El Último Poder Del Olimpo

El destructor despierta

Dámetor fue el primero en comprender que el brazalete no había desaparecido por completo.

Kael estaba sentado en su habitación, todavía pálido después del enfrentamiento con Eryxion. El metal negro ya no rodeaba su muñeca, pero una fina marca oscura seguía dibujando el mismo círculo sobre su piel. Ares la observaba con inquietud.

—No debería seguir ahí —murmuró.

Dámetor se acercó.

—Déjame verla.

Kael extendió el brazo. Dámetor levantó una mano y aplicó una ligera presión telequinética sobre la marca. Entonces ocurrió algo inesperado: una estructura negra apareció alrededor de la muñeca, transparente y formada enteramente por energía divina. Kael palideció.

—El brazalete sigue dentro de mí.

Dámetor negó lentamente.

—No exactamente. La parte física desapareció, pero su magia continúa anclada a tu energía.

Ares apretó los puños.

—Entonces arráncala.

Dámetor lo intentó. Su telequinesis rodeó la estructura y comenzó a separarla de Kael. Durante unos segundos pareció funcionar. Hasta que una fuerza brutal atravesó la habitación. Dámetor salió despedido contra la pared.

—¡Dámetor! —gritó Ares.

El joven se incorporó con dificultad.

—Estoy bien.

Kael sintió que la marca ardía. Eryxion. Todavía estaba conectado. Ares dio un paso hacia él, pero Kael levantó la mano.

—No.

El dios se detuvo.

—¿Qué necesitas?

Kael miró su muñeca. Entonces comprendió. Todo aquel tiempo había esperado que alguien consiguiera liberarlo. Ares. Dámetor. Apolo. Pero aquella magia estaba dentro de él. Y también lo estaba su poder.

—No necesitas arrancarlo —dijo Kael.

Dámetor frunció el ceño.

—¿Qué quieres hacer?

Kael levantó los ojos violetas.

—Destruirlo yo.

Ares palideció.

—Kael, está unido a tu energía.

—Precisamente.

—Podrías lastimarte.

—También podría volver a atacarte si Eryxion recupera el control.

Silencio. Eso terminó la discusión. Ares cerró los ojos durante un instante y luego asintió.

—¿Qué necesitas de nosotros?

Kael miró a Dámetor.

—Sujeta la magia desde afuera. No dejes que Eryxion la mueva.

Dámetor extendió ambas manos.

—Lo haré.

Kael miró a Ares.

—Y tú quédate conmigo.

Ares sostuvo su mirada.

—No pienso irme.

Kael cerró los ojos. Buscó el brazalete dentro de sí. Lo encontró enseguida. Era una estructura inmensa de capas negras, órdenes y recuerdos deformados. La primera capa estaba construida sobre su miedo a ser marcado. Y entonces recordó aquella noche. Él temblando. Ares sentado cerca. Su propia voz diciendo:

—No pongas nada sobre mí mientras duermo.

Y Ares respondiendo:

—No lo haré.

Kael respiró. Aquello no era solo miedo. También era confianza. Su poder destructor apareció. La primera capa negra se desintegró. Dámetor abrió los ojos.

—Funcionó.

Ares no apartó la mirada de Kael. La segunda capa utilizaba otro recuerdo. La habitación sin cerradura. La puerta abierta. El miedo de Kael a quedarse. Pero también recordó que Ares jamás había cruzado aquella puerta sin permiso. Recordó el castillo de puertas abiertas. Recordó todas las veces que había salido. Y todas las veces que había vuelto.

—Quedarme nunca significó estar atrapado —susurró.

La segunda capa se quebró. Eryxion reaccionó desde lejos. La habitación tembló. Dámetor apretó los dientes mientras su telequinesis mantenía inmóvil la conexión negra.

—Está intentando recuperarla.

—No lo dejes —dijo Kael.

—No pienso hacerlo.

Ares levantó una barrera alrededor de la habitación para estabilizarla.

—Sigue.

Kael respiró. La siguiente capa fue la peor. La imagen de su propio ataque dirigido contra Ares. El portal. El poder atravesándolo. Ares esquivando por centímetros. La culpa regresó. Kael sintió lágrimas. Pero entonces recordó la respuesta del dios.

Te creí.

Ares había entendido que su cuerpo había obedecido, pero que su voluntad no. Kael abrió los ojos.

—Yo no elegí atacarte.

Ares respondió inmediatamente:

—Lo sé.

La capa negra se desintegró. Entonces apareció el lazo rojo. Primero sobre los dedos de Kael. Después ascendió por su brazo hasta alcanzar la muñeca derecha. El brazalete mágico trató de detenerlo. No pudo. El rojo atravesó el negro. Ares abrió mucho los ojos. El violeta apareció después, entrelazándose con el rojo. Kael sintió el vínculo. Pero no como una cadena. Como una elección. Su elección. Su amor por Ares no lo había debilitado. Le había dado algo que defender. Una casa. Una amistad con Dámetor. Un lugar al que quería volver.

Y, sobre todo, una versión de sí mismo que había aprendido a amar sin dejar de ser libre. Kael sonrió entre lágrimas.

—Ahora entiendo.

Ares se acercó un paso.

—¿Qué?

—Eryxion creyó que amar me hacía más fácil de controlar.

El rojo brilló con mayor intensidad.

—Se equivocó.

Kael alcanzó finalmente el centro de la magia. Una sola orden sostenía todo el brazalete.

PERTENECE.

Kael sintió rabia. No explosiva. Clara. Ares estaba allí. Dámetor también. Pero ninguno podía responder esa pregunta por él. Kael respiró.

—Yo no pertenezco a Eryxion.

La raíz negra vibró.

—Tampoco pertenezco a Ares.

El dios de la guerra no se movió. Kael lo miró.

—Te elijo.

Ares sonrió.

—Lo sé.

Kael volvió a cerrar los ojos.

—Y sigo perteneciéndome a mí mismo.

La raíz se quebró. Eryxion atacó la conexión desde lejos. Dámetor casi cayó.

—¡Ahora, Kael!

El joven reunió su poder. No necesitaba destruir todo. Solo aquello que no era suyo. Comenzó a desintegrar la magia del brazalete capa por capa. Las órdenes desaparecieron.

Camina.

Destruida.

Arrodíllate.




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