No había escuchado ningún ruido todavía, pero lo sabía con esa certeza antigua que precedía a las tormentas. El aire de su castillo parecía haberse cargado de electricidad. Las ventanas vibraban suavemente. Las cortinas se agitaban aunque estaban cerradas. Entonces llegó el trueno. El castillo entero tembló. Zeus se incorporó.
—¿Qué demonios...?
Otro trueno sacudió el Olimpo. Se levantó de la cama y caminó hacia la ventana. Parecía un joven de apenas veinticinco años. Su piel blanca contrastaba con los largos cabellos negros que caían desordenadamente hasta sus hombros. Vestía pantalones negros, una camiseta oscura y una chaqueta negra con detalles verdes; nada en su aspecto recordaba a las antiguas representaciones del soberano olímpico.
Excepto sus ojos. Verdes. Intensos. Antiguos. Zeus abrió la ventana. El cielo estaba completamente cubierto.
—Yo no hice esto.
Y eso era imposible. La luz apareció sobre su mano derecha. Zeus la vio. Roja. Una línea luminosa atravesó uno de sus dedos. Después otro. Recorrió la palma.
—¿Qué...?
Ascendió por la muñeca. Zeus retrocedió. La cinta continuó subiendo por su antebrazo. Roja como una brasa. Viva.
—No.
Conocía aquello. Había visto vínculos similares demasiadas veces..Artemisa. Apolo. Atenea. Ares. Sus destructores. Pero él no tenía ninguno. Zeus levantó la mano.
—¿Quién eres?
La cinta respondió con una pulsación. Y Zeus cometió el error, o quizá el acto más importante de su existencia de tocarla. El mundo desapareció. Lluvia. Una calle de Londres. Un niño corriendo. Cabellos rojos. Un abrigorojo. Hombres detrás. Miedo. Después blanco. Paredes. Una habitación sin ventanas.
No hay relojes.
Una voz.
Proyecto Aión.
Un laboratorio. Correas. Máquinas. Pensamientos. Demasiados pensamientos.
No entren en mi cabeza.
Zeus retiró la mano.
—¿Qué...?
Pero el vínculo no lo soltó. Otro fragmento. Una lámpara cayendo. Rompiéndose. Volviendo a subir..Cayendo. Rompiéndose. Volviendo. Tres segundos..Tres segundos. Tres segundos. Una puerta abriéndose infinitamente. Voces repitiéndose..Un niño aterrorizado mirando sus propias manos.
Yo hice esto.
Zeus dejó de respirar..Otro fragmento. Oscuridad que no era oscuridad. Una habitación iluminada eternamente. Una voz infantil hablando sola.
Cuando vengas podemos desayunar.
Zeus abrió los ojos con violencia.
—¿Quién eres?
La respuesta llegó..No como nombre. Como soledad. Una soledad tan profunda que Zeus tuvo que apoyarse contra la pared. Después miedo. Dolor. Esperanza. Y finalmente., una palabra.
Papá.
Zeus quedó inmóvil. Completamente inmóvil. El rey del Olimpo había sobrevivido guerras, traiciones, rebeliones, pérdidas y siglos enteros de conflictos. Nada lo preparó para aquello.
Papá.
No era una palabra dirigida al vacío. Era para él..Zeus miró la cinta roja que recorría su brazo.
—Me está llamando a mí.
La puerta se abrió violentamente..Atenea entró.
—Padre.
Zeus ni siquiera protestó porque hubiera entrado sin permiso. Atenea se detuvo al ver su brazo. Su expresión cambió.
—Eso es...
—Un vínculo.
Ella se acercó.
—Rojo.
Zeus levantó la mirada.
—Hay un niño.
Atenea guardó silencio.
—Lo vi.
Zeus parecía incapaz de ordenar las imágenes.
—Londres. Una instalación. Lo tienen encerrado.— Respiró —Están experimentando con él.
Los ojos de Atenea se endurecieron.
—¿Un destructor?
—No lo sé.
—Si existe un vínculo...
—Me llamó papá.
Aquello hizo callar a Atenea. Zeus volvió a mirar su brazo.
—No me conoce.
Su voz era extrañamente baja.
—Nunca me ha visto. Y me llamó papá.
Atenea extendió la mano sin tocar el vínculo. Observó su estructura. La energía..La manera en que respondía a Zeus.
—Padre...
Zeus la miró.
—Hay otro.
—¿Otro qué?
Atenea sostuvo su mirada.
—Destructor. Calíope, Lyra, Thalia, Dámetor y Kael.
Atenea miró la cinta roja.
—Cinco.
Después negó lentamente.
—Nos equivocamos.
Zeus comprendió.
—Seis.
—Hay seis destructores.
La tormenta rugió. Atenea añadió:
—Y el sexto te ha elegido a ti.
Zeus tocó nuevamente la cinta. Esta vez soportó las imágenes..Una palabra apareció entre ellas.
Aión.
Después:
Londres.
Una estructura subterránea. Cronos había intentado mostrarle dónde estaba. Una y otra vez. Zeus comprendió algo más.
—Lleva tiempo llamándome.
Atenea no respondió.
—Mucho tiempo.
La culpa apareció demasiado rápido.
—Y yo no lo escuché.
—No podías.
Zeus apretó la mandíbula.
—Eso no cambia que él estuviera solo.
El trueno hizo vibrar las ventanas. Zeus se volvió. Ya no había confusión en su rostro. Solo furia.
—¿Adónde vas?
—A buscar a mi destructor.
Atenea lo miró..Zeus dio dos pasos. Entonces se detuvo. Recordó la palabra.
Papá.
Su expresión cambió apenas.
—Voy a buscar al niño.
Y desapareció. Londres no vio llegar a Zeus. Vio llegar una tormenta. Las nubes cubrieron el cielo en segundos. El viento atravesó las calles. Los relámpagos iluminaron edificios. En las profundidades del Proyecto Aión, las alarmas comenzaron a sonar.
—¡Sobrecarga atmosférica!
—¡¿Origen?!
—¡Desconocido!
El director levantó la cabeza.
—Trasladen los sujetos.
—¿Ahora?
—¡AHORA!
Las luces parpadearon. Una voz gritó desde otro sector: