Cronos supo que habían llegado al final cuando dejaron de hacer preguntas.
Hasta entonces, el Proyecto Aión siempre había querido algo de él: una respuesta, una reacción, una demostración, un límite. Incluso la crueldad de los experimentos tenía un propósito reconocible. Aquella vez no. Lo despertaron sin explicaciones. Lo vistieron con una túnica médica. Le colocaron sensores en el pecho, los brazos y las sienes. Le inmovilizaron las manos. Y lo llevaron a una sala que nunca había visto.
Era enorme. Circular. Demasiado limpia. En el centro había una plataforma rodeada por estructuras metálicas, cables, anillos de energía y monitores que mostraban patrones temporales que Cronos reconoció de inmediato. Eran los suyos. Se quedó inmóvil.
—¿Qué es esto?
Nadie respondió. Cronos miró los datos. Fragmentos de actividad telepática. Curvas de distorsión temporal. Registros del bucle de tres segundos. Variaciones obtenidas durante sus intentos de fuga. Todo. Habían construido aquella máquina utilizando cada cosa que él les había enseñado involuntariamente.
—No.
La científica principal evitó mirarlo. Cronos sintió un escalofrío.
—No.
El director apareció al otro lado de la sala.
—Ha llegado el momento.
Cronos lo miró.
—¿De qué?
El hombre sostuvo su mirada.
—De obtener una copia.
El miedo fue inmediato. No necesitó escuchar pensamientos. Lo entendió.
—No pueden.
—Todavía no lo sabemos.
—No pueden copiarme.
—No queremos copiarte a ti.
Cronos palideció. El director continuó:
—Solo la estructura que sostiene tus capacidades.
—Eso soy yo.
—No.
—¡Eso soy yo!
Su voz resonó por toda la sala.
—¡Mi poder no está separado de mí!
El director no respondió. Cronos respiró con dificultad.
—¿Ya eligieron a quién se lo darán?
Silencio. Eso bastó. Había candidatos esperando. Lo supo. Tal vez en otra sala. Tal vez observando. Personas sin culpa. Sin límites. Con mentes que él ya había escuchado. Cronos sintió náuseas.
—No van a hacerlo.
—Comienza el procedimiento.
La científica dudó.
—Director...
—Ahora.
Cronos la miró.
—No lo haga.
Por un segundo ella pareció humana. Solo por uno. Después bajó la mirada hacia el panel. Y obedeció. El campo se activó. Cronos gritó. No por dolor inmediato, sino porque sintió algo mucho peor. Una presión dentro de sí. Como si cientos de hilos invisibles intentaran encontrar el lugar exacto donde comenzaba su poder. La cronoquinesis reaccionó. Débilmente. Cronos intentó detener el tiempo. Nada. Otra vez. Nada.
—Vamos...
Concentró toda su voluntad. Un monitor parpadeó durante menos de un segundo. Eso fue todo. Cronos abrió los ojos. Estaba exhausto. Demasiado. La habitación sin amaneceres había hecho su trabajo. Las pruebas. El aislamiento. La falta de descanso. La tortura. Todo había sido preparación. Aión no había querido quebrarlo únicamente para castigarlo. Había querido vaciarlo.
—Respuesta temporal reducida al doce por ciento —informó una voz.
El director asintió.
—Perfecto.
Cronos levantó la cabeza.
—Perfecto...
La palabra salió como un susurro. Ahora entendía. Necesitaban que estuviera débil. Si conservaba suficiente poder, podía destruir el procedimiento. Así que lo habían llevado hasta el límite antes de intentarlo.
—Cobardes.
Nadie respondió. La máquina aumentó su intensidad. Cronos apretó los dientes. Sintió la telepatía abrirse contra su voluntad. Miles de pensamientos rozaron sus barreras. Sus defensas mentales resistieron. Una capa. Otra. Y otra más. Los científicos intentaban medirlas también. Cronos sintió rabia.
—No.
Otra presión.
—No.
El director observaba los monitores.
—Está bloqueando el acceso.
—Incrementen.
Cronos cerró los ojos.
—¡NO!
Sus barreras crujieron. No se rompieron. Cronos las sostuvo. Había aprendido demasiado bien. Eso era suyo. Aión podía agotar su cuerpo. Podía interferir con el tiempo. Pero no iba a entrar en su mente. No iba a entregarles ese último territorio. La científica miró las lecturas.
—No podemos acceder al núcleo telepático.
El director respondió con frialdad:
—Entonces extraigan el patrón temporal primero.
Cronos abrió los ojos.
—No.
El segundo sistema se activó. La sensación fue distinta. Más profunda. Cronos sintió el tiempo a su alrededor retorcerse. Sus propios patrones eran devueltos hacia él. Como un espejo. Como si la máquina tratara de enseñarle al universo a imitarlo.
—Deténganlo.
Nadie lo hizo.
—¡DETÉNGANLO!
Los monitores comenzaron a llenarse de datos.
—Sincronización al veintitrés por ciento.
Cronos forcejeó.
—No.
—Treinta.
—¡NO!
—Treinta y ocho.
El pánico creció. No por sí mismo..Por lo que vendría después. Imaginó a uno de los candidatos con su poder. Deteniendo una multitud. Entrando en una mente. Repitiendo un instante..Obligando. Borrando. Modificando. Cronos sintió terror.
—No pueden tenerlo.
La voz se quebró.
—No pueden.
El director lo observó.
—Eso ya no depende de ti.
Aquella frase hizo algo..Algo pequeño. Algo profundo. Cronos dejó de luchar contra las correas. No porque se rindiera. Porque comprendió que no podía detenerlos con fuerza. No aquella vez. Miró su mano derecha. El lazo verde había aparecido. Pero ya no era una línea tenue. Ardía. Desde los dedos. La palma. La muñeca. El antebrazo. El codo. Hasta el hombro. Cronos contuvo el aliento. Nunca había llegado tan lejos.
—Papá...
Nadie prestó atención. Los científicos estaban mirando los datos.
—Cuarenta y seis por ciento.
Cronos tocó la luz como pudo. No sabía si aquello ayudaría. No sabía si Zeus existía realmente al otro lado de ese camino. No sabía si alguna de las historias imaginadas en la habitación sin amaneceres llegaría a ocurrir. Desayunar. Caminar por un bosque. Tener una ventana. Una habitación. Un hogar. Nada. Quizá nada de eso existiría jamás.