El Último Poder Del Olimpo

Dámetor escucha el dolor

Dámetor despertó con un grito que nadie había dado. Abrió los ojos de golpe, incorporándose en la cama mientras la oscuridad de la habitación de Apolo parecía inclinarse hacia él. Durante unos segundos no entendió qué había ocurrido. No había ruido en el corredor, ni golpes, ni alarmas, ni energía hostil atravesando las paredes solares del castillo.

Solo una sensación. Dolor. No suyo. Dámetor se quedó inmóvil. El anillo de oro y diamante amarillo brilló débilmente en su mano izquierda. A su lado, Apolo seguía dormido, aunque no tardó en moverse al notar la tensión del cuerpo del destructor.

—¿Qué ocurre?

Dámetor no respondió. Escuchaba. No con los oídos. Con algo más profundo. Algo que había empezado a desarrollarse desde que conoció a Kael. Al principio había sido apenas una resonancia extraña. Una percepción vaga cuando el quinto destructor estaba cerca. Después había empezado a distinguir emociones demasiado fuertes: miedo, furia, agotamiento. Nada preciso. Nada comparable al vínculo rojo y violeta que unía a Kael con Ares.

Pero aquello era distinto. Ahora no sentía una emoción. Sentía una llamada que no había sido pronunciada. Dámetor cerró los ojos. Negro. Frío. Una sensación de imposibilidad. Y debajo de todo aquello, desesperación. Kael.

—Es él.

Apolo se incorporó.

—¿Kael?

Dámetor asintió.

—Está sufriendo.

El dios del sol se puso de pie inmediatamente.

—¿Otra vez Vareón?

—No sé.

—Entonces vamos.

Dámetor levantó una mano.

—Espera.

Apolo lo miró como si acabara de proponer quedarse tomando vino mientras ardía el Olimpo.

—¿Esperar?

—Necesito saber qué estoy sintiendo.

Silencio.

Apolo respiró.

—Bien.

Dámetor cerró los ojos otra vez. No había imágenes. Eso habría sido más fácil. Solo impresiones. Una muñeca. No. Más bien la sensación de algo rodeando una muñeca. Oscuro. Cerrado. Una presión mental. Después una idea.

No puedo volver.

Dámetor abrió los ojos.

—Brazalete.

Apolo palideció.

—El negro.

—No sé si el mismo.

—Pero.

—Algo está sobre él.

Silencio. El dios del sol tomó inmediatamente una chaqueta.

—Ahora sí vamos.

Dámetor ya estaba levantándose.

—Sí.

Ares no estaba dormido. Eso fue lo primero que encontraron al llegar. Estaba en la sala de mapas con varias luces encendidas y ningún mapa abierto. Había una copa de vino intacta delante y sus manos descansaban sobre la mesa.

Violeta. Rojo. Las cintas aparecían y desaparecían con una inestabilidad que Dámetor nunca había visto. Ares levantó la cabeza en cuanto entraron.

—Tú también.

Dámetor se detuvo.

—Qué.

—Lo sientes.

Silencio. Apolo miró a su hermano.

—Dónde está Kael.

—No sé.

Golpe..Dámetor frunció el ceño.

—Cuándo se fue.

—Hace tres horas.

—Voluntariamente.

Ares apretó la mandíbula.

—Sí. Creo.

Eso era peor. Dámetor se acercó.

—Qué pasó.

Ares respiró.

—Estábamos cenando.

Naturalmente. Kael había comido pan. Habían discutido sobre un mapa. Nada extraño. Después el muchacho había dicho que quería caminar por el bosque. Solo. Ares había aceptado. No porque estuviera de acuerdo. Porque Kael no necesitaba permiso. Había salido por una de las puertas abiertas. Sin portal. Sin prisa. Eso era normal. Dos horas después el vínculo empezó a doler.

—Dolor físico.

—No.

Ares negó.

—Miedo. Después algo peor.

Dámetor levantó una ceja.

—Qué.

Ares miró sus manos.

—Como si estuviera intentando regresar y algo lo arrastrara en sentido contrario.

Silencio. Dámetor sintió otra punzada. Kael. Lejos. Demasiado lejos.

—Está intentando volver.

Ares levantó la mirada.

—Lo sé.

—Y no puede.

—Lo sé.

La voz del dios se quebró apenas. Solo un poco. Eso fue suficiente para que Apolo dejara de hacer preguntas. Dámetor caminó hacia una ventana. Bosque. Oscuro.

—Voy a buscarlo.

Ares levantó la cabeza de golpe.

—No.

Silencio. Dámetor giró.

—Qué.

El dios de la guerra cerró los ojos.

—No. Perdón. No quiero que vayas sin saber qué hay.

—Yo tampoco quiero.

—Entonces.

Dámetor sostuvo su mirada.

—Pero puedo sentirlo.

Silencio.

—Tú sientes vínculo.

—Sí.

—Yo siento destructor.

Ares frunció el ceño. Dámetor continuó:

—No sé cómo explicarlo. Pero desde que nos conocimos, hay algo. Como si nuestros poderes reconocieran que somos de la misma clase.

Apolo levantó una ceja.

—¿Los destructores están conectados entre sí?

—No todos.

Dámetor negó.

—O no siempre. Pero Kael y yo sí.

Ares hizo una mueca. Celos. Absolutamente inoportunos. Dámetor lo vio.

—No.

El dios cerró los ojos.

—Lo sé.

—Tu cara.

—No ahora.

—Residuales.

Apolo murmuró:

—Muchísimo.

Ares los fulminó. Por un segundo, casi parecía normal. Después el dolor volvió a atravesar el vínculo. Ares se dobló apenas. Dámetor también lo sintió. Kael. Miedo. Y una palabra.

Ayuda.

Dámetor abrió los ojos.

—Me llamó.

Ares quedó inmóvil.

—Qué.

—No con voz. Pero me llamó.

El dios de la guerra se puso de pie.

—Entonces vamos.

Esta vez nadie discutió. El bosque estaba vacío..Demasiado. Ares llevaba una espada. Apolo luz. Dámetor nada. No necesitaba. Su poder estaba en sus manos. Y en todo lo que pudiera mover. Caminaron siguiendo algo que no era rastro. Dámetor cerraba los ojos cada pocos metros. Escuchaba. Miedo. Dolor. Más fuerte.

—Por aquí.

Ares no preguntaba cómo sabía. Eso también era crecimiento. Siguieron. Llegaron a la laguna. Nada. Después Dámetor se detuvo.

—Abajo.

Ares frunció el ceño.

—Qué.

—No físicamente. La sensación viene de abajo.




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