El Último Poder Del Olimpo

Nadie roba el vínculo de un destructor

El brazalete no cayó al suelo. Murió. Durante un instante permaneció alrededor de la muñeca derecha de Kael como una circunferencia de oscuridad endurecida, temblando bajo las líneas rojas y violetas que habían conseguido atravesarlo. Luego apareció la primera grieta.

Fue diminuta. Un hilo de luz roja surgió desde el interior. Después otro. Y otro. El negro comenzó a partirse desde dentro, incapaz de contener aquello que Eryxion había confundido con una debilidad. El amor. La amistad. La lealtad. Las decisiones tomadas libremente. Todas aquellas cosas que el dios había intentado utilizar para quebrar a Kael se habían convertido en las raíces que lo mantenían unido a sí mismo.

Dámetor sostuvo la estructura con su telequinesis mientras Kael destruía la última capa del anclaje divino.

—Ahora —dijo Dámetor entre dientes.

Kael abrió los ojos. Violetas. Brillantes. Ya no había miedo en ellos. Había decisión. La magia negra se estremeció. Kael cerró la mano. Y el brazalete se convirtió en partículas. No hubo fragmentos. No hubo metal golpeando el suelo.

Miles de motas negras se desprendieron de su muñeca y quedaron suspendidas alrededor de él como cenizas de una noche que finalmente había terminado. Después se apagaron. Una a una. Nada quedó. Kael miró su muñeca. Vacía. La otra también. Vacía. Respiró. Una vez. Dos. Libre. Completamente libre. Ares sintió que las piernas casi dejaban de sostenerlo.

Dámetor soltó el aire que llevaba demasiado tiempo conteniendo. Pero Eryxion todavía estaba allí. Y cometió el peor error de toda su existencia. Intentó marcarlo otra vez. El dios apareció al otro extremo del santuario envuelto en energía negra.

La derrota había borrado su elegancia. Su rostro seguía siendo hermoso, pero la serenidad había desaparecido. Los ojos plateados ardían con una rabia que ya no se molestaba en ocultar. Detrás de él aparecieron sus seguidores. Docenas.

Dioses menores, inmortales y criaturas vinculadas a su culto llenaron las galerías superiores del santuario. Ares levantó su espada. Apolo extendió una mano y la luz dorada comenzó a arder alrededor de sus dedos. Dámetor se colocó junto a Kael. Pero Eryxion no miraba a ninguno de ellos. Solo al muchacho.

—No puedes destruir lo que soy —dijo.

Kael observó las partículas negras que aún desaparecían alrededor de su mano.

—Acabo de hacerlo.

—Destruiste un objeto.

—Destruí tu derecho imaginario sobre mí.

El santuario quedó en silencio. Ares sintió algo recorrerle la espalda. No miedo. Orgullo. Eryxion extendió una mano. Una nueva marca negra apareció en el aire. No era un brazalete. Era un símbolo. Un círculo atravesado por líneas oscuras que comenzaron a desplazarse hacia Kael como una sombra viva. Dámetor reaccionó inmediatamente.

—¡Kael!

El joven no retrocedió. Ares sí levantó la espada.

—No vuelvas a tocarlo.

Eryxion sonrió.

—No necesito tocarlo.

La marca avanzó. Kael la observó. Durante meses había huido de aquello. Marcas. Anillos. Brazaletes. Objetos colocados sobre el cuerpo mientras dormía. Símbolos destinados a decir que un destructor pertenecía a un dios. Había preparado cada portal de su existencia para escapar de ese instante. Había temido dormirse junto a Ares. Había revisado sus muñecas al despertar. Había convertido la libertad en una muralla.

Pero ya no era aquel muchacho. Ahora sabía algo que antes no sabía. Una marca no podía definirlo. Un dios tampoco. Kael levantó la mano.

—Inténtalo.

Ares giró hacia él.

—Kael...

El muchacho no apartó los ojos de Eryxion.

—Que lo intente.

La marca negra llegó. Y el mundo cambió. No tocó la piel. Nunca consiguió hacerlo. Cuando estuvo a menos de un metro de Kael, el espacio se fracturó. No fue un portal normal. Fue como si la realidad misma hubiera abierto los ojos. Una línea violeta atravesó el aire. Después otra. Otra más. Decenas. Cientos. Las grietas luminosas aparecieron alrededor del santuario como relámpagos detenidos entre dimensiones.

Las columnas se reflejaron en mundos distintos. Un cielo rojo apareció durante un segundo dentro de una fractura. Un océano de estrellas en otra. Montañas suspendidas. Bosques plateados. Vacíos donde no existía arriba ni abajo. Ares retrocedió instintivamente. Apolo dejó de respirar. Dámetor miró a Kael. Y comprendió.

—Está despertando.

Eryxion también lo comprendió. Demasiado tarde. La energía de Kael no explotó hacia afuera. Se expandió. Eso fue mucho más aterrador. No necesitaba gritar. No necesitaba levantar ambos brazos. Su poder parecía haberse convertido en una propiedad del espacio que lo rodeaba. Los mechones rojos de su cabello comenzaron a elevarse. Sus ojos violetas brillaron con una intensidad casi blanca. El lazo rojo apareció sobre ambos brazos. Y dentro de él, violeta. Ares. Pero también había otra resonancia. Dámetor. No como marca. Como amistad. Como reconocimiento entre destructores.

Kael giró ligeramente hacia él. Dámetor entendió sin palabras. Extendió ambas manos. La telequinesis despertó con él. Miles de fragmentos de piedra comenzaron a elevarse desde el suelo del santuario. No docenas. Miles. Pequeñas piezas arrancadas de muros, balcones, escaleras y columnas rotas quedaron flotando alrededor del destructor de ojos violetas. Eryxion miró a sus seguidores.

—Mátenlos.

Kael cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, el santuario entero pareció inhalar.

—No.

Una sola palabra. Y comenzó la batalla. Los seguidores de Eryxion atacaron primero. Una lluvia de energía negra descendió desde las galerías. Apolo levantó una barrera de luz dorada. Ares dio un paso hacia delante dispuesto a responder. Kael fue más rápido. Abrió treinta portales simultáneamente. Los ataques entraron. Desaparecieron. Y reaparecieron apuntando hacia el cielo.

La noche se iluminó con explosiones lejanas. Dámetor movió las manos. Los miles de fragmentos de piedra volaron. No atravesaron cuerpos. No hicieron falta. Golpearon armas. Sellos. Símbolos. Amuletos. Conexiones mágicas. Cada pieza encontró exactamente aquello que debía romper. Los seguidores empezaron a perder sus protecciones.




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