El Último Poder Del Olimpo

El lazo que ninguna marca pudo romper

El brazalete regresó a la muñeca de Kael tres días después de que Dámetor lo hubiera desmontado. No apareció de golpe. Eso habría sido más misericordioso. Comenzó como una línea. Kael estaba en su sala de trabajo, inclinado sobre uno de los mapas que había conseguido reconstruir de memoria del santuario de Eryxion. Ares se encontraba en el patio oriental, entrenando soldados; Dámetor había regresado aquella mañana al castillo de Apolo después de insistir, al menos seis veces, en que Kael debía avisarle si sentía cualquier cosa extraña.

Kael había respondido que no necesitaba seis recordatorios. Dámetor había dicho que sí. Ares había intervenido. Dámetor lo había acusado de ser peor. Habían discutido durante veinte minutos. Una mañana normal.

Precisamente por eso Kael no comprendió inmediatamente qué era aquella pequeña mancha negra alrededor de su muñeca derecha. La miró. Frunció el ceño. Pensó que quizá fuera tinta. Intentó limpiarla con el pulgar. No desapareció. Su respiración se detuvo.

—No.

La línea avanzó. Negra. Fina. Circular. Kael se levantó tan rápido que la silla cayó detrás de él.

—No.

Abrió un portal. El círculo violeta apareció. Bien. Funcionaba. Kael cruzó. Quería llegar hasta Ares. Pero el portal cambió. Negro. Solo durante una fracción de segundo. Suficiente. Kael salió del otro lado y no estaba en el patio. Estaba en un salón oscuro. El santuario de Eryxion. Otra vez.

—No.

La palabra salió rota. Kael giró. Eryxion estaba esperando. Sin heridas visibles. Sin prisa. Sin el menor rastro de la furia que había mostrado cuando Ares y Dámetor habían desmontado su fortaleza desde dentro. Aquello asustó a Kael mucho más.

—Creíste que quitar el metal era suficiente —dijo el dios.

Kael miró su muñeca. La línea negra había seguido creciendo. Ahora tenía volumen. No. Metal. Fragmento por fragmento. La sombra se estaba reconstruyendo.

—Dámetor lo destruyó.

—Lo desmontó.

Eryxion sonrió.

—No es lo mismo.

Kael levantó la mano. Atacó. La onda mental salió antes de que el brazalete estuviera completo. Eryxion levantó una barrera. El impacto abrió una grieta en la pared.

—Bien —murmuró el dios—. Todavía eres rápido.

Kael volvió a atacar.

—¡QUÍTAMELO!

—No.

Un último fragmento negro cerró el círculo. Clic. El sonido fue pequeño. Kael sintió que el mundo desaparecía. No físicamente. La voluntad seguía allí. Eso era precisamente el horror. Eryxion levantó los ojos.

—Arrodíllate.

Las rodillas de Kael golpearon el suelo. En el castillo, Ares sintió el rojo desaparecer. No debilitarse. No ocultarse. Desaparecer. El dios soltó la espada. Los soldados dejaron de entrenar. Ares miró su brazo. Violeta. Solo violeta.

—Kael.

Un segundo después, una finísima línea roja regresó. Negro alrededor. Ares palideció.

—No.

Uno de los soldados se acercó.

—Mi señor...

—Busca a Dámetor.

No gritó. Eso fue más aterrador.

—Ahora.

Dámetor no necesitó que lo buscaran. Ya venía. Sintió el dolor antes de recibir mensaje. Apareció mediante tránsito solar junto a Apolo apenas diez minutos después. Encontraron a Ares en la habitación de Kael. El portal había dejado residuo negro. Otra vez. Dámetor se arrodilló.

—Eryxion.

Ares apretó las manos.

—El brazalete volvió.

Dámetor levantó la cabeza.

—Cómo sabes.

Ares mostró su brazo. Violeta. Rojo. Negro cruzando por encima.

—Porque está intentando tapar esto.

Silencio. Apolo se acercó.

—Pero no lo consiguió.

Ares miró el rojo. No. Seguía. Débil. Pero allí. Eso era todo lo que necesitaba.

—Lo encuentro.

Dámetor se levantó.

—Lo encontramos.

Ares lo miró. Asintió.

—Sí.

Eryxion no mantuvo a Kael arrodillado mucho tiempo. No necesitaba. Aquella vez quería algo distinto.

—Levántate.

Kael obedeció.

—Abre un portal.

El joven sintió el poder responder. Un círculo violeta apareció. Eryxion caminó alrededor.

—¿Sabes qué aprendí la última vez?

Kael sostuvo su mirada.

—Que Dámetor es mejor destruyendo tus defensas que tú construyéndolas.

El dios sonrió sin humor.

—Sigues hablando demasiado.

—No has conseguido controlar eso.

—Todavía.

Kael sintió frío..Eryxion continuó:

—Aprendí que Ares ha cambiado.

Silencio.

—Eso te protege.

Kael hizo una mueca.

—No soy suyo para necesitar protección constante.

—Exactamente. Y eso me da una oportunidad.

Kael frunció el ceño.

—Qué.

—Antes habría atacado sin pensar. Ahora duda.

Silencio.

—Y dudar frente a un destructor es peligroso.

Kael comprendió. No. No. Eryxion sonrió.

—Vamos a comprobar cuánto te ama cuando seas tú quien intente matarlo.

—No.

El brazalete ardió. Kael retrocedió. Voluntariamente.

—No.

—No te lo estoy ordenando todavía.

—No lo hagas.

Eryxion levantó una ceja.

—Eso sonó a súplica.

Kael apretó los dientes. No le importaba.

—No lo hagas.

—¿Tienes miedo de herirlo?

—Sí.

La respuesta salió inmediata. Verdad. Eryxion pareció disfrutar.

—Perfecto.

Kael sintió lágrimas. No. No ahora.

—Puedes obligarme a atacar.

—Sí.

—No a querer.

—Ya establecimos eso.

—Entonces sabes que no ganas.

Eryxion sonrió.

—No necesito que quieras. Necesito que Ares vea tu mano levantarse contra él.

El portal detrás de Kael cambió. Mostró una explanada del santuario. Ares acababa de llegar. Dámetor junto a él. Apolo detrás. Kael dejó de respirar.

—No.

Eryxion habló:

—Camina.

Y Kael atravesó. Ares lo vio aparecer. Por un segundo olvidó el santuario. Las defensas. Eryxion. Todo. Solo Kael. El muchacho parecía físicamente intacto. Pero llevaba el brazalete. Negro. Cerrado otra vez alrededor de la muñeca derecha. Y estaba llorando. No mucho. Dos líneas silenciosas bajaban por sus mejillas. Ares sintió que algo dentro se rompía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.