El Último Poder Del Olimpo

La voz dentro de su cabeza

Kael escuchó la voz por primera vez a las tres de la madrugada. No supo la hora exacta. Solo sabía que el castillo estaba en silencio, la luna se derramaba sobre el suelo de su habitación y Ares seguía dormido en la silla donde había prometido permanecer hasta que amaneciera.

Kael había despertado sin motivo aparente. No sobresaltado. No asustado..Simplemente abrió los ojos. Durante unos segundos permaneció inmóvil. Miró sus muñecas. Vacías. Nada negro. Solo una tenue línea roja mezclada con violeta que desapareció lentamente cuando comprendió que todo parecía estar bien. El portal que había dejado abierto cerca de la ventana seguía allí. La dimensión violeta al otro lado. Funcionando. Kael respiró. Ares estaba cerca. Dormido. La espada apoyada junto a la silla. Todo normal. Entonces la escuchó.

Kael.

El joven dejó de respirar. No era la voz de Ares. No venía de la habitación. No venía del corredor. No venía de ningún lugar. Estaba dentro. Kael se incorporó. Miró alrededor. Ares no se movió.

—No.

Silencio. Durante varios segundos nada ocurrió. Kael pensó que quizá había soñado. Después:

Kael.

Más clara. Masculina. Profunda. Extrañamente tranquila. El joven sintió frío.

—Sal de mi cabeza.

Ares abrió los ojos. Inmediatamente. No preguntó qué ocurría. La expresión de Kael fue suficiente.

—¿La voz?

El joven lo miró.

—Sí.

El dios se levantó. No se acercó.

—Vareón.

Kael hizo una mueca.

—Probablemente.

Él no puede protegerte.

Kael se quedó inmóvil. Ares vio el cambio en su rostro.

—Qué dijo.

El joven tardó.

—Que no puedes protegerme.

La mandíbula del dios se tensó. Pero no respondió al contenido. Bien.

—¿Puedes cerrarla?

Kael cerró los ojos. Buscó el lugar del que provenía. Nada. No era pensamiento. No completamente. Era como si alguien estuviera utilizando una puerta que no debería existir. Kael empujó mentalmente. Silencio. Durante un segundo creyó haber conseguido. Después la voz regresó.

No tienes que luchar conmigo.

Kael apretó los dientes.

—No estoy luchando contigo.

Ares levantó una ceja.

—Kael.

—Estoy rechazándolo.

El dios asintió.

—Bien.

Porque todavía no me conoces.

Kael abrió los ojos.

—Y no quiero.

Ares respiró.

—¿Te escucha?

Silencio. La pregunta era peor de lo que parecía. Kael frunció el ceño.

—No sé.

Entonces la voz respondió:

Sí.

Kael quedó completamente inmóvil. Ares vio cómo palidecía.

—Qué.

—Sí me escucha.

El dios tomó la espada. Kael levantó inmediatamente una mano.

—Eso no sirve.

Ares miró el arma. Después hizo una mueca.

—Lo sé.

La dejó.

—Reflejo.

—Muchísimo.

La pequeña broma no consiguió reducir el miedo.

Dile que se vaya.

Kael cerró los ojos.

—No.

Ares esperó. El joven levantó la cabeza.

—Me dijo que te diga que te vayas.

El dios respondió con cuidado:

—¿Quieres que me vaya?

Kael lo miró. Eso. La pregunta correcta.

—No.

Ares volvió a sentarse.

—Entonces me quedo.

La voz permaneció en silencio durante varios segundos. Después:

Obedece demasiado rápido.

Kael frunció el ceño. Era manipulación. Eso podía reconocerlo.

—No obedeció.

Ares levantó una ceja.

—Qué.

Kael miró hacia él.

—Dijo que obedeciste. No lo hiciste.

—No.

—Elegiste responder a algo que te pedí.

Ares sonrió apenas.

—Exacto.

La cinta roja apareció más brillante. Violeta también. Kael sintió una punzada negra intentando acercarse. Se tensó.

—No.

Ares bajó inmediatamente la mirada hacia sus brazos.

—Está intentando entrar al vínculo.

Kael respiró.

—Sí.

—¿Puedo llamar a Dámetor?

El joven asintió.

—Sí.

Ares activó un sello de comunicación. Dámetor llegó cinco minutos después con Apolo. Naturalmente. Kael estaba sentado en el borde de la cama. Ares cerca de la ventana. Dámetor entró primero.

—Qué ocurre.

Kael levantó una ceja.

—Buenas noches.

—Son las tres.

—Precisamente.

Apolo miró hacia Ares.

—La voz.

Ares asintió. Dámetor se acercó.

—¿Está ahora?

Kael escuchó. Silencio.

—No.

Entonces:

Estoy aquí.

El joven cerró los ojos.

—Sí.

Dámetor se quedó quieto.

—Qué quiere.

Kael soltó una risa seca.

—Según él, conversar.

Apolo hizo una mueca.

—Eso no es conversación.

—Lo sé.

Kael levantó una mano.

—Quiero probar algo.

Ares se tensó.

—Qué.

—Dámetor.

El destructor de cabellos negros levantó una ceja.

—Sí.

—Háblame.

—De qué.

—Cualquier cosa.

Ares frunció el ceño. Kael explicó:

—Quiero saber si la voz necesita espacio mental.

Dámetor entendió.

—Distracción cognitiva.

—Sí.

Ares hizo una mueca.

—Hablen.

Dámetor miró a Kael.

—Hoy Apolo casi destruye una mesa intentando arreglarla.

Apolo abrió mucho los ojos.

—¡QUÉ!

Kael levantó una ceja.

—Cómo.

Dámetor sonrió.

—Quiso moverla solo.

—Eso parece normal.

—Era una mesa de mármol.

Kael miró a Apolo.

—Por qué.

El dios del sol hizo una mueca.

—Quería cambiarla de lugar.

Ares cerró los ojos.

—Con fuerza.

Dámetor empezó a reír.

—Intentó hacer parecer que fue intencional cuando se rompió una pata.

Kael sonrió.

—Muchísimo.

Ruido.

La voz regresó. Kael dejó de reír.

—No funciona.

Dámetor se puso serio.

—Qué dijo.

—Ruido.

Apolo frunció el ceño.

—Entonces puede hablar incluso cuando tu atención está ocupada.

—Sí.

Ares hizo una mueca.




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