El Último Poder Del Olimpo

Treinta segundos de libertad

Cronos descubrió el error del campo inhibidor mientras lo torturaban.

No fue una revelación heroica. No hubo una máquina explotando ni una puerta abriéndose ante él. Fue apenas una irregularidad, un pequeño silencio dentro del zumbido que llevaba demasiado tiempo escuchando. Un intervalo. Mínimo. Pero para alguien como Cronos, un intervalo podía convertirse en una eternidad. Las pruebas habían empeorado desde que se negó a colaborar con el Proyecto Aión. Los científicos ya no fingían que buscaban su consentimiento.

Lo sometían a sesiones destinadas a agotarlo física y psicológicamente, interrumpían constantemente su descanso y alteraban los estímulos de las habitaciones para impedirle saber cuánto tiempo había transcurrido. En ocasiones provocaban deliberadamente una sobrecarga telepática; en otras, lo sometían a procedimientos dolorosos para estudiar cómo reaccionaba su poder ante el miedo.

Cronos había aprendido a soportarlo en silencio. No porque no doliera. Dolía. Pero había comprendido que sus gritos también eran datos. Y se negaba a entregarles nada voluntariamente. Aquella vez permanecía sujeto a una silla mientras varios sensores registraban sus reacciones. Tenía la cabeza inclinada y los cabellos pelirrojos le cubrían parcialmente el rostro.

—Otra vez —ordenó una voz detrás del cristal.

Cronos cerró los ojos. Llegó otra descarga de dolor. Su cuerpo se tensó. No gritó.

—Incrementen.

Otra. Cronos apretó los dientes. Y entonces lo percibió. El campo se apagó. Una fracción de segundo. Después volvió. Cronos abrió los ojos. No dijo nada. Esperó. La siguiente prueba. Dolor. El campo descendió. Una fracción. Regresó. Cronos sintió que el corazón comenzaba a latir más rápido.

Ahí estás.

El inhibidor no era constante. Pulsaba. Alternaba frecuencias para impedir que su cronoquinesis encontrara un patrón estable. Pero precisamente esa alternancia creaba una debilidad. Entre una frecuencia y la siguiente existía un espacio microscópico. Un instante durante el cual nada interfería con él. Cronos tuvo que contener una sonrisa.

—Otra vez —ordenó el director.

El muchacho levantó lentamente la cabeza.

—Sí.

Los científicos se miraron..Era la primera vez que aceptaba voluntariamente. No entendieron. Cronos sí. Necesitaba confirmar el patrón. Durante lo que él calculó que fueron varias sesiones, fingió estar cada vez más débil. No era difícil. Realmente lo estaba. Pero comenzó a contar mentalmente. No segundos. Pulsos. Uno. Dos. Tres. Interferencia. Uno. Dos. Tres. Interferencia..El patrón cambiaba cada cierto tiempo, pero siempre regresaba a un punto muerto.

Cronos empezó a esperarlo. Mientras tanto, soportaba. Pruebas físicas. Sobrecargas mentales. Falsos recuerdos diseñados para confundirlo. Amenazas sobre lo que harían si se negaba a colaborar. En una ocasión incluso le dijeron que jamás volvería a ver el cielo. Eso casi consiguió quebrarlo. Porque Cronos había empezado a asociar el cielo con Zeus. Aquella noche inventada regresó a su habitación temblando.

Se acurrucó sobre la cama. Esperó. El verde apareció. Más brillante. Cronos lo tocó. Tormenta. Cielo. Presencia.

—Papá...— Ya no se corregía. —Hoy descubrí algo.

Miró hacia la cámara situada en una esquina. Sabía que podían escucharlo, así que no dijo más. Pensó el resto.

Creo que puedo escapar.

La cinta verde brilló. Cronos sonrió.

—Pero no voy a contarte cómo. Por si eres terrible guardando secretos.

Una pequeña risa escapó de sus labios. Después desapareció.

—Hay personas aquí abajo que necesitan ayuda.

Pensó en las cápsulas. En aquella mujer.

Ayúdame.

Cronos apretó el brazo contra el pecho.

—Si consigo salir...

Cerró los ojos.

—No puedo dejarlos.

La oportunidad llegó durante un traslado. Dos guardias. Un científico. Un corredor secundario. Cronos caminaba entre ellos aparentemente agotado. En realidad estaba contando.

Uno.

Zumbido.

Dos.

Cambio de frecuencia.

Tres.

Cronos sintió la grieta. Ahora. Introdujo su poder dentro de ella. Y tiró. El mundo se detuvo. Completamente. El pie del guardia quedó suspendido antes de tocar el suelo. La bata del científico permaneció congelada en movimiento.. Una gota de agua que caía desde una tubería quedó flotando. Cronos se quedó inmóvil. Había funcionado. Miró sus manos.

—Papá... — Sonrió — Lo hice.

Entonces recordó que tenía exactamente treinta segundos antes de que el sistema reiniciara.

—Después celebro.

Corrió.

Treinta.

Pasó junto a los guardias.

Veintinueve.

Giró.

Veintiocho.

Encontró una puerta abierta. Entró. Sala de seguridad. Perfecto. Cronos corrió hacia los paneles. Todo estaba detenido. No podía utilizar los sistemas electrónicos. Pero había mapas físicos sobre una pared.

Veinticinco.

Cronos los estudió. Nivel cinco. Laboratorios. Nivel cuatro. Contención. Nivel tres. Administración. Nivel dos. Seguridad. Nivel uno.

Salida.

Los ojos celestes se iluminaron.

—Te encontré.

Memorizó el recorrido. Dos corredores. Escalera norte. Ascensor de emergencia. Puerta de servicio. Ciento cuarenta metros. Podía hacerlo.

Diecinueve.

Cronos salió. Corrió hacia la escalera.

Diecisiete.

Subió.

Quince.

Otro corredor. Y entonces escuchó algo imposible. Un sollozo. Cronos se detuvo. No debería existir ningún sonido. El tiempo estaba congelado. No lo había oído físicamente. Lo había escuchado mentalmente.




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