El Último Poder Del Olimpo

Papá, aunque todavía no lo sepas

Cronos descubrió que quería un padre en el peor lugar posible.

No ocurrió contemplando una familia a través de una ventana ni recordando alguna infancia perdida. Tampoco fue una revelación grandiosa, acompañada de rayos o de aquella energía verde que cada vez recorría con mayor intensidad su brazo derecho. Ocurrió mientras estaba atado a una silla. Y el recuerdo ni siquiera era suyo.

—Identifica al sujeto que está pensando en un objeto azul.

Cronos mantuvo los ojos cerrados.

—No.

La voz de la investigadora llegó desde algún altavoz oculto.

—Cronos.

—Ya dije que no.

—Sabemos que puedes hacerlo.

El niño abrió los ojos.

—Entonces no necesitan comprobarlo.

Silencio. La respuesta no gustó. Cronos sonrió con cansancio. Había aprendido a encontrar pequeñas victorias dentro de aquel lugar. Algunas consistían simplemente en fastidiar a sus captores. No podía escapar. Todavía. Pero podía resultar insoportable. Y pensaba aprovecharlo.

Frente a él había seis personas separadas por paneles opacos. Cronos no podía verlas, pero sí percibir sus pensamientos. Ese era el objetivo. Los investigadores querían calcular la distancia exacta a la que podía localizar una mente concreta entre varias..Los inhibidores temporales estaban activos, pero no podían bloquear completamente la telepatía.

Eso frustraba profundamente al Proyecto Aión. Y divertía un poco a Cronos.

—Empezaremos de nuevo —dijo la voz—. Uno de los sujetos está pensando en un objeto azul.

Cronos suspiró.

—El sujeto cuatro.

Silencio. Había acertado.

—Ahora identifica quién piensa en una mujer.

Cronos escuchó. Seis mentes. Fragmentos. Una playa. Una puerta. Números. Una mujer. Un automóvil. Una casa.

—Dos.

—Correcto.

—Esto es aburrido.

—Concéntrate.

—Estoy concentrado. Por eso sé que es aburrido.

Uno de los guardias tuvo que ocultar una sonrisa. Cronos la escuchó en su mente antes de verla. Eso también le produjo una pequeña satisfacción.

—Siguiente estímulo.

Las mentes cambiaron. Cronos escuchó sin querer. Un científico situado detrás del quinto panel debía pensar en una persona determinada. Y lo hizo. Pero algo salió mal. O quizá salió demasiado bien. Cronos vio un niño..Tendría unos siete años. Cabello castaño. Pijama azul.

Estaba sentado sobre los hombros de un hombre mientras ambos caminaban por un parque. Cronos frunció el ceño. Aquello no parecía un pensamiento preparado. Era un recuerdo. El científico había recibido la orden de pensar en alguien amado. Y había pensado en su hijo. Cronos sintió inmediatamente la emoción asociada. Amor.

No aquella palabra abstracta que había encontrado miles de veces en las mentes ajenas. Esto era diferente. Era preocupación. Orgullo. Miedo. Ternura. El recuerdo cambió. El mismo niño estaba enfermo. El científico permanecía sentado junto a su cama.

Ojalá pudiera cambiarme por él.

Cronos abrió los ojos. La sensación lo golpeó con una fuerza inesperada.

—Continúa —ordenó la investigadora.

Cronos no respondió. Seguía escuchando. Otro recuerdo. El científico llegando a casa. El niño corría hacia él.

—Papá.

Cronos se estremeció. No había escuchado la palabra realmente. La había encontrado dentro del recuerdo. Pero algo ocurrió.

Papá.

Tan pequeña. Tan sencilla. El niño del recuerdo no necesitaba explicar nada. Corría porque sabía que aquellos brazos iban a recibirlo. Cronos tragó saliva.

—Detengan la prueba.

—Todavía no hemos terminado.

—Yo sí.

—Cronos...

—¡He dicho que terminé!

Las luces parpadearon. El científico detrás del panel dejó de concentrarse. Demasiado tarde. Cronos ya había visto suficiente. Regresaron las imágenes sin que pudiera impedirlo. Un padre enseñando a su hijo a andar en bicicleta. El niño cayendo. El hombre corriendo. La rodilla lastimada. Las lágrimas. Después una frase.

Estoy aquí.

Cronos cerró los ojos. Aquello fue peor. No sabía por qué. Había soportado amenazas. Experimentos. Privación del sueño. Recuerdos falsos. Había corrido durante días por Londres mientras decenas de personas intentaban capturarlo. Pero aquellas dos palabras casi lo hicieron llorar.

Estoy aquí.

Porque nadie se las había dicho a él. Cronos había vivido demasiado. Muchísimo más de lo que su cuerpo aparentaba. Había visto generaciones nacer y desaparecer. Había cambiado de lugares antes de que las personas comenzaran a preguntarse por qué él nunca crecía. Había aprendido a esconderse. A escuchar. A marcharse. A sobrevivir.

Durante siglos se había convencido de que aquello era libertad. No necesitar a nadie. No quedarse demasiado tiempo. No permitir que nadie supiera exactamente qué era. Había tenido amigos.

Personas queridas. Algunos durante años. Otros durante décadas. Pero siempre terminaban envejeciendo mientras él continuaba pareciendo un niño. Entonces llegaban las preguntas. Y Cronos desaparecía. Otra ciudad. Otro nombre. Otra vida. Había aprendido a no mirar demasiado tiempo hacia atrás. Pero jamás se había preguntado algo.

¿Quién cuidaba de él?

La respuesta era sencilla. Nadie.

—Cronos.

Abrió los ojos. La científica estaba frente a él.

—¿Qué ocurrió?

—Nada.

—Tus niveles de actividad mental aumentaron.

—Qué emocionante.

—¿Qué viste?

Cronos miró hacia el quinto panel.

—Nada que sea asunto tuyo.

La mujer anotó algo.

Cronos escuchó su pensamiento.

Respuesta emocional inesperada.

El muchacho sintió rabia.

—No anotes eso.

Ella levantó la cabeza.

—Qué.

—Sabes perfectamente qué.

La mujer hizo una mueca.

—No puedes impedir que registremos resultados.

Cronos la miró. Podía implantarle la idea de borrar aquella anotación. No lo hizo.




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