El último retoque del asesino

Capítulo 6

Durante el trayecto de vuelta al tanatorio, Antonio Ortega se portó bastante mejor. Sólo se venció un par de veces hacia adelante, como si quisiera participar activamente en la conversación. Amelia ya ni gritaba; simplemente lo recolocaba con resignación, como quien le ajusta el cinturón de seguridad a un niño pesado.

—Te juro que como vuelva a tocarme el hombro, paro en doble fila y se baja—murmuró Paco.

—Bastante tiene con estar muerto, el pobre hombre.

—¿Pobre? La gente a la que jodió en vida seguro que no dice lo mismo.

Aparcaron de nuevo frente a la puerta trasera del tanatorio. La calle estaba desierta, salvo por un gato negro que los observaba con indiferencia.

—¿Esos bichos no daban mala suerte?—preguntó Paco mirando al gato con el ceño fruncido.

—Pues lo que nos faltaba, Paquito.

El viejo policía la miró con una media sonrisa, pero pronto recompuso su gesto adusto y bajó del coche sin decir nada.

—Venga, campeón, última parada—dijo abriendo la puerta de atrás y agachándose para sacar el cadáver.

Entre los dos lo sacaron como pudieron. El rigor mortis empezaba a relajarse, pero eso no lo hacía más manejable. Antonio seguía teniendo la flexibilidad de un armario ropero.

—Como nos vea alguien, Montero me jubila de una patada en el culo—resopló Paco.

—Pues con la pensión que te iba a quedar, te veo viviendo conmigo en mi coqueto zulo—contestó Amelia.

Paco la miró con los ojos entrecerrados.

—Antes me quedo en mi coche—dijo él—. Eso sí, sin muertos. Es un piso para uno solo.

Entraron por la puerta trasera con sigilo. Amelia cerró con llave y se quedaron unos segundos en silencio, escuchando. El edificio de noche tenía una acústica distinta, como las de las iglesias. Cualquier mínimo ruido tenía una réplica en forma de eco y el zumbido de los fluorescentes sonaba como un enjambre de abejas.

Avanzaron arrastrando a Ortega como buenamente podían por el pasillo lateral que llevaba a las salas de refrigeración. Ya casi estaban llegando cuando ambos se detuvieron al mismo tiempo. Habían escuchado una voz.

—No, no, si no va a haber ningún problema—decía alguien en tono bajo pero tenso—. El viejo me ha dejado al cargo para tomarse piñas coladas en la playa con los otros jubilados. A lo mejor le da pena deshacerse del negocio, pero al final siempre me hace caso, por eso no te preocupes.

Amelia palideció.

—Es Álvaro —susurró.

Paco maldijo en silencio.

La voz provenía del despacho del fondo, cuya puerta estaba entreabierta. La luz encendida proyectaba una franja amarillenta en el pasillo.

—Te estoy diciendo que el terreno vale más que el negocio. Esto lo tiras y levantas apartamentos de lujo. ¿Tú sabes lo que se está pagando por metro cuadrado en esta zona? —continuaba la voz.

Paco y Amelia intercambiaron una mirada.

—¿Está vendiendo el tanatorio?—murmuró ella.

—Otro listo. Además de manos largas, especulador. Y seguro que pensará que está renovando el mercado inmobiliario.

—Es un imbécil.

—Yo no lo hubiese definido mejor—dijo Paco, aunque pareció pensárselo mejor y añadió—. Bueno sí, hijo puta.

Volvió a escucharse la voz de Álvaro, que se reía.

—No, la plantilla no es problema, si están todos más muertos que vivos. A esos los prejubilo, y puerta. La única que es más joven es la que maquilla a los muertos, pero la tengo en el bote. Esa no me va a dar ningún problema.

Amelia apretó los dientes con tanta fuerza que Paco hubiese jurado que se había oído el ruidopor todo el pasillo.

—Tenemos que escondernos —susurró él.

—¿Con él? —preguntó ella mirando a Antonio.

—Hombre, no lo vamos a dejar en mitad del pasillo. Que tu jefe es gilipollas, pero hasta él se iba a dar cuenta.

Miraron alrededor. A su derecha había un pequeño armario empotrado donde guardaban uniformes antiguos y cajas de flores artificiales. Amelia abrió la puerta con cuidado.

—¡Adentro!—dijo ella.

—¿Tú estás segura de que cabemos?—preguntó Paco escéptico.

Pero entonces escucharon ruidos en el despacho del fondo y no tuvieron mucho tiempo para pensar. Empotraron a Antonio contra el fondo del armario y se metieron detrás de él cerrando la puerta tras de sí. El cadáver estaba apoyado a duras penas entre la pared y los dos infelices que cruzaban los dedos para que no les diera por estornudar en ese momento.

—Ya te decía yo que el gato ese daba mala suerte—masculló él.

—shhh calla—susurró la joven.

En ese momento se escuchó cómo se cerraba una puerta y pasos que se acercaban poco a poco. Ambos contuvieron la respiración cuando los pasos se detuvieron justo delante del armario en el que se encontraban.

—Sí, la semana que viene lo vemos—decía hablando todavía por teléfono—. Este fin de semana lo voy a tener movidito, con el velatorio del Ortega. Se nos va a llenar el tanatorio de mafiosos. A lo mejor nos hacemos tan famosos que ya no me sale rentable vendértelo.

Se oyeron más risas que se iban alejando mientras a Amelia le subía ácido del estómago. Sentía tanto asco y tantas ganas de estamparle la cabeza contra la pared, que tenía que emplear toda su fuerza de contención para no salir del armario como una hidra furiosa.

No salieron al pasillo hasta que no escucharon cerrarse la puerta principal del tanatorio y estuvieron completamente seguros de que Álvaro no iba a regresar. Al cabo de unos minutos que se les hicieron eternos, abrieron la puerta del armario y Antonio cayó hacia adelante con un ruido sordo que rebotó por todo el pasillo.

—Menos mal que a este desgraciado ya no le duele—dijo Paco agachándose para recogerlo del suelo.

Llegaron a duras penas a la sala de refrigeración. El aire era más frío en esa zona y el zumbido constante de los motores de las cámaras frigoríficas servía de arrullo, como si los cadáveres que descansaban allí necesitasen ruido blanco para no despertarse.



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Editado: 08.03.2026

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