El Último Poder Del Olimpo

Zeus, ¿puedes oírme?

Cronos dejó de hablarle a Zeus como a un dios la noche en que ya no tuvo fuerzas para fingir que no estaba asustado.

Hasta entonces había convertido aquellas conversaciones imposibles en una especie de ritual. Esperaba hasta decidir que era de noche porque el Proyecto Aión continuaba negándole cualquier referencia temporal, se acostaba, observaba aparecer el lazo verde sobre su mano derecha y comenzaba a hablar. A veces bromeaba. Otras veces le contaba pequeñas victorias. Había noches en las que simplemente decía:

—Buenas noches, papá.

Y cerraba los ojos. Aquello le permitía imaginar que, en alguna parte, alguien existía al otro extremo del vínculo. Pero esa noche fue diferente. Esa noche Cronos llegó a su habitación temblando. Lo habían llevado nuevamente a los laboratorios inferiores. Desde que había aprendido a levantar barreras mentales, los investigadores estaban desesperados por atravesarlas.

Aquello que Cronos consideraba una victoria, Aión lo consideraba un problema. Habían intentado saturarlo con pensamientos. Habían provocado emociones ajenas a su alrededor. Habían utilizado recuerdos falsos. Después comenzaron a alternar aquellas pruebas con procedimientos físicos y largos interrogatorios destinados a agotarlo. No necesitaban herirlo gravemente.

Habían descubierto que podían hacer algo mucho peor. Impedirle descansar. Confundirlo. Hacerlo dudar. Preguntarle una y otra vez cuánto tiempo creía que llevaba encerrado.

—Tres días.

—Incorrecto.

—Cinco.

—Incorrecto.

—Una semana.

—Incorrecto.

Nunca le decían la respuesta. Tal vez ni siquiera existía una respuesta correcta. El objetivo era otro. Conseguir que el muchacho que dominaba el tiempo dejara de confiar en su propia percepción. Aquella vez Cronos había resistido durante toda la sesión. No les había permitido entrar. Una barrera. Otra. Otra más. Cada vez que los estímulos aumentaban, él levantaba una nueva pared dentro de su mente. Al terminar, la científica lo había mirado con frustración.

—No puedes mantenerlas eternamente.

Cronos, exhausto, había respondido:

—Tengo tiempo.

Ella no encontró divertida la ironía. Cronos sí. Durante aproximadamente tres segundos. Después las piernas dejaron de sostenerlo. Ahora estaba otra vez en su habitación. La puerta se cerró. Cronos permaneció apoyado contra ella. Esperó hasta escuchar los pasos alejándose. Entonces dejó de fingir. Se deslizó lentamente hasta quedar sentado en el suelo. Las manos le temblaban. Respiró. Una vez. Dos. Tres. No funcionó. Se abrazó las rodillas.

—Estoy bien.

Mentira.

—Estoy bien.

Otra mentira. Cronos apoyó la frente contra las rodillas.

—Estoy...

La voz se quebró. No pudo terminar. La luz verde apareció. Cronos levantó la cabeza. Comenzó en las puntas de sus dedos. Avanzó por la mano. Rodeó la muñeca. Subió lentamente por el antebrazo. El muchacho la contempló. Durante varios segundos no dijo nada. Después preguntó:

—¿Existes?

La luz pulsó. Cronos frunció el ceño.

—No. Eso no cuenta como respuesta.

Otro pulso.

—Puedes hacer todas las lucecitas que quieras.

Se secó una lágrima con brusquedad.

—Quiero una respuesta de verdad.

Nada. Cronos se levantó.

—Zeus.

Silencio.

—Zeus, ¿puedes oírme?

El vínculo continuó brillando.

—Porque yo puedo sentirte.

Se tocó el brazo. Inmediatamente llegaron las sensaciones conocidas. Cielo. Tormenta. Poder. Autoridad. Aquella presencia inmensa. Remota. Cronos cerró los ojos.

—Entonces tienes que existir.

Caminó de un extremo al otro de la habitación.

—Sé quién eres. Sé muchas cosas sobre los dioses.

Sonrió amargamente.

—Probablemente más de las que ustedes querrían que supiera.

Se detuvo.

—Sé de Atenea. Artemisa. Apolo. Ares.

Miró el vínculo.

—Sé de los destructores. Sé lo que soy.

La sonrisa desapareció.

—Y sé lo que significa esto.

Levantó el brazo.

—No es una marca.

El verde brilló.

—Es un vínculo.

Cronos tragó saliva.

—Y eres tú.

Nada. El muchacho apretó los dientes.

—Entonces responde.

Silencio.

—Haz algo.

Nada.

—¡Lo que sea!

La voz resonó contra las paredes. Cronos esperó. Un segundo. Dos. Cinco. No ocurrió nada. Y la tristeza se transformó en rabia.

—¡Eres Zeus!

Golpeó la pared con la palma.

—¡Se supone que puedes lanzar rayos!

Otro golpe.

—¡Se supone que eres el rey del Olimpo!

Otra vez.

—¡Se supone que todos te tienen miedo!

Cronos se volvió hacia su propio brazo.

—¡¿Y NO PUEDES ENCONTRAR A UN NIÑO?!

Silencio. La respiración de Cronos llenó la habitación. El lazo verde continuaba brillando. Eso lo enfureció todavía más.

—¡Deja de hacer eso!

Intentó frotarlo. La luz permaneció.

—¡Si no vas a venir, desaparece!

Nada.

—¡Vete!

El vínculo brilló con mayor intensidad. Cronos se quedó mirándolo.

—Te odio.

Lo dijo sin convicción. La luz no cambió. Cronos apretó los labios.

—Bueno.....No te odio.

Se dejó caer sobre la cama.

—Pero estoy muy enfadado contigo.

Durante unos segundos permaneció callado. Después comenzó a hablar. Ya no como alguien que invocaba al rey del Olimpo. Como un niño contándole a su padre un día horrible.

—Hoy volvieron a intentarlo.

Se acostó de lado.

—Querían entrar en mi cabeza.

El verde permaneció junto a su rostro.

—Pero no pudieron.

Una pequeña sonrisa apareció.

—Hice las barreras más fuertes. Deberías haberlas visto.

La sonrisa desapareció lentamente.

—Después me hicieron daño porque no quería colaborar.

No dio detalles. No quería recordarlos.

—Y dijeron que terminarán encontrando una forma.

Tocó el vínculo.

—Yo les dije que no.

Cronos guardó silencio.




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