Kael no había regresado solo para caer otra vez. Eso fue lo primero que recordó cuando abrió los ojos. No estaba en su habitación. No estaba en el castillo de Ares.
No estaba junto a la puerta abierta que tantas veces había utilizado para convencerse de que una casa podía seguir siendo casa aunque uno pudiera abandonarla. Estaba en otro lugar. Otra vez. Pero esta vez no era la dimensión oscura de Vareón. Era peor.
Porque ahora sabía lo que significaba ser llevado sin querer, manipulado desde dentro, sentir una orden moverse en el cuerpo antes que una decisión propia. Había aprendido a combatir aquello. Había conseguido volver. Había conseguido encontrar a Ares, a Dámetor, a Apolo y a Atenea al otro lado de una grieta imposible. Había regresado.
Y, sin embargo, alguien había encontrado otra forma. Kael abrió los ojos despacio. Lo primero que vio fue piedra negra. Lo segundo, antorchas de fuego azul oscuro. Lo tercero, su muñeca derecha. El brazalete. Negro. Nuevo. Sin piedra. Sin cierre. Perfectamente ajustado a su piel. Kael dejó de respirar. No. No otra vez. Intentó incorporarse. Lo consiguió. Eso era suyo.
Bien. Intentó abrir un portal. Nada. La energía violeta apareció apenas, se deformó y murió antes de formar el círculo completo. Kael miró su mano. Volvió a intentarlo.
No.
Esta vez sintió la interferencia con absoluta claridad. No era un muro. No era una orden. Era algo peor. Una especie de silencio impuesto sobre una parte específica de su poder.
—No.
Una voz respondió desde la oscuridad.
—No todavía.
Kael giró. El hombre que salió de las sombras no era Vareón. Aquello fue lo primero que comprendió. Era alto, de cabellos negros casi azules, recogidos hacia atrás, con mechones cayendo sobre la frente. Sus ojos eran de un gris plateado tan claro que parecían reflejar luz incluso donde no la había. Vestía de negro y azul profundo, con detalles metálicos oscuros alrededor del cuello y los puños. Kael lo observó.
—Tú no eres Vareón.
El dios sonrió.
—No.
—Entonces quién.
—Eryxion.
Silencio. Kael sostuvo su mirada.
—Nunca escuché ese nombre.
—Eso me halaga.
Kael hizo una mueca.
—No era elogio.
Eryxion sonrió un poco más.
—Lo sé.
Kael miró el brazalete otra vez.
—Qué hiciste.
—Algo que Vareón hizo mal.
Silencio. El joven levantó lentamente los ojos. Eryxion continuó:
—Vareón quiso entrar en tu voluntad antes de aprender tu estructura. Intentó debilitar tu capacidad de distinguir decisiones propias de órdenes externas. Y tú te adaptaste.
Kael sintió frío.
—Me observabas.
—Desde antes del brazalete negro.
—Entonces trabajabas con él.
Eryxion inclinó ligeramente la cabeza.
—Trabajar con alguien implica cierta igualdad.
Kael entendió.
—Lo utilizaste.
—Digamos que me permitió estudiarte
Silencio. El joven miró la muñeca.
—Y esto.
—Es el resultado.
Kael apretó las manos.
—Quítamelo.
Eryxion sonrió.
—No.
La palabra no llevaba poder..Eso Kael lo sintió. No era orden. Solo respuesta. Entonces todavía no. Bien. Podía trabajar con eso.
—No puedes controlarme.
—Puedo.
—Vareón también lo creyó.
Eryxion sonrió.
—Vareón intentó convertir la duda en obediencia. Yo no necesito que dudes.
Kael sintió el brazalete calentarse. Muy poco.
—Solo necesito que tu cuerpo responda.
Silencio. Eso sí. El miedo llegó. Kael levantó la mano. Intentó atacar. No hubo ningún portal. Poder mental tampoco. La energía comenzó a reunirse. Eryxion habló:
—Detente.
Kael se congeló. No voluntariamente. El poder quedó suspendido. La mano seguía levantada. Sus dedos temblaban. Su mente gritó:
No.
Pero el cuerpo no continuó. Kael abrió mucho los ojos. Eryxion lo observó.
—Eso.
El muchacho intentó bajar el brazo. Pudo..La orden solo había detenido el ataque. Específica. No absoluta. Información. Kael respiró.
—Puedes bloquear acciones.
—Puedo dirigirlas.
—No es lo mismo.
El dios levantó una ceja.
—Todavía buscas fronteras.
—Siempre.
Eryxion sonrió.
—Eso me gusta de ti.
—A mí no me gusta nada de ti.
—También está bien.
Kael volvió a mirar el brazalete. No era el mismo mecanismo. Vareón había intentado insertar órdenes en el flujo mental. Eryxion había hecho algo más limpio. Más limitado. Y precisamente por eso más peligroso. Una orden. Una acción. El cuerpo obedecía. Pero la conciencia permanecía intacta. No necesitaba convencimiento. No necesitaba confusión. Solo control motor vinculado al poder. Era una jaula más precisa. Y Kael estaba despierto dentro.
—Levántate —dijo Eryxion.
Kael no quería. Su cuerpo se puso de pie. Silencio. El horror fue inmediato. No porque fuera la primera vez que alguien conseguía moverlo. Vareón ya lo había hecho. Pero Kael había logrado reconocer la interferencia.Había luchado. Había regresado. Y durante unos días creyó que eso significaba que el peor riesgo estaba identificado. Se había equivocado. Eryxion caminó alrededor.
—Da tres pasos.
Kael dio tres.
—Detente.
Se detuvo.
—Mírame.
Kael giró. Ojos violetas contra plateados. Por dentro, el joven sintió una rabia tan intensa que casi consiguió respirar mejor. La rabia era suya. Bien. Eso también era ancla.
—Vas a presentarte conmigo.
Kael hizo una mueca.
—No.
—No era pregunta.
—Entonces sigue sin gustarme.
Eryxion sonrió.
—Mucho mejor.
—Qué.
—Que hables. Quiero que todos vean que sigues siendo tú.
Silencio. Eso fue peor.
—Por qué.
El dios se acercó.
—Porque un cuerpo vacío no impresiona. Un destructor consciente que obedece sí.
Kael sintió náuseas..Eryxion se volvió.
—Sígueme.
La orden llegó. Kael caminó. No quería. Cada paso era una traición del cuerpo. Pero esta vez ya sabía algo importante gracias a Vareón. El movimiento no definía autoría. Podían obligarlo a caminar. Eso no convertía el camino en elección. Podían mover su mano..Eso no convertía el gesto en deseo. Podían utilizar su poder. Eso no lo convertía en aliado. Tenía que recordar. Todo el tiempo. Atravesaron un corredor largo. Después otro. Kael buscó salidas con los ojos. No podía abrir portal. El brazalete interfería. Pero podía observar. Ventanas. Puertas. Símbolos. Tres pasillos. Una escalera. Cuatro guardias. Dos dioses menores. Nada inútil..Información.