Con qué.

—Poder de destructor.

Ares se tensó. Apolo también. Dámetor continuó:

—La telequinesis no activó demasiado. Pero cuando se acercó a Kael, respondió.

Silencio. Ares miró el brazalete como si acabara de convertirse en enemigo.

—Fuera.

Kael levantó inmediatamente una mano.

—No.

El dios giró.

—Qué.

—No lo saques todavía.

—Kael.

—Necesitamos saber qué es.

—No.

Silencio. El joven levantó una ceja. Ares cerró los ojos.

—Eso sonó mal.

—Muchísimo.

El dios respiró.

—Quiero destruirlo.

Kael miró el objeto.

—Yo también. Pero no antes de saber qué hace.

Ares hizo una mueca.

—Por qué.

—Porque alguien lo mandó. Y si destruyes esto, pueden mandar otro.

Silencio.

—Necesitamos saber contra qué defendernos.

Eso sí. Ares odiaba. Pero entendía.

—Bien.

Kael sonrió apenas.

—Bien real.

—Horrible real.

—Aceptado.

Lo llevaron a la sala de sellos. No en mano. Dámetor lo mantuvo flotando dentro de una esfera de contención. Kael caminó lejos. Ares aún más cerca de Kael que del objeto. El joven lo vio.

—No necesito escolta.

—Lo sé.

—Entonces.

—Necesito yo estar cerca.

Silencio. Kael hizo una mueca.

—Eso fue honesto.

—Muchísimo.

En la sala, Apolo activó una barrera de luz. Dámetor sostuvo el brazalete. Kael abrió un portal pequeño hacia una dimensión vacía.

—Si intenta hacer algo...

Ares terminó:

—Lo mandas.

—Sí.

—Bien.

Apolo levantó una ceja.

—Eso sí es buen plan.

Kael sonrió.

—Naturalmente.

Empezaron por los símbolos. Apolo reconoció uno.

—Esto es antiguo.

Ares levantó una ceja.

—Cuánto.

—Antes del culto olímpico organizado.

Dámetor hizo una mueca.

—Eso no reduce problema.




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