El último retoque del asesino

Capítulo 3

Paco llegó al tanatorio de San Bernardo con la misma ilusión con la que uno va al dentista. Cuando salió de la comisaría estaba convencido de que esa chica podía haber visto algo raro en el cadáver del mafioso, pero conforme se iba acercando, iba perdiendo fuelle. Y es que si él, que ya era perro viejo, se había imaginado lo peor cuando escuchó que el muerto era Antonio Ortega, esa joven impresionable seguro que se había montado toda una película. Nada más abrir la puerta, el olor a flores mustias le golpeó como una maza. No había aroma que le desagradara más. Cuando su mujer desapareció, a todo el mundo le dio por regalarle flores, como si eso fuera a consolarle de algún modo. Con el paso de los días, los ramos fueron pudriéndose en sus jarrones y él no se veía capaz de tirarlas. Como si al hacerlo se hubiese terminado de dar por vencido. Al final fue su vecina Carmen y su marido Carlos, que todavía vivía, quienes entraron como un huracán, las tiraron, ventilaron la casa y le obligaron a ducharse y salir a la calle. Después de eso, no había vuelto a oler una flor si podía evitarlo.

El vestíbulo estaba en el respetuoso silencio que caracteriza a los lugares rodeados de muerte. Tras el mostrador, una mujer mayor revisaba unos papeles con unas gafas de montura dorada apoyadas precariamente en la punta de la nariz. Tenía el pelo gris recogido en un moño prieto y una expresión de aburrimiento perpetuo, como si llevara veinte años esperando a que algo interesante ocurriera allí dentro.

—Buenos días —dijo Paco, tras aclararse la garganta—. Busco a la responsable de todo esto. O al responsable, lo que sea.

La mujer levantó la vista despacio, lo midió de arriba abajo y frunció el ceño.

—Aquí todos somos responsables de algo, caballero. Depende de qué problema traiga usted.

Paco la miró con gesto cansado. Estaba claro que si una nace graciosilla, muere graciosilla. Porque esa mujer tenía que tener más años que Matusalén y una retranca de las que exasperan.

—Venga, que le ayudo un poco—le animó Luisa— ¿Viene por un muerto o por un vivo?

—Por las dos cosas, me temo—contestó Paco, que a indeterminado no le ganaba nadie.

Luisa dejó el bolígrafo sobre el mostrador, se quitó las gafas, que dejó colgando de su cuello con una cadenita dorada y le miró con los ojos entornados.

—Vengo a ver a la tanto.. a la tanoto… a la que maquilla a los fiambres—contestó él, que había perdido toda intención de vacilar a la mujer después de su mirada asesina.

—¿Amelia?—dijo ella abriendo mucho los ojos— Pues me temo que está ocupada con un cadáver sumamente importante.

—Algo he oído—musitó Paco en voz baja, con la intención de que Luisa no le oyera.

Pero Luisa era mucha Luisa…

—¿Qué ha dicho usted, caballero?—inquirió frunciendo los labios.

Pero antes de que a Paco se le ocurriese una buena respuesta, se abrió una puerta lateral y apareció Amelia. Llevaba la bata desabrochada, el pelo recogido de cualquier manera y una expresión cansada pero alerta. Al ver a Paco, le miró con suspicacia.

—Amelia, este señor te busca—dijo Luisa sin apartar la vista de Paco.

—Ah, sí, claro Luisa. Es… mi padre—contestó ella.

Luisa dirigió su mirada a Amelia como un halcón.

—¿Tu padre? Pero si tu padre estaba muerto.

Amelia se maldijo para sí misma. Nunca había sido una buena mentirosa y mucho menos cuando no tenía tiempo de prepararse. Pero si le contaba a Luisa sus sospechas, la tendría encima todo el rato. Se aburría tantísimo en la recepción que estaba ávida de cotilleos. Así que trató de improvisar.

—Sí, bueno, es mi tío, el hermano de mi padre. Pero desde que murió mi padre ha sido como un padre para mí, así que digo que es mi padre aunque en realidad no es mi padre, porque claro, mi padre está muerto...—contestó Amelia sin saber si estaba saliendo del embrollo o hundiéndose cada vez más.

Paco, que estaba siguiendo la conversación entre las dos mujeres como si de un partido de tenis se tratase, decidió que ya era hora de salvar a esa pobre niña e intervino.

—Paco, encantado—le dijo a Luisa tendiéndole la mano con una sonrisa.

—Paco… ¿qué?—preguntó ella suspicaz.

El viejo policía, que tampoco era un gran mentiroso, ya había abierto la boca para decir su propio apellido cuando Amelia le interrumpió nerviosa.

—Pues cómo va a ser, Luisa. Ríos, Paco Ríos. Como yo, Ríos. Si era el hermano de mi padre y yo llevo el apellido de mi padre, pues se apellidará como yo, vamos digo yo.

Luisa la miró, pero pareció decidir que les iba a dejar en paz, porque puso los ojos en blanco, se puso las gafas de nuevo y volvió a coger los papeles con los que estaba antes.

—Anda, largaros antes de que me arrepienta—dijo.

Amelia no necesitaba escuchar nada más. Cogió a Paco por el brazo y tiró de él hacia la puerta por la que había salido ella antes. Lo condujo por un pasillo sin darle tiempo a abrir la boca y no se detuvo hasta que estuvieron frente a la puerta metálica de la sala. Abrió la puerta y le hizo un ademán a Paco para que entrase. Una vez dentro, se encontraron con el cadáver pálido y frío de Antonio Ortega.

—Soy Amelia, por cierto—dijo ella sonriéndole a medias—. Perdone lo de antes. Luisa es como un perro de presa para los cotilleos y aunque la quiero con toda mi alma, ahora mismo prefiero un poco de discreción.

—No, si yo estoy contento de conocer a mi sobrina—contestó Paco, socarrón—. Venga, a ver, cuéntame qué le pasa a este cabronazo.

Amelia le miró sorprendida.

—A ver, era un cabronazo en vida, no voy a cambiar ahora de opinión porque haya muerto— contestó él encogiéndose de hombros—. Oye, que eso no quita para que vaya a investigar su muerte si es que tiene algo de sospechoso.

—No, si me parece bien—dijo ella—. Es sólo que los policías suelen ser más… correctos.

—Hipócritas.

—Eso también.

—Venga, a ver, cuéntame—le apremió Paco.



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Editado: 06.02.2026

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