Cronos ya odiaba ese sonido. Le recordaba que allí dentro el tiempo no le pertenecía del todo.
—Hoy no vamos a trabajar con telepatía —anunció la científica principal.
Cronos la miró con desconfianza.
—Eso nunca significa nada bueno.
La mujer ignoró el comentario.
—Queremos medir tu respuesta ante una alteración temporal sostenida.
Cronos frunció el ceño.
—¿Sostenida cuánto?
—Lo suficiente.
—Qué tranquilizador.
No sonrió. Lo colocaron en el centro de la sala. No estaba sujeto. Eso lo preocupó más. Cuando Aión quería estudiar su cuerpo, lo inmovilizaba. Cuando quería estudiar su poder, necesitaba que pudiera usarlo. Alrededor había objetos colocados deliberadamente: una lámpara de pie, una puerta automática, un vaso de vidrio, un péndulo y varias pantallas.
Demasiadas referencias temporales. Cronos comprendió enseguida. Querían observar cómo reaccionaba cada objeto cuando él alterara el flujo del tiempo.
—No pienso hacerlo.
El director habló desde el otro lado del cristal.
—Sí lo harás.
Cronos levantó la mirada.
—Ya tuvimos esta conversación.
—Entonces sabes cómo termina.
Comenzaron con presión psicológica. Preguntas repetitivas. Órdenes contradictorias. Luces que cambiaban de intensidad. Sonidos diseñados para romper su concentración. Después activaron el campo de una forma irregular. Cronos sintió su poder empujado, comprimido, obligado a buscar una salida.
—Detengan esto.
Nadie respondió.
—Lo digo en serio.
El zumbido aumentó. Cronos respiró más rápido.
—No quiero utilizarlo así.
La científica observó los monitores.
—Actividad temporal en aumento.
El director respondió:
—Continúen.
Cronos cerró los ojos.
—No.
El primer error fue casi imperceptible. La lámpara tembló. Cronos abrió los ojos. La lámpara cayó. Se rompió contra el suelo. Luego volvió a subir. Cronos se quedó inmóvil. La lámpara regresó a su posición. Después cayó otra vez. Se rompió. Volvió a subir. Cayó. Se rompió. Subió. Cronos palideció.
—No.
La puerta automática se abrió. Se cerró. Se abrió. Se cerró. Se abrió. Se cerró. Siempre igual. Exactamente igual. Cada tres segundos. Un científico dejó caer una carpeta. La carpeta tocó el suelo. Volvió a su mano. Cayó otra vez. Cronos empezó a retroceder.
—Apaguen el campo.
Nadie respondió.
—¡APÁGUENLO!
La voz del director llegó por los altavoces.
—Cronos, estabilízalo.
—¡NO SÉ QUÉ ESTÁ PASANDO!
Entonces las voces comenzaron a repetirse.
—Actividad temporal en aumento.
Tres segundos.
—Actividad temporal en aumento.
Tres segundos.
—Actividad temporal en aumento.
La científica no comprendía que ya había dicho aquella frase. Cada vez que llegaba al final del ciclo, regresaba al inicio. El director repetía la misma orden.
—Continúen.
Tres segundos.
—Continúen.
Tres segundos.
—Continúen.
Cronos giró lentamente sobre sí mismo. El laboratorio entero había quedado atrapado. No era una detención temporal. Era peor. Era una herida. Tres segundos. Una lámpara caía. Tres segundos. Una puerta se abría. Tres segundos. Una carpeta golpeaba el suelo. Tres segundos. Una voz ordenaba continuar. Y después todo regresaba. Una y otra vez. Cronos comenzó a temblar.
—Yo hice esto.
Nadie podía responderle.
—Yo hice esto.
La lámpara cayó. Se rompió. Volvió. Cronos se llevó las manos a la cabeza.
—Para.
Nada.
—Para.
Nada.
—¡PARA!
El ciclo continuó. La organización había querido observar una alteración temporal sostenida. Lo había conseguido. Solo que nadie había previsto que Cronos pudiera encerrar una habitación completa dentro de un fragmento de tiempo y mantenerla allí sin intención consciente. El peor descubrimiento era que él mismo tampoco lo sabía. Cronos intentó imponer una detención total. No funcionó. El bucle lo absorbió. Intentó avanzar el tiempo. Regresó. Intentó retrocederlo. Regresó. Tres segundos. Siempre tres segundos.
—No puedo...
La voz se quebró.
—No puedo sacarnos.
Por primera vez desde que había sido capturado, Cronos tuvo miedo de sí mismo. No de Aión. No de los científicos. De sí mismo. La lámpara cayó otra vez. Cronos la miró. Pensó en Thomas. En los prisioneros. En los guardias que quizá ni siquiera sabían en qué estaban trabajando. En los científicos que comenzaban a cuestionar al director. Si aquello se expandía., si el ciclo atravesaba las paredes, si alcanzaba Londres, Cronos cerró los ojos.
—No.
No permitiría eso. Levantó sus barreras mentales. Una. Dos. Tres. El ruido desapareció. Las voces. Los pensamientos. El miedo ajeno. Todo afuera. Solo quedó él. Y el tiempo. Cronos respiró lentamente. Dejó de intentar dominar el ciclo. En vez de empujarlo, lo escuchó. Cada tres segundos existía un punto de ruptura. Una costura. Un lugar exacto donde el tiempo se doblaba y volvía sobre sí mismo. Cronos lo sintió. Ahí. Justo antes de que la lámpara tocara el suelo. Abrió los ojos.
—Te encontré.
La lámpara cayó. Cronos extendió la mano. Y sostuvo el instante. No el laboratorio. No las personas. El pliegue. Aquel diminuto punto donde el tiempo se rompía. El esfuerzo hizo que las piernas le temblaran.
—Vamos...
El ciclo intentó cerrarse. Cronos tiró.
—No.
Otra vez.
—No.
El lazo verde apareció. La luz recorrió su brazo. Cronos apretó los dientes.
—¡NO!
El bucle se quebró. La lámpara cayó. Se rompió. Y permaneció rota. La puerta se abrió. Se quedó abierta. La carpeta golpeó el suelo..No regresó. El mundo continuó. Silencio..Un silencio diferente. No artificial. No impuesto. El silencio de personas que acababan de comprender que habían estado atrapadas sin saberlo. La científica miró alrededor.