Demasiado vacíos. El pequeño destructor levantó la cabeza desde el rincón de la habitación.
—¿Qué hicieron?
Nadie respondió. Tres científicos entraron acompañados por cuatro guardias. La última en cruzar fue la mujer que había dirigido las pruebas anteriores. Llevaba en las manos una pequeña tableta. Cronos intentó escucharla. Nada. Frunció el ceño.
Normalmente las mentes humanas eran insoportablemente ruidosas. Pensamientos, recuerdos, emociones, imágenes, palabras inconclusas. Todo llegaba mezclado si él no levantaba barreras. Ahora solo encontraba silencio.
—No me gusta esto —murmuró.
La mujer sonrió.
—Precisamente por eso estamos aquí.
Los guardias lo llevaron nuevamente hasta la sala circular. Cronos no se resistió. Estaba aprendiendo. Cada esfuerzo inútil era información para ellos. Y no pensaba seguir regalándoles información. Lo sentaron en la silla. Esta vez no había correas. Eso le preocupó todavía más.
—¿Qué quieren?
—Comprender tu telepatía.
Cronos miró a la científica.
—Ya saben que escucho pensamientos.
—Queremos saber cómo.
—No lo sé.
—Todo tiene un mecanismo.
Cronos suspiró.
—Ustedes creen que el universo entero es una máquina que pueden desmontar.
La mujer no respondió. Cronos escuchó entonces algo. Muy pequeño.
Madre.
Giró la cabeza. Uno de los investigadores permanecía junto a la pared. Otra palabra apareció.
Hospital.
Después una imagen. Una anciana acostada. Cronos parpadeó. El pensamiento desapareció. Otro surgió desde otra dirección.
Fuego.
Una casa incendiándose. Después:
No pude sacarlo.
Cronos se llevó una mano a la sien.
—Basta.
La científica observó la pantalla.
—Tenemos respuesta.
El muchacho comprendió. No eran pensamientos espontáneos. Los estaban provocando. Otra imagen apareció. Un niño llorando. Después una mujer gritando. Después un accidente. Cronos cerró los ojos.
—Dejen de hacerlo.
Las voces mentales aumentaron. No estaban pensando normalmente. Los investigadores utilizaban estímulos visuales y auditivos que Cronos no podía percibir desde su posición para despertar recuerdos específicos en las personas distribuidas alrededor de la sala. Dolor. Culpa. Miedo. Vergüenza. Querían emociones intensas porque eran más fáciles de detectar telepáticamente.
—Está identificando recuerdos sin contacto —dijo alguien.
—¡Cállate!
Cronos abrió los ojos.
—No entren en mi cabeza.
La científica levantó una ceja.
—Nosotros no estamos entrando en la tuya.
— Están llenándola con las suyas.
Las imágenes aumentaron. Cronos intentó levantar sus barreras mentales. El campo de la habitación reaccionó. Un pulso eléctrico atravesó las paredes. Su concentración se quebró. Las voces volvieron.
No quería hacerlo.
Fue culpa mía.
No me perdonó.
No debí abandonarla.
Cronos apretó las manos contra las orejas. Inútil. No escuchaba con ellas.
—¡Basta!
Los investigadores continuaron tomando notas.
—Incrementen intensidad.
Cronos levantó la cabeza.
—No.
—Necesitamos determinar tu umbral.
—¡He dicho que no!
Más recuerdos. Más emociones. La sala desapareció bajo una avalancha de vidas ajenas. Cronos sintió que ya no sabía qué tristeza era suya. Qué miedo pertenecía a otro. Qué recuerdo había vivido él. Durante un instante volvió a Londres. Lluvia. Carrera. La aguja entrando en su cuello. Después apareció un recuerdo que no era suyo: un hombre sosteniendo la mano de su hermano moribundo. Cronos gritó.
—¡SALGAN DE MI CABEZA!
Las luces parpadearon. La científica sonrió.
—Eso es.
Cronos la miró. Aquella sonrisa terminó de romper algo.
—¿Eso querían?
Silencio.
—¿Querían que perdiera el control?
La mujer no respondió. Pero Cronos escuchó su pensamiento.
Necesitamos una respuesta ofensiva.
El niño quedó inmóvil. Entendió. Querían provocarlo hasta que utilizara la telepatía como arma. Querían ver qué podía hacer. Cronos respiró lentamente.
—Muy bien.
La científica frunció el ceño.
—¿Qué?
Los ojos celestes del muchacho se endurecieron.
—Quieren saber cómo se siente.
Cronos dejó de defenderse. Abrió su mente. Completamente. Los investigadores sonrieron al ver dispararse los indicadores. Hasta que comprendieron su error. Cronos no abrió su mente para recibir. La abrió para devolver. El primer recuerdo atravesó la sala. Londres. La lluvia. El frío. Las piernas temblando después de días huyendo. Los científicos lo sintieron como si estuvieran allí. Uno retrocedió.
Otro dejó caer la tableta. Después llegó el miedo. No una descripción del miedo. El miedo mismo. La certeza de ser perseguido. La sensación de saber que quienes corrían detrás no querían matarte porque consideraban tu cerebro demasiado valioso. La científica palideció.
—Detengan la prueba.
Cronos no había terminado. Les mostró la captura. La aguja. La pérdida del control sobre su propio cuerpo. Después la primera vez que despertó sin ventanas. Sin relojes. Sin saber si habían transcurrido minutos o días..Uno de los investigadores cayó de rodillas.
—Sáquenlo...
Cronos permaneció sentado. Una lágrima descendió por su rostro.
—Todavía no.
Les mostró lo que significaba escuchar constantemente. Cientos de pensamientos. Miles. Deseos que nadie pronunciaba. Crueldades escondidas detrás de sonrisas. Mentiras antes de convertirse en palabras. Dolores que desconocidos llevaban consigo. Durante unos segundos, todos escucharon como escuchaba Cronos. El efecto fue devastador. Los investigadores comenzaron a gritar. Algunos se taparon los oídos. Otros cerraron los ojos.