Ares supo que algo había cambiado en Kael antes de que Dámetor pronunciara una sola palabra. No porque el vínculo se rompiera.
Eso habría sido más sencillo. El rojo seguía apareciendo dentro del violeta. Débil, intermitente, dolorosamente vivo. Pero había algo distinto en la forma en que pulsaba sobre su piel. Ya no era únicamente miedo. Tampoco era esa desesperación confusa que Vareón había utilizado para intentar que Kael dudara de sí mismo.
Era violencia. No ejercida por Kael. Ejercida a través de él. Ares estaba en el castillo de Apolo cuando sintió el primer impacto. Una oleada de poder tan grande que el borde de una copa se quebró entre sus dedos. Dámetor levantó la cabeza al mismo tiempo.
Apolo dejó de hablar. Silencio. Ares miró su mano. Violeta. Rojo. Después una sacudida negra.
—No.
Dámetor cerró los ojos.
—Kael.
Ares se puso de pie.
—Qué está pasando.
Dámetor no respondió inmediatamente. Eso fue suficiente para que el dios de la guerra sintiera cómo todo lo aprendido durante meses empezaba a retroceder dentro de él. El castillo de puertas abiertas. La habitación sin cerradura. La primera mañana sin cadenas. Las palabras de Kael.
Elegirte no significa obedecerte.
No pongas nada sobre mí mientras duermo.
Me quedo.
Y, debajo de todo, otra verdad. Alguien había conseguido ponerle algo otra vez.
—Dámetor.
El destructor abrió los ojos. Estaban brillantes. No por poder. Por rabia.
—Lo están usando.
Silencio.
Ares dejó de respirar.
—Qué.
—Como arma.
El mundo cambió. No hubo transición. No pensamiento. No estrategia. Solo guerra. Ares se volvió hacia la salida. La energía roja explotó alrededor de su cuerpo con tanta violencia que varias ventanas vibraron. Apolo dio un paso atrás.
—Ares.
—Dónde.
Dámetor levantó una mano.
—Espera.
—DÓNDE.
La voz del dios hizo temblar la sala. Dámetor sostuvo su mirada.
—Lo siento desde el este.
—Eso no es ubicación.
—Es lo que tengo.
Ares levantó una mano. El aire se abrió con fuerza divina. No portal. Una brecha de tránsito olímpico.
—Entonces buscaré cada lugar.
Apolo se interpuso.
—No puedes atacar medio continente.
Ares lo miró. Los ojos dorados ardían.
—Puedo.
Silencio. Eso era precisamente el problema. Dámetor caminó hacia él.
—Ares.
El dios no apartó la mirada de la abertura.
—Están obligándolo a destruir. Lo siento.
Golpe.
—Está llorando.
Ares cerró los ojos. Eso fue peor. Muchísimo peor. Porque podía imaginarlo..Kael de pie. Aparentemente frío. Manos levantadas. Poder obedeciendo una orden que él no había elegido. Una fortaleza desapareciendo. Personas observando. Aplaudiendo. Alguien diciendo:
Mi destructor.
Ares abrió los ojos.
—Lo voy a matar.
Dámetor hizo una mueca.
—A Eryxion.
Silencio.
—Entonces sabes.
El destructor asintió.
—Kael consiguió mandarme algo.
—Qué.
—Nombre. Eryxion.
Ares sonrió. No había humor.
—Perfecto.
Apolo hizo una mueca.
—No, no lo es.
Ares atravesó la brecha. Dámetor lo siguió. No pidió permiso. No había tiempo. Apolo llegó detrás. La brecha se cerró. Aparecieron sobre una ladera de roca oscura. Frente a ellos, a varios kilómetros, se alzaba una fortaleza. No abandonada. Viva. Torres negras. Muros cubiertos por símbolos plateados. Barreras superpuestas. Un enorme santuario incrustado en una montaña. Dámetor se quedó quieto. Cerró los ojos. Kael. Dolor. Allí.
—Es ese.
Ares no esperó más. La primera barrera explotó. No porque la golpeara. Porque Ares la atravesó. El dios de la guerra descendió sobre la entrada como una tormenta roja. La defensa exterior reaccionó. Cientos de lanzas de energía oscura salieron desde las torres. Ares levantó un brazo. Las armas se desintegraron en el aire. La siguiente línea defensiva apareció. Soldados. Guardianes inmortales. Criaturas de piedra. El dios no redujo velocidad.
—¡ARES! —gritó Apolo.
Demasiado tarde. Ares chocó contra la primera formación. La onda expansiva abrió el suelo. Los guardianes salieron despedidos. No sangre. No muerte necesariamente. Pero fuerza brutal. Desmedida. Dámetor aterrizó a varios metros.
—Está perdiendo control.
Apolo hizo una mueca.
—Lo sé.
Ares levantó una mano. Una torre lateral se quebró por la mitad.
—¡ARES!
Nada. Otra. Una muralla entera se abrió. El santuario tembló. Dámetor sintió dolor. No suyo. Kael. Más fuerte.
—No.
El joven abrió mucho los ojos.
—¡ARES, DETENTE!
El dios giró apenas.
—NO.
—¡ESTÁ DENTRO!
Silencio. Eso sí lo alcanzó..Ares quedó inmóvil..La energía roja seguía rugiendo. Dámetor corrió hacia él.
—Si tiras todo abajo, puedes herirlo.
La respiración del dios era pesada.
—Lo sacaré.
—No si lo aplastas antes.
Golpe. Ares levantó lentamente la cabeza hacia la fortaleza. Una de las torres empezaba a inclinarse. Piedras cayendo. Muros agrietados. Kael dentro. Quizá en alguna habitación. Quizá obligado a quedarse quieto. Quizá incapaz de abrir portal. La imagen atravesó. El antiguo Ares habría seguido. Habría llamado sacrificio necesario. Habría destruido primero y preguntado después. Porque el miedo, para él, siempre había sido combustible. Esta vez dio un paso atrás. Eso fue más difícil que romper la primera muralla. Dámetor lo observó.
—Respira.
Ares lo fulminó.
—No me digas.
—Entonces no respires.
Silencio. El dios cerró los ojos. Dámetor casi sonrió. No momento.
—Kael está vivo.
Ares abrió.
—Lo sé.
—Y te necesita pensando. No arrasando.
La energía roja empezó a disminuir..Muy lentamente. Apolo llegó.
—Bien.
Ares levantó una ceja.
—No digas nada.
—No dije.