El Último Poder Del Olimpo

Los hombres que querían fabricar dioses

Cronos descubrió que el Proyecto Aión ya tenía monstruos. Solo les faltaba darles poder.

Lo comprendió cuando lo sacaron de su habitación y, en lugar de conducirlo hacia las salas donde realizaban las pruebas habituales, lo llevaron por un corredor que jamás había visto. Había aprendido a memorizar cada recorrido. Contaba puertas.

Giros. Desniveles. No porque supiera cuánto tiempo transcurría, sino porque necesitaba conservar alguna forma de orientación dentro de aquella prisión sin relojes. Aquella vez descendieron. Mucho. Cronos contó tres tramos de escaleras y dos ascensores. Después atravesaron una puerta que necesitó tres identificaciones diferentes para abrirse.

—Qué tienen aquí abajo —preguntó.

Nadie respondió. El guardia de su izquierda pensó:

Los compatibles.

Cronos lo miró. El hombre comprendió demasiado tarde que había cometido el error de pensar la respuesta.

—¿Compatibles con qué?

El guardia palideció.

—Sigue caminando.

Cronos obedeció. Pero ahora escuchaba. El corredor siguiente era diferente. Las paredes ya no eran blancas. Eran negras. A ambos lados había grandes paneles de cristal. Cronos redujo el paso. Detrás del primero había un hombre sentado en una habitación vacía. Parecía normal. Hasta que Cronos escuchó su mente.

Quiero probarlo otra vez.

El niño frunció el ceño. Una imagen apareció involuntariamente. Un guardia arrojado contra una pared sin que el hombre lo hubiera tocado. Cronos se detuvo.

—Qué...

—Continúa —ordenó uno de sus acompañantes.

Pero Cronos ya estaba mirando la siguiente celda. Una mujer permanecía de pie frente al cristal. Sus ojos tenían un brillo plateado antinatural. Cronos escuchó:

Si pudiera conservarlo más de treinta segundos, podría entrar en cualquiera.

Después vio un recuerdo. La mujer atravesando parcialmente una pared. Cronos retrocedió. No era humana. O quizá sí lo había sido.

—Qué les hicieron.

Silencio. El guardia lo empujó suavemente.

—Camina.

Cronos giró con furia.

—No vuelvas a tocarme.

El hombre retiró la mano. No porque Cronos hubiera utilizado telepatía. Porque ya todos sabían lo que podía hacer si decidía dejar de contenerse. Continuaron. Una celda. Otra. Y otra más Había personas con capacidades distintas. Un hombre capaz de producir pequeñas descargas eléctricas con las manos. Una mujer cuya piel cicatrizaba con una velocidad imposible. Otro sujeto que podía alterar durante algunos segundos la percepción de quien lo miraba. Poderes incompletos. Inestables. Fragmentos..Cronos comenzó a comprender.

—No empezaron conmigo.

Nadie contestó.

—Aión existía antes de encontrarme.

La científica que encabezaba el grupo se detuvo.

—Sí.

Cronos sintió un escalofrío.

—¿De dónde sacaron esos poderes?

—De fuentes diversas.

—Eso no significa nada.

—Es todo lo que necesitas saber.

Cronos cerró los ojos. Escuchó. Las respuestas estaban alrededor.

Reliquias.

Criaturas capturadas.

Restos energéticos.

Artefactos sobrenaturales.

Entidades menores.

Cronos abrió los ojos.

—Los robaron.

La científica continuó caminando.

—Los adquirimos.

—Los robaron.

Llegaron a una sala inmensa. Cronos se quedó inmóvil. Había decenas de cápsulas. Algunas vacías. Otras ocupadas. Pantallas mostraban nombres, códigos y porcentajes. Sobre una pared aparecía una palabra:

COMPATIBILIDAD.

Cronos sintió que el estómago se le cerraba.

—No...

La científica lo observó.

—Estos son los candidatos del Proyecto Aión.

El niño miró alrededor.

—¿Candidatos para recibir mis poderes?

—Cuando consigamos reproducirlos.

Cronos apretó los puños.

—No van a conseguirlo.

—Eso está por verse.

Una puerta lateral se abrió. Entraron cuatro personas. No estaban esposadas. Eso llamó inmediatamente la atención de Cronos. Eran voluntarios. Uno de ellos, un hombre alto de cabello oscuro, miró al niño con curiosidad.

—Así que este es.

Cronos escuchó su mente. Y deseó no haberlo hecho.

Parece demasiado pequeño.

Después:

Me pregunto cuánto podría hacer si tuviera su capacidad.

Una imagen mental..Una ciudad detenida..Personas inmóviles. El hombre caminando entre ellas. Haciendo lo que quisiera..Sin consecuencias. Cronos sintió asco. Miró a la mujer situada a su lado. Peor. Ella imaginaba conversaciones políticas. Personas tomando decisiones que creían propias. Gobernantes convencidos de ideas implantadas. Elecciones modificadas sin necesidad de violencia. Cronos retrocedió.

—No.

La científica lo observaba atentamente.

—Qué ocurre.

Cronos señaló a los cuatro.

—Ellos saben.

—Por supuesto.

—Saben qué quieren hacer con mis poderes.

Nadie respondió. Uno de los candidatos sonrió.

—Utilizarlos.

Cronos lo miró.

—Para qué.

El hombre se encogió de hombros.

—Para ganar.

—¿Ganar qué?

La sonrisa se ensanchó.

—Todo.

Cronos sintió frío..Entró accidentalmente más profundamente en su mente..Encontró recuerdos. Violencia. Crueldad. No impulsiva. Calculada. Personas utilizadas como herramientas. Ausencia casi absoluta de culpa. Cronos salió inmediatamente.

—No quiero escucharte.

El hombre rio.

—Entonces sal de mi cabeza.

Cronos lo miró con repulsión.

—Créeme, no hay nada ahí que quiera conservar.

La sonrisa desapareció. Uno de los guardias tuvo que mirar hacia otro lado para ocultar una reacción divertida. Cronos no sonrió. No esta vez. Porque ya estaba escuchando a los demás. Y todos eran iguales. No en personalidad. En una cosa. La ausencia de límites.

—Los eligieron por esto —dijo.

La científica guardó silencio..Cronos la miró.




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