El último retoque del asesino

Capítulo 7

El techo estaba tan cerca de su cara que Amelia sabía por propia experiencia que, si se despertaba sobresaltada de golpe, se daba un cabezazo contra el yeso desconchado. Y es que en ese zulo que ella llamaba casa, su habitación era un colchón tirado en el suelo de un altillo al que sólo se accedía agachándose como si fueras a entrar en una cueva. De pie no cabías ni aunque midieras metro cincuenta.

Llevaba ya dos horas tumbada boca arriba con los ojos abiertos, mirando sin ver una grieta fina que recorría el techo de lado a lado. Hacía frío, de ese tipo de frío que te cala hasta los huesos. Su casa no era muy calurosa, pero el problema lo tenía ella dentro porque todavía no había entrado en calor después de su paso por la cámara frigorífica. No sabía si era por eso o por el miedo que había pasado, pero el caso es que no podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía el haz de la linterna moviéndose por la sala de refrigeración y notaba el metal contra su espalda.

Y después, como siempre que el sueño tardaba en llegar, el recuerdo le transportaba unos años más atrás, al día en el que su padre murió. Ese día también sintió mucho frío, aunque para los demás luciera el sol. Fue el día en el que tuvo que crecer de golpe. No era ninguna niña, estaba a punto de cumplir los 18, pero vivía en esa inconsciencia absoluta que te da la falta total de responsabilidades. Pero con la muerte de su padre, no sólo le perdió a él, sino también a su madre. Ella nunca había sido el pilar emocional de la familia, esa responsabilidad recaía sobre los anchos hombros de su padre, pero cuando él murió, su madre se desconectó del mundo.

O, para ser más exactos, de quien se desconectó fue de ella. No había pasado ni un mes desde que murió su padre y su madre ya se había mudado a un pequeño apartamento en Valencia, dejándola sola en Madrid sin casa y sin la posibilidad de estudiar medicina, lo que siempre había deseado. Con lo poco que le había dejado su padre en herencia, alquiló su pequeño zulo, trabajó en todo lo que pudo y consiguió pagarse el curso de tanatopraxia a duras penas. No le guardaba rencor, su madre no era una mala persona, pero había decidido conscientemente ser egoísta y había elegido su propio dolor por encima del de su hija. Podía entenderla con la cabeza, pero no podía evitar que su relación se hubiese vuelto fría. Eran dos desconocidas que compartían parentesco.

Se removió bajo la manta y le dio un escalofrío. Siempre que pensaba en su familia sentía un frío helador. Resignada, salió de la cama y bajó las escaleras hacia el salón, donde Paco había dejado esa vieja estufa. Cuando la encendió, las resistencias empezaron a ponerse rojas y el pequeño aparato emitió un zumbido reconfortante. Amelia acercó las manos para calentárselas pensando en Paco. No se parecía en nada a su padre. Era gruñón, cínico y poco dado a manifestar sus emociones, pero era la primera vez en más de diez años, que podía permitirse sentirse pequeña de nuevo junto a alguien.

---

A varios kilómetros de allí, en un piso antiguo cerca del barrio de Lucero, Paco estaba sentado en un sillón orejero desvencijado. El piso parecía detenido en el tiempo. Todo estaba limpio y recogido, pero tenía un aire de dejadez impregnado en cada superficie. El papel pintado era el mismo de hacía 15 años, y ya estaba ligeramente levantado en las esquinas. Las cortinas habían sido blancas cuando fueron colgadas, pero en ese momento tenían el beige indefinido que les da el tiempo y el sol. Nadie se había preocupado ni lo más mínimo por dale un poco de dignidad a la vivienda, porque para Paco, en los últimos 15 años, lo importante había sido sobrevivir, no vivir. Su vida se había puesto en pausa el día en que su mujer desapareció.

Pero ese día no se sentía tan abatido como de costumbre. Por primera vez en mucho tiempo, miró la foto que tenía sobre el aparador sin sentir tristeza. Pensó en ella, sí, pero no en su ausencia, sino en su forma de reír cuando le hacía cosquillas mientras cocinaba. Recordó con nostalgia las tardes de lluvia viendo películas malas de los 80, sentados en el suelo con un bol de palomitas. Incluso sonrió con melancolía al recordar cómo le reñía por dejar siempre la caja de leche fuera de la nevera. Su mujer era la persona más maravillosa del mundo, pero en los últimos años antes de desaparecer, se había ido apagando poco a poco. Siempre habían querido tener hijos. Durante su noviazgo bromeaban con montar su propio equipo de fútbol. Pero la naturaleza no quiso que fuera así y eso que nadie merecía tanto dejar algo propio en este mundo como su esposa. Cada intento, cada ilusión perdida, cada visita al médico, cada aborto... todo le había ido dejando un poso de tristeza que ella había terminado por aceptar.

SI las cosas hubiesen sido diferentes, quizá hoy tendría una hija de la edad de Amelia. No sabía cómo había ocurrido, pero en el poco tiempo que hacía que la conocía, esa pequeña demonio se le había metido en las tripas.

—Ay, mi niña—dijo mirando la foto con cariño—. Te caería bien. Es respondona, como tú. Se vendría a comer a casa los domingos. Seguro que le gustaba tu paella.

Se levantó del sofá para irse a la cama con más energía de la acostumbrada. No sabía por qué, pero se sentía más ligero, y esa sensación le gustaba.

---

A la mañana siguiente, Amelia abría la puerta del tanatorio con un café humeante en la mano. Al final se había dormido muy tarde, y sentía los ojos hinchados y llenos de arenilla. Era sábado y no tenía ningún cadáver que maquillar. En circunstancias normales, seguiría durmiendo o habría quedado con alguna amiga para hacer algo. Pero ese no era un fin de semana normal. Era el día del velatorio de Antonio Ortega y en ningún lugar de Madrid iba a haber una mayor concentración de chusma por metro cuadrado como en el tanatorio San Bernardo.

—¿Qué pasa, Luisa?—saludó al llegar a la mesa de recepción.

—Dios, pensaba que no ibas a llegar nunca—dijo la mujer con los ojos abiertos de par en par.



#729 en Detective
#577 en Novela negra
#1098 en Thriller
#383 en Suspenso

En el texto hay: crimen, thriller, cozycrime

Editado: 27.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.