El último recital

El dueño

          El señor Peter era el dueño de la compañía "Corpus", pionera en el tema de seguros, principalmente automotor, aunque también se habían extendido a la rama de seguros de personas y a todo aquello que pudiera asegurarse. Su padre empezó trabajando en una pequeña oficina en la zona céntrica de ciudad Pozos. Allí empezó con una máquina de escribir a la que le faltaban algunas teclas y salía él mismo a repartir volantes haciendo publicidad. Corpus empezó tímidamente para extenderse con el tiempo como una araña gigantesca y abarcar todas las áreas posibles. 

           Este estricto hombre de casi 70 años se crió bajo la sombra de su padre, quien le inculcó de siempre que su único fin en esta vida era hacerse cargo de la compañía que tantas jornadas interminables había costado para convertirla en lo que era. Como él lo hiciera, debía ser un ejemplo ante los demás, casarse con una sola mujer y criar a sus hijos bajo la vara de la disciplina para que cada cual cumpliera con el destino asignado. Nunca se permitió liviandades. Fue su mismo padre quien le presentó a Mary, hija de uno de los socios mayoritarios de la empresa y determinó que con ella debía casarse para así poder tomar las riendas de la misma. Era un requisito fundamental que debía ser transmitido a todas las generaciones de West que continuaran y esto estaba escrito con letras doradas en el documento constitutivo de la compañía.
          El único problema del señor Peter y que con todo el dinero que poseía no podía solucionar era que sólo tenía un hijo varón. Y a éste le importaba un rábano la compañía y todo lo que a ella se refería. Intentó enviarlo a las mejores escuelas y a la universidad para que continuara la tradición familiar, pero a él solo le importaba su roñosa guitarra y andar en los antros ganando unos miserables pesos a cambio de que escucharan sus canciones. Junto a su esposa Mary, educó a sus tres hijas para que fueran grandes amas de casa y pudieran casarse con los hombres adecuados. Al menos con ellas parecía que se habían cumplido las metas, pero con Danny era diferente. 
          Una noche esperó hasta la madrugada hasta que volvió de sus "giras" nocturnas por boliches de mala muerte. Hedía a humo de cigarrillo y perfume barato de alguna mujer. Lo recibió con una mirada glacial y le dijo que al día siguiente debía viajar a la capital porque lo había inscripto en la Universidad de la Colonia para retomar sus estudios, que no iba a pasar un día más en su casa si no lo obedecía. Danny lo miró estupefacto. A sus dieciocho años solo quería retozar con las chicas que lo buscaban y estar con sus amigos..ah, y obviamente, hacer lo que más le gustaba: cantar.
-No voy a estudiar, papá. Estoy bien así. En todo caso, si quieres que estudie algo, envíame a la Escuela de Artes y te prometo que traeré un título.
          El señor Peter se enfureció tanto por el descaro de su hijo que le plantó una bofetada bien sonora en el rostro, enviándolo a sentarse en el sofá más cercano.
—Nunca voy a perdonarte! Me iré y jamás volveré! —gritó con los ojos llamenates —Olvídate que soy tu hijo!!! Y salió de la mansión solo con lo puesto y su guitarra roja en la mano.

Y YA HABÍAN PASADO 12 AÑOS!!!
 




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