La lluvia caía con violencia sobre los tejados, convertía las calles en espejos negros y hacía brillar los faroles como pequeñas lunas enfermas en medio de la noche. El agua descendía por las fachadas antiguas, corría entre las grietas de las piedras y desaparecía por las alcantarillas con un murmullo constante. Cronos corría.
Sus botas golpeaban los adoquines mojados mientras la túnica roja se agitaba detrás de él como una herida abierta en la oscuridad. Los cabellos pelirrojos, empapados, se le pegaban al rostro. Respiraba con dificultad. Llevaba demasiado tiempo huyendo. Tres días. Tal vez cuatro. Había dejado de saberlo. Aquello resultaba casi irónico para alguien capaz de manipular el tiempo.
Detrás de él resonaron pasos. Muchos. Demasiados. Cronos giró hacia un callejón estrecho y levantó una mano.
—Deténganse.
El mundo obedeció. Durante dos segundos. Las gotas quedaron suspendidas. Los hombres que acababan de entrar al callejón se congelaron en medio de la carrera. Cronos siguió avanzando. Uno. Dos. El tiempo volvió a moverse. Las gotas cayeron. Los hombres continuaron.
—¡Está agotado! —gritó uno—. ¡No puede mantenerlo!
Cronos apretó los dientes. No necesitaba escuchar sus voces. Sus pensamientos llegaban mucho antes.
No dejen que desaparezca.
El director lo quiere vivo.
No dañen el cerebro.
Necesitamos intacta la región donde se produce la interferencia temporal.
Cronos sintió náuseas. Entró en otra calle..A su alrededor, Londres seguía viviendo sin saberlo. Un automóvil pasó al fondo. Una pareja corrió bajo un paraguas..Un hombre cerró la puerta de un pub. Nadie sabía que, a pocas calles de allí, decenas de personas perseguían a un niño que no era realmente un niño. Cronos parecía tener trece años.
Había parecido tenerlos durante muchísimo tiempo. Demasiado. El tiempo no lo había envejecido porque el tiempo ya no sabía qué hacer con él. Pero el cansancio sí existía. El miedo también. Y aquella noche ambos estaban ganando. Doblando otra esquina, Cronos chocó contra una pared. No físicamente. Mentalmente. Cientos de pensamientos lo golpearon al mismo tiempo. Había más agentes delante.
—No...
Se llevó ambas manos a la cabeza.
Sector siete cerrado.
Vehículos preparados.
Si utiliza salto temporal, activar inhibidores.
El sujeto debe conservarse.
No es un sujeto.
Aquello fue suyo. Su propio pensamiento. Cronos abrió los ojos.
—No soy un sujeto.
La rabia atravesó el miedo. Extendió una mano. Tres hombres salieron de una esquina. Cronos no los tocó. Ni siquiera los miró directamente. Implantó una idea.
Corran hacia la izquierda.
Los tres obedecieron. Sus mentes aceptaron durante algunos segundos aquella decisión como propia y desaparecieron por otra calle. Cronos se quedó respirando con dificultad. No le gustaba hacer eso. Implantar pensamientos era diferente de escuchar. Escuchar ocurría incluso cuando no quería. Implantar exigía entrar. Dejar algo. Mover una voluntad. Sabía perfectamente lo peligroso que era. Por eso casi nunca lo utilizaba. Pero aquellos hombres querían encerrarlo. Y él sabía exactamente para qué. Había escuchado demasiado.
Cuando aislemos la cronoquinesis, podremos reproducirla.
Los candidatos deben carecer de inhibidores empáticos.
Sujetos con psicopatía elevada muestran mayor compatibilidad.
La conciencia moral reduce eficacia.
Cronos había escuchado esas frases durante días. No pronunciadas. Pensadas. Eso era peor. No eran amenazas destinadas a asustarlo. Eran planes. Fríos. Metódicos. La organización quería copiar sus poderes. No comprenderlos. No estudiarlos solamente. Reproducirlos. Implantarlos. Crear personas capaces de detener segundos, alterar percepciones temporales, entrar en pensamientos ajenos y sembrar ideas.
Y querían elegirlas precisamente por su oscuridad. Personas sin remordimiento. Sin compasión. Sin miedo a utilizar una mente como territorio. Cronos conocía su propia naturaleza.
Destructor de dioses.
Lo sabía desde hacía mucho.bNo necesitaba que nadie se lo explicara. También sabía que sus poderes no eran un regalo sencillo. La cronoquinesis podía detener una batalla. O prolongar una agonía durante años dentro de un segundo. La telepatía podía consolar. O destruir intimidades. Implantar una idea podía salvar a alguien. O robarle la vida sin dejar ninguna cadena visible. Si aquella gente lograba copiarlo no crearían soldados. Crearían monstruos. Cronos corrió hasta llegar a un puente. El Támesis se extendía abajo, negro y turbulento. Las luces de la ciudad temblaban sobre el agua. Se detuvo apenas un instante. Mala decisión. La luz verde apareció. Cronos bajó la mirada.
Una línea luminosa recorría los dedos de su mano derecha. Verde. Suave. Cálida. Había empezado días atrás. Primero había pensado que era consecuencia de utilizar demasiado poder. Después comprendió que no. No nacía de él. O no completamente. Subía desde los dedos hasta la muñeca. A veces alcanzaba el antebrazo. Siempre aparecía cuando tenía más miedo. Como si algo, en algún lugar demasiado lejano, intentara encontrarlo. Cronos la tocó con la mano izquierda. La luz reaccionó. Y sintió aquella presencia otra vez. Inmensa. Cielo.
Electricidad. Piedra antigua. Una voluntad capaz de hacer temblar montañas. Y algo más. Calor. No sabía quién estaba al otro lado. Ni siquiera estaba seguro de que hubiera alguien. Pero el lazo le decía algo que Cronos no podía explicar.
No estás completamente solo.
—Entonces ayúdame —murmuró.
Nada respondió. Un disparo golpeó la baranda. Cronos se agachó.
—¡No usen munición letal! —gritó alguien.
No por compasión. Cronos escuchó inmediatamente el pensamiento siguiente.