Cronos comprendió demasiado tarde que aquella vez no querían estudiar lo que podía hacer.
Querían estudiar cuánto tiempo tardaba en quebrarse cuando no tenía nada que medir. Al principio intentó contar. Era lo lógico. Contó respiraciones. Después latidos. Después pasos entre una pared y otra. Cien pasos. Descanso. Otros cien. Cuando creyó que había transcurrido aproximadamente una hora, dejó una pequeña marca debajo de la cama. Después otra. Y otra. Pero pronto descubrió el problema. Dormía. O creía dormir.
A veces cerraba los ojos y despertaba convencido de que habían pasado diez minutos. Otras veces sentía que habían transcurrido horas. No podía comprobarlo. Le daban comida sin horarios constantes. En ocasiones entraba una bandeja poco después de la anterior. Otras tardaba tanto que Cronos comenzaba a preguntarse si se habían olvidado de él. Después comprendió que probablemente era deliberado. Querían destruir cualquier patrón. Y funcionaba.
—Un día —murmuró.
Estaba sentado en la cama. Miró las marcas.
—Tal vez dos.
Silencio.
—O cuatro.
Se pasó una mano por el cabello.
—Esto es ridículo.
Era Cronos. Podía sentir las corrientes temporales de una ciudad. Podía ralentizar segundos. Había encerrado un laboratorio entero en un ciclo temporal. Y no sabía si llevaba allí una tarde o una semana. La ironía era demasiado cruel. Intentó sentir el tiempo exterior. El campo se lo impedía. Buscó movimientos mínimos. Vibraciones. Cambios de temperatura. Nada. Aquella habitación había sido diseñada precisamente para eso. No amanecía. No anochecía. No cambiaba. La luz permanecía igual. Siempre. Cronos empezó a odiarla. Entonces apareció el lazo verde. La primera vez lo recibió con alivio.
—Hola.
Silencio.
Cronos sonrió débilmente.
—Sí, ya sé. Conversador como siempre.
Tocó el vínculo. Cielo. Tormenta. Presencia. Zeus. Aquello seguía existiendo. Cronos cerró los ojos.
—Bueno.
Se acomodó contra la pared.
—Creo que voy a hablar contigo un rato.
No sabía cuánto era un rato. Pero tampoco importaba.
—Cuando vengas a buscarme...
Se detuvo. La frase ya le dolía. Antes decía cuando con absoluta seguridad. Ahora le costaba.
—Cuando vengas...
Insistió.
—Vamos a desayunar.
Sonrió.
—Eso parece una cosa bastante normal. Supongo que los dioses desayunan.
Miró la luz.
—No me digas que ustedes viven de ambrosía porque me voy a enfadar.
La cinta verde pulsó. Cronos soltó una pequeña risa.
—Quiero pan. Y fruta. Y algo dulce. Mucho dulce.
Cerró los ojos. Construyó la escena. Una mesa. Luz entrando por una ventana. Zeus sentado enfrente. No sabía cómo era realmente en su vida cotidiana. Así que lo imaginaba de diferentes maneras. A veces serio. A veces insoportablemente solemne. A veces con el cabello desordenado, todavía medio dormido. Esa versión le gustaba más.
—Y yo voy a preguntarte por qué tardaste tanto. Y tú vas a inventar una excusa terrible.
Cronos sonrió.
—Algo como: “Soy el rey del Olimpo. Tenía asuntos importantes”.
Imitó una voz grave. Después rio. La risa terminó demasiado pronto.
—Y yo voy a decirte que encontrarme era importante.
Silencio. La sonrisa desapareció.
—¿Verdad?
Nadie respondió. Cronos miró el lazo.
—Sí.
Lo dijo por él.
—Era importante.
Quizá pasó otro día. O varios. Cronos ya no marcaba la pared. Había empezado a temer las marcas. Si contaba demasiadas significaría que llevaba demasiado tiempo allí. Si contaba pocas significaría que su percepción estaba fallando. Así que dejó de hacerlo. Se limitó a hablar.
—Después del desayuno podemos salir.
Estaba tumbado boca arriba.
—A un bosque.
Pensó en los bosques que había visto durante su larga existencia. Algunos ya no existían. Otros habían cambiado tanto que apenas los reconocería.
—Uno grande. Con árboles de verdad. No jardines perfectos.
Frunció el ceño.
—Los jardines perfectos son sospechosos.
Sonrió.
—Quiero árboles torcidos.
Se volvió de lado.
—Y barro. Y viento. Mucho viento.
El lazo verde brilló. Cronos cerró los ojos.
—Tú deberías tener buenos vientos.
Imaginó caminar junto a Zeus. No delante. No detrás. Al lado. Aquella parte era importante.
—No quiero guardias.
Le habló muy seriamente al vínculo.
—Ni científicos. Ni gente siguiéndome. Solo nosotros.
Se quedó pensando.
—Bueno, quizá podemos llevar comida.
Sonrió.
—Eso sí.
La fantasía se volvió más concreta. Cronos recogiendo hojas. Zeus quejándose de que ensuciaba el castillo. Cronos escondiéndole algo utilizando telepatía. Zeus fingiendo estar enfadado. Cronos deteniendo el tiempo durante cinco segundos solo para caminar alrededor del dios y cambiarle alguna cosa de sitio. Se rio. Después se tapó la boca. Había olvidado durante unos instantes dónde estaba. Cuando miró las paredes otra vez, la risa murió.
—Papá.
La palabra salió bajísima. Tocó el vínculo.
—No sé cuánto tiempo llevo aquí.
Respiró lentamente.
—Hoy pensé que quizá habían pasado semanas. Después pensé que era imposible. Después recordé que soy inmortal.
Se encogió.
—Y que para mí una semana debería ser nada.
Silencio.
—Pero no se siente como nada.
Durmió. Despertó. O creyó despertar. La luz seguía igual. Cronos empezó a hablar antes incluso de incorporarse.
—Mi habitación.
Se frotó los ojos.
—Cuando llegue a tu castillo quiero elegir mi habitación. Eso es importante.
Se sentó.