El Último Poder Del Olimpo

La instalación sin relojes

Cronos despertó sin saber cuánto tiempo había pasado. Eso fue lo primero que le dio miedo.

Abrió los ojos lentamente y encontró un techo blanco, demasiado limpio, iluminado por una luz fría que no parpadeaba. No había ventanas. No había sombras. No había sonido de lluvia, ni tráfico, ni pasos al otro lado de una calle. Nada que pudiera decirle si era de día o de noche. Nada que pudiera decirle cuánto había dormido. Intentó incorporarse. Una correa le sujetaba el torso.

Otra mantenía inmóvil su brazo izquierdo. La derecha estaba libre. Cronos bajó inmediatamente la mirada. El lazo verde seguía allí. Muy tenue. Desde los dedos hasta la muñeca. Respiró.

—Zeus...

No ocurrió nada. Solo aquella luz cálida y silenciosa. Cronos cerró los ojos un segundo. No importaba. Seguía allí. Aquello tenía que significar algo. Intentó mover las piernas. También estaban sujetas. El miedo regresó con violencia.

No. No otra vez.

Tiró de las correas.

—¡Suéltenme!

Su voz golpeó las paredes blancas y regresó deformada. Nadie respondió. Entonces hizo lo único que sabía hacer cuando el mundo dejaba de tener sentido. Buscó el tiempo. Siempre estaba allí. No como un reloj. Como una corriente. Una respiración invisible que atravesaba cada objeto, cada cuerpo, cada espacio. Cronos cerró los ojos. Encontró esa corriente. Y tiró.

—Detente.

Nada. Abrió los ojos. El miedo creció. Volvió a intentarlo.

—Detente.

Durante una fracción de segundo la luz del techo pareció inmovilizarse dentro de sí misma. Después un zumbido grave atravesó la habitación. Cronos gritó. La sensación fue como intentar empujar una pared que empujaba de regreso. El tiempo no se había detenido. Lo habían interferido. Una puerta se abrió. Entraron dos hombres vestidos con uniformes grises y una mujer de bata blanca. Cronos no los miró a los ojos. Escuchó sus mentes.

Ya está consciente.

El campo funciona.

Actividad temporal reducida en un setenta y tres por ciento.

Perfecto.

Cronos levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué campo?

La mujer se detuvo. No había hablado. Sus ojos se endurecieron.

—No necesitas saberlo.

Cronos sonrió sin humor.

—Ya lo sé. Está pensando en un setenta y tres por ciento.

Uno de los guardias lo miró con inquietud.

Maldita cosa.

Cronos sintió el insulto como una punzada.

—No soy una cosa.

El hombre palideció. La científica observó al niño con algo parecido a fascinación.

—La telepatía sigue intacta.

Excelente.

Cronos apretó los dientes.

—Deja de pensar eso.

Ella levantó una ceja.

—No puedes ordenar lo que pienso.

Cronos la miró directamente. Podía. Ese era precisamente el problema. Y ella no lo sabía. Todavía. La mujer se acercó a una consola empotrada en la pared. Cronos la observó. No había reloj. Ni fecha. Ni hora. Nada. La pantalla mostraba números, frecuencias, pulsaciones, actividad cerebral. Pero ningún indicador temporal convencional. Eso llamó su atención. Miró alrededor. Tampoco había reloj en la pared. Ni ventana. Ni una rendija por la que pudiera ver luz natural. Nada que marcara el paso del tiempo. Entonces escuchó el pensamiento de otro hombre detrás de la puerta.

No le den ninguna referencia.

Cronos se quedó inmóvil. La científica tocó un control. El zumbido aumentó.

—¿Sientes algo?

Cronos la fulminó.

—No.

Mentira. Sentía el tiempo raro. Desenfocado. Como si todos los segundos que normalmente percibía estuvieran superpuestos unos sobre otros. No sabía cuánto había pasado desde que la puerta se abrió.

¿Un minuto?

¿Cinco?

¿Treinta segundos?

Eso no debería ocurrirle. Nunca. La mujer anotó algo.

—Desorientación temprana.

Cronos giró hacia ella.

—Lo hicieron a propósito.

Silencio. Ella no respondió. No necesitaba. Su mente sí.

Funcionó antes en pruebas indirectas.

Cronos sintió frío.

—Antes.

La mujer se quedó quieta. Cronos levantó los ojos.

—Dijiste antes.

—No dije nada.

—Lo pensaste.

El guardia miró hacia ella. La científica hizo una mueca. Cronos continuó:

—¿Cuánto tiempo llevan haciendo esto?

Nada.

Entonces escuchó otra mente. Detrás del vidrio oscuro situado en una pared lateral. Había alguien observando.

Más de seis años.

Cronos dejó de respirar. Seis años. No lo habían encontrado por casualidad. No habían improvisado después de descubrir qué era..Llevaban años construyendo aquello. Años estudiándolo. Esperándolo. Preparándose. Cronos sintió una presión en el pecho. La respiración se volvió corta.

—Seis años.

La científica giró hacia el vidrio. Error. Confirmación. Cronos la vio. Y comprendió.

—Me estaban buscando desde antes de Londres.

Nadie respondió.

—¿Cuánto saben de mí?

Silencio. Cronos cerró los ojos. Las mentes alrededor comenzaron a hablar sin querer.

Anomalías temporales en Bucarest.

Desaparición de once segundos en Berlín.

El incidente de Praga.

Registros de 1897.

La fotografía de Edimburgo.

Cronos abrió los ojos de golpe. No. Eso era imposible. Algunos de esos acontecimientos habían ocurrido décadas atrás. Otros más. Muchísimo más. Habían reconstruido su historia. La científica se acercó.

—No te alteres.

Cronos soltó una risa seca.

—¿No me altere?

Tiró de las correas.

—¡Llevan años siguiéndome!

—No tienes por qué lastimarte.

—¡SUÉLTENME!

El zumbido a lo Era más inteligente que una barrera. Le quitaba precisión. Cronos podía sentir miles de posibles segundos. Pero no sabía cuál estaba tocando. Era como intentar agarrar una aguja dentro de una tormenta.

—¿Cómo lo hicieron? —preguntó.

La científica lo miró.

—Estudiamos tus patrones.




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