El Último Poder Del Olimpo

No puedo volver

Kael supo que algo estaba mal antes de abrir los ojos. No fue la voz. No esta vez. Fue el silencio. Demasiado completo. Demasiado limpio. No escuchaba el castillo. Ni pasos. Ni madera crujiendo.

Ni viento entrando por la puerta exterior de su habitación. Ni las voces lejanas de los sirvientes. Nada. Abrió los ojos. No estaba en su habitación. Tardó tres segundos en comprenderlo. Cuatro en sentir miedo. Cinco en levantarse.

El lugar era oscuro, inmenso y completamente desconocido. El suelo parecía piedra negra pulida, pero no reflejaba la luz. Sobre él se extendía una niebla gris muy baja que apenas alcanzaba los tobillos. No había paredes visibles. Tampoco techo. Solo una especie de espacio interminable cubierto por columnas rotas que surgían de la oscuridad a distancias irregulares. Kael respiró.

—No.

Levantó una mano. Portal. Nada. Otra vez. Nada. El espacio frente a sus dedos se deformó apenas y volvió a cerrarse. Kael abrió mucho los ojos.

—No.

Esta vez utilizó más poder. Violeta. Rojo. El borde de un portal apareció durante una fracción de segundo. Después una línea negra lo atravesó. El círculo se rompió. Silencio. Kael quedó inmóvil. Entonces escuchó la voz.

Buenos días.

El joven cerró los ojos. Vareón.

—Sácame.

La respuesta llegó suave. Casi amable.

No.

Kael abrió los ojos.

—No tienes derecho.

Esa palabra te gusta demasiado.

—Y a ti demasiado poco.

Silencio. Después una risa. Lejana. Sin cuerpo.

Sabía que llegaríamos aquí.

Kael se tensó.

—¿Dónde estoy?

En un lugar donde finalmente podemos hablar sin interrupciones.

—No quiero hablar contigo.

Lo sé. Por eso necesitaba traerte.

Kael miró sus muñecas. Vacías. No había brazalete. Nada. Entonces. ¿Cómo?

—No me pusiste nada.

No necesito tocarte todavía.

La última palabra fue peor. Kael apretó las manos.

—¿Qué hiciste?

Te llamé.

Silencio. Kael sintió frío. No recordaba haber respondido. Eso era lo aterrador. Horas antes había estado en su habitación. Eso sí lo recordaba. Había leído hasta tarde. Después apagó la luz. Se acostó. Ares había pasado por el corredor y había dicho buenas noches desde afuera. Kael había contestado. Nada extraño. Después....Nada. Un vacío. Kael frunció el ceño. Intentó recordar. No podía.

—¿Estaba dormido?

Sí.

Silencio.

—Me moviste dormido.

No.

Kael sintió el corazón golpear.

—Entonces.

Te levantaste. Abriste un portal. Y viniste.

Kael negó.

—No.

Sí.

—No lo habría hecho.

Lo hiciste.

—No.

La voz sonrió.

Ese es el problema, Kael. Tu cuerpo obedeció antes de que tu voluntad despertara.

Golpe. Kael sintió que algo dentro de él descendía. No miedo físico. Algo peor. Desconfianza hacia sí mismo. Exactamente lo que Vareón quería.

—Mientes.

¿Quieres verlo?

Kael no respondió. El aire delante de él cambió. Una superficie negra apareció. Como espejo. Imagen. Su habitación. Él dormido. Después sus ojos abriéndose. Vacíos. Kael se incorporaba. No parecía consciente. Una línea negra rodeaba apenas su muñeca derecha. No brazalete. Sombra. Se levantaba. Abría un portal. Atravesaba. La imagen desapareció. Kael quedó completamente inmóvil.

—No.

Sí.

—Yo no decidí.

No. La voz se volvió casi dulce.

Yo decidí.

Kael atacó. No con portal. Con la mente. Una explosión de poder atravesó la oscuridad. Columnas se quebraron. La niebla se dispersó. Nada más. Vareón no estaba allí.

—¡SAL!

Todavía no.

En el castillo de Ares, la mañana comenzó con pan. Y terminó con pánico. Ares entró en la cocina. Kael no estaba. No significaba nada. Se dijo. El muchacho podía haber ido al bosque. Podía estar en su sala. Podía haber abierto un portal a cualquier lugar. Ares se sentó. Esperó. Cinco minutos. No. No iba a contar. Tomó café. Diez. Maldita sea. Miró sus manos. Nada. Ni violeta. Ni rojo. Eso ocurría. No siempre estaban visibles.

No significaba peligro. Se obligó a respirar. La cocinera dejó pan. Ares miró.

—¿Kael pasó?

Ella negó.

—No lo vi esta mañana.

Golpe pequeño. Nada más.

—Bien.

La mujer levantó una ceja.

—¿Todo bien?

—Sí.

Mentirosa. Kael habría dicho. Ares cerró los ojos. Fue a la sala de Kael. Llamó. Nada. Otra vez.

—Kael.

Silencio. La puerta estaba abierta. Ares no entró inmediatamente. Vieja regla. Incluso ahora.

—Voy a entrar.

Nada. Eso ya era distinto. Entró. La cama estaba vacía. Una manta caída. El libro sobre la mesa. La ventana abierta. Nada roto. Nada extraño. Excepto. El suelo. Ares se quedó quieto. Había una marca. Circular. Portal. Pero no violeta. Negra. Muy tenue. Casi quemada sobre la piedra. El dios dejó de respirar.

—No.

Dámetor llegó antes que Apolo. Ares ni siquiera recordaba haber enviado mensaje. Solo recordaba que un segundo después de ver la marca necesitó gente. Eso era nuevo. Antes habría actuado solo. Ahora no. Dámetor apareció. Miró el suelo. Su expresión cambió.

—Eso no es Kael.

—Lo sé.

—Pero usó portal.

—Sí.

Silencio. Dámetor se arrodilló. Acercó una mano. No tocó.

—Hay residuo de su energía.

Ares levantó los ojos.

—Entonces sí abrió.

—Sí.

—Voluntario.

Dámetor hizo una mueca.

—No puedo saber.

Apolo entró.

Miró.

—Vareón.

Ares no respondió. No hacía falta. La cinta violeta apareció sobre la mano del dios. Débil. Después rojo. Un segundo. Ambas se oscurecieron. Ares levantó los brazos.

—No.

Dámetor lo vio.

—Qué sientes.

El dios cerró los ojos. Nada. Después algo. Lejano. Dolor. Confusión. Miedo. Kael.

—Está vivo.

Silencio. Dámetor soltó aire. Apolo también. Ares abrió los ojos.




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