La comisaría en la que trabajaba Paco no era uno de esos edificios modernos que salen en las series de televisión. Era un bajo de un edificio de oficinas gris, lleno de humedades, moho en las paredes y con un sistema de ventilación que envidiaba al de las alcantarillas. Los implacables fluorescentes que colgaban del techo aumentaban las dioptrías de los agentes que se encontraban allí y el olor a café quemado mataba cualquier pituitaria. Con ese ambiente laboral no era de extrañar que las ganas de trabajar brillaran por su ausencia.
Paco atravesó el umbral con Amelia a su lado y no fueron pocos los compañeros que salieron de su sopor para echar un vistazo. Pero su interés se apagaba con la misma velocidad que aparecía.
—No es muy emocionante tu trabajo,¿no?—preguntó ella.
—¿Emoción? Hay más emoción en tu sala de autopsias—se rió Paco, socarrón.
—Yo no hago autopsias.
—Pero tus clientes tienen la misma marcha.
—En eso tienes razón—concluyó Amelia.
El despacho del comisario estaba al fondo, así que la extraña pareja tuvo que sortear varias mesas destartaladas que sostenían ordenadores del Pleistoceno para llegar hasta allí. Paco llamó una vez y entró sin esperar respuesta, algo que siempre irritaba a su jefe. Paco lo sabía, y por eso buscaba cualquier excusa para hacerlo. Detrás de la mesa estaba Javier Montero, el susodicho comisario. Un policía bastante más joven que él, con la camisa blanca perfectamente planchada, un traje impoluto y la raya del pelo marcada con escuadra y cartabón. Estaba claro que ese muchacho no se había pateado las calles en su vida, pero los despachos los conocía bien.
—Salcedo —dijo sin levantar la mirada de los papeles que estaba ojeando—. ¿Qué tal?
Ambos tomaron asiento en sendas sillas que había frente a la mesa y guardaron silencio. Al fin levantó la vista para echar un vistazo a Amelia, evaluándola durante una fracción de segundo.
—¿Y ella es...?
—Amelia Ríos —respondió Paco—. Tanatopractora del tanatorio de San Bernardo.
—¿Eso qué es y en qué puede interesarme a mí?—preguntó con aire hastiado volviendo su vista a los documentos que ojeaba antes.
—Maquillo muertos—intervino ella.
—Que… interesante—añadió el comisario con expresión de asco, pero sin mirarla—¿Y qué puedo hacer por usted, señorita Ríos? ¿Por qué está monopolizando a uno de mis mejores policías?
Era evidente por su tono, que Javier Montero no tenía en una alta estima a Paco, lo que terminó de molestar a Amelia.
—Llámeme rara, señor, pero yo estoy acostumbrada a que me miren cuando hablo. Soy una ciudadana que acudo a usted como representante de la ley para plantearle un problema.
El comisario levantó la vista sorprendido y miró a Amelia como si fuera la primera vez que la veía. Paco se aclaró la garganta en un infructuoso intento de ocultar una carcajada.
—Bien señorita, tiene toda mi atención. Utilícela bien—le dijo al fin visiblemente molesto.
Amelia miró a Paco que le hizo un gesto para que fuese ella quien llevara la voz cantante.
—Esta mañana ha llegado a mi trabajo el cadáver de Antonio Ortega, el mafioso.
—Sí, algo había oído. Un infarto, ¿no?—contestó el comisario.
—Eso ponía en los papeles, pero yo no estoy tan segura.
Montero enarcó una ceja con escepticismo y Amelia se removió incómoda en su silla, pero tomó aire y continuó.
—Lo primero que noté fue una rigidez anormal en el cuerpo, pero no le di demasiada importancia y continué con mi trabajo. Después detecté una quemadura circular en el dedo índice de la mano derecha. Me mosqueó un poco, pero seguí desvistiendo el cuerpo y entonces fue cuando vi una especie de ampolla en el talón del pie derecho. Todo eso en su conjunto me sonaba raro, así que fui a mirar la zona del marcapasos y en efecto, había una irritación localizada justo encima, no un hematoma, sino una reacción tisular desde dentro hacia fuera.
El despacho quedó en silencio hasta que Paco vio oportuno añadir el par de detalles que Amelia había olvidado mencionar.
—En una segunda inspección ocular detectamos microhemorragias en encías y comisuras de los labios y lo que se denomina como mano en garra, es decir, una contracción anormal de la mano…
—Sé lo que es una mano en garra, Salcedo—le cortó el comisario—. ¿Qué me quieres decir con todo esto?
—Creemos que lo han electrocutado—dijo Paco sin rodeos.
—¿Y no podría haber sido un accidente?—inquirió Montero.
—No lo sabemos, pero en el certificado de defunción pone muerte natural y natural no parece. Sólo nos gustaría comprobarlo.
Montero suspiró despacio, como si de repente le hubieran caído encima todos los años que todavía no tenía. Empezó a imaginarse ahogado en papeles, en llamadas, en explicaciones… y simplemente, no le pareció necesario.
—Mira, Paco, yo entiendo que a estas alturas de tu carrera estás aburrido. Y señorita—dijo dirigiendo su mirada a Amelia—, también comprendo que vivir rodeada de cadáveres no siempre es fácil y a veces puede ver fantasmas donde no los hay.
—Discúlpeme usted, señor, pero llevo años trabajando de tanatopractora y he visto más cadáveres que todos ustedes juntos—contestó Amelia ofendida—. No soy una jovencita impresionable.
—Mis disculpas, no quería ofenderla—dijo rápidamente el jefe con el talante propio de un político acostumbrado a medrar—. Simplemente creo que, al ver la persona que estaba en la mesa, ha podido usted ver indicios en cosas que tienen una explicación racional. Y tú, Paco…
—Que sí, que yo me aburro en mi trabajo y me ha dado por imaginarme asesinatos. Mira, niño, llevo años trabajando en esto y nunca se me ha podido acusar de algo así.
—No se te puede acusar de nada, porque tampoco haces nada—contraatacó el jefe.
—Bueno, pues ahora me apetece, fíjate que casualidad.
—Haz lo que quieras, Paco, pero yo no he autorizado ninguna investigación. Hagas lo que hagas, queda bajo tu responsabilidad y no puedes emplear recursos de esta comisaría, ¿está claro?
Editado: 08.03.2026