El Último Poder Del Olimpo

El experimento de la obediencia

Cronos supo que aquella prueba sería diferente cuando vio al otro prisionero.

Hasta entonces, el Proyecto Aión había utilizado máquinas, científicos, guardias y candidatos voluntarios. Habían estudiado su cronoquinesis, provocado su telepatía y tratado de atravesar las barreras mentales que él había aprendido a levantar.

Pero aquella mañana, o lo que Aión quería que creyera que era una mañana, había alguien sentado frente a él. Era un muchacho humano de unos veinte años. Delgado, pálido y visiblemente aterrorizado. Cronos se detuvo en cuanto entró.

—No.

La científica que lo acompañaba ni siquiera había explicado la prueba.

—Todavía no sabes qué debes hacer.

—No importa.

Cronos miró al joven. No necesitaba penetrar deliberadamente en su mente para sentir el miedo que desprendía.

—No voy a hacerle nada.

La científica señaló la silla situada frente al prisionero.

—Siéntate.

Cronos no se movió.

—¿Qué quieren que haga?

—Una demostración sencilla.

—Nada de lo que ustedes llaman sencillo lo es.

El director observaba detrás de un cristal. Cronos podía sentirlo. Había aprendido a mantener sus barreras levantadas casi permanentemente, pero aquella vez abrió una pequeña grieta. Solo una. Escuchó.

Obediencia inducida.

Implantación dirigida.

Transferencia de voluntad.

Cronos cerró inmediatamente la barrera. Su rostro cambió.

—No.

La científica suspiró.

—Siéntate, Cronos.

—Quieren que entre en su cabeza.

—Sí.

—No.

Los guardias avanzaron. Cronos retrocedió.

—Puedo sentarme solo.

Los hombres se detuvieron. Cronos caminó hasta la silla y se sentó.

El otro prisionero lo observó con terror.

—No voy a lastimarte —le dijo Cronos.

La científica intervino:

—No debes hablar con el sujeto.

Cronos giró lentamente la cabeza.

—Tiene nombre.

Silencio. El muchacho respondió:

—Thomas.

Cronos sonrió apenas.

—Hola, Thomas.

—Cronos.

—Ya sé.

Aquello le arrancó al prisionero una sonrisa nerviosa. La científica perdió la paciencia.

—Comencemos.

Una pantalla se encendió. Aparecieron cuatro palabras:

QUIERO VOLVER A MI CELDA.

Cronos las leyó. Después miró a la científica.

—No entiendo.

—Implanta esa idea en Thomas.

Cronos permaneció inmóvil.

—No.

—La prueba consiste en determinar si puedes introducir un pensamiento concreto en una mente ajena.

—Ya saben que puedo.

—Queremos comprobar si puedes hacerlo siguiendo instrucciones.

Entonces Cronos comprendió. No estaban estudiando únicamente su poder. Estaban estudiando su obediencia.

—No.

—Cronos...

—He dicho que no.

La científica señaló a Thomas.

—No sufrirá ningún daño.

Cronos soltó una risa amarga.

—¿Y esperan que les crea?

—Solo debe pensar que desea regresar a su celda.

—Pero no lo desea.

Thomas bajó la mirada. Cronos lo observó.

—¿Quieres volver?

—No.

Cronos miró nuevamente a la científica.

—Entonces terminó el experimento.

—No.

—Para mí sí.

Desde la sala de observación llegó una orden. Los dispositivos se activaron. Cronos sintió inmediatamente el cambio en el ambiente. El campo inhibidor aumentó. Su cuerpo se tensó.

—No.

La científica habló con frialdad.

—Implanta la frase.

—No.

Llegó el primer estímulo doloroso. Cronos cerró los ojos. No gritó.

—Implanta la frase.

—No.

Otra vez. Cronos apretó los dientes. Thomas tiró de sus propias sujeciones.

—¡Déjenlo!

La científica ni siquiera lo miró.

—Cronos.

—No voy a...

Otra oleada interrumpió sus palabras. El niño bajó la cabeza. Sus cabellos rojos cayeron sobre su rostro. Respiró con dificultad.

—No.

Las horas se convirtieron en una cosa imposible de medir. Quizá no fueron horas. Con Aión nunca podía saberlo. Alternaron dolor físico con agotamiento mental. Lo obligaron a sostener su telepatía abierta mientras los inhibidores interferían con su concentración. Cuando sus barreras se debilitaban, lo saturaban con pensamientos ajenos. Cronos resistía. Una vez. Otra. Otra más. Cada negativa era más débil. Pero seguía siendo una negativa.

—Implanta la idea —repitió el director a través del altavoz.

Cronos levantó la cabeza.

—Hágalo usted.

—Yo no poseo tu capacidad.

—Qué lástima.

Incluso Thomas rio. Fue un sonido pequeño y nervioso. Cronos sonrió.

—¿Ves? Todavía puedo ser insoportable.

Thomas lo miró con admiración.

—Sí.

—Bien.

El director perdió la paciencia.

—Incrementen la presión.

La científica dudó. Cronos escuchó aquel pensamiento antes de que sus barreras volvieran a caer.

Es demasiado.

Pero obedeció. Cronos gritó. Thomas comenzó a forcejear.

—¡Basta! ¡Por favor!

Cronos respiraba desesperadamente. La luz verde apareció sobre su mano derecha. Subió por su muñeca. El muchacho la miró.

Papá.

La palabra surgió inmediatamente.

Papá, ayúdame.

Nada. Solo el verde.

Por favor.

El vínculo brilló. Zeus todavía no podía escucharlo. Cronos cerró los ojos.

Encuéntrame.

—Última oportunidad —dijo el director— Implanta la idea.

Cronos miró a Thomas. El joven estaba llorando. No por sí mismo. Por él. Eso fue lo que decidió todo. Cronos comprendió que no podría resistir mucho más. Aión terminaría quebrando su concentración. Entonces tendría que elegir. Permitir que utilizaran su poder, o utilizarlo de una manera que ellos no esperaran. Respiró profundamente.

—Está bien.

La sala quedó en silencio. La científica lo miró sorprendida.

—¿Qué has dicho?




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