Amelia observaba la sala como quien contempla el último capítulo de Los Soprano. La tensión podía cortarse con un cuchillo y parecía que la mitad de las personas congregadas llevaban un arma escondida. Dos factores que, cuándo se juntaban, no podían traer nada bueno.
—Me encantaría enterarme de qué se cuece ahí dentro—murmuró Amelia pensativa.
—Ay, Reina., que cuando pones esa cara no se puede esperar nada bueno—le dijo Luisa con una sonrisa. En realidad le encantaban esos pequeños arranques de su compañera.
—Luisa, voy a hacer una cosa muy mala—le dijo cogiéndola de la mano.
—¿Cómo de mala?—preguntó ella con la esperanza pintada en el rostro.
—Bueno, depende. Si me pillan, malísima.
—Esas son las mejores—Luisa estaba entusiasmada.
—Voy a infiltrarme ahí dentro como si fuera una visitante más. Hay tanta gente que seguro que ni se enteran—le dijo—. Dame un segundo.
Se alejó un poco para llamar por teléfono a Paco y vio cómo Luisa abandonaba la sala. El viejo policía tardó tres tonos en contestar.
—¿Te han matado o te has unido a la mafia?—preguntó él a modo de saludo.
—Ni una cosa ni la otra, pero a lo mejor eso cambia en un momentito— Le contestó ella enigmática.
—Qué mal me suena eso…
—Voy a meterme en el velatorio como si fuera una visitante más.
Al otro lado no había más que silencio.
—Ya sé que parece una locura…—trató de justificarse ella.
—Es una locura.
—Escucha primero y luego me echas la bronca.
—No, si el problema es que te estoy escuchando y ya me duele la cabeza.
Ella se apoyó contra la pared suspirando.
—La familia está ahí dentro. Todos. Y no sólo la familia, también está toda la mafia de Madrid y parte de las poblaciones circundantes. Contigo no van a hablar, huelen a la pasma a kilómetros. Además, Toñito se ha muerto de un infarto, ¿recuerdas? No tendría sentido que tú estuvieras por aquí. Pero si me mezclo entre los invitados…
—No.
—…puedo escuchar cosas...
—He dicho que no.
—Y tú puedes oírlas conmigo.
Paco guardó silencio unos segundos.
—Explícate.
—Tengo unos cascos con micrófono. Los del móvil. Si me los pongo y te llamo, podrás escuchar lo que dicen, y si ves que algo te chirría, me soplas las preguntas.
—Eso es una idea horrible.
—Es una idea brillante.
—Si te matan te van a enterrar fea, porque no va a haber nadie que te maquille.
—Estoy dispuesta a correr ese riesgo—contestó ella triunfante, sabiendo que ya había ganado.
Al otro lado se oyó un suspiro largo.
—Eres un demonio en pequeñito—murmuró.
—Lo sé. Y por eso te caigo bien.
—Como te pillen...
Amelia asomó la cabeza hacia la sala.
—La mitad de los que están ahí dentro han matado a alguien. Y la otra mitad lo han intentado. Créeme, yo soy la persona menos sospechosa del edificio.
Paco volvió a suspirar.
—Está bien.
—¿Sí?
—Pero si la cosa se pone fea, te largas de ahí.
—Prometido.
—Y si alguien te pregunta algo raro…
—Improvisaré.
—Eso es justo lo que me preocupa.
Amelia ya estaba desenrollando los cascos.
—Te llamo ahora.
Colgó el teléfono para prepararse, justo en el momento en el que entraba Luisa de nuevo con algo bajo el brazo.
—Toma—le dijo tendiéndole un montón de ropa—. Una chica que trabajaba aquí antes tenía siempre ropa negra en el armario por si tenía que vestirse de luto. Creo que es de tu talla.
Amelia miró la ropa. Era un vestido negro de tirantes y una americana también negra.
—Y también tenía zapatos—continuó la recepcionista pasándole una bolsa de tela.
La joven los sacó de la bolsa y los miró frunciendo el ceño. Mejor esos zapatos que las botas de baloncesto que llevaba ella, pero no sabía cómo iba a andar con esos tacones de aguja. Al menos eran de su número. Se vistió rápidamente en el baño y se colocó los cascos escondiendo el cable bajo su pelo suelto.
—Allá vamos—se dijo a sí misma para darse ánimos.
Marcó el número de Paco y esperó.
—Has tardado—gruñó él cuando descolgó el teléfono.
—Me estaba cambiando—contestó ella—. Voy a entrar. No me estés hablando todo el rato, sólo si tienes algo importante que decirme.
—El policía soy yo, Ame—le dijo él—. He hecho estas cosas otras veces.
Amelia no sabía si eso era verdad, pero no preguntó. Se había quedado un poco descolocada con ese diminutivo cariñoso. Así era como la llamaba su padre y nadie había vuelto a llamarla así. Sacudió la cabeza para ahuyentar esos pensamientos y entró en la sala principal.
Sobre una mesa, habían colocado unos recordatorios fúnebres. Pequeñas extravagancias que hacen los ricos, que tienen que diferenciarse de la plebe incluso en la muerte. Siempre ha habido clases, pero el dinero no siempre es lo que te diferencia, porque no podía haber algo más hortera que eso. Desde esa pequeña cartulina, la imagen de un Antonio más joven la miraba sonriente junto a un poema lacrimógeno que seguro que nadie se había molestado en leer. Amelia sacudió la cabeza con resignación y adoptó esa expresión neutra de cualquier persona que acude a presentar sus respetos sin conocer demasiado al difunto.
El truco estaba en caminar despacio y mirar poco a la cara de los demás. Se acercó por detrás a Antonio Junior, que seguía pegado al móvil y echó un vistazo por encima de su hombro. En la pantalla del teléfono brillaba claramente una página de apuestas deportivas.
—Parece que el hijo está enganchado al juego—susurró Amelia a Paco—. Está metido en una página de apuestas en mitad del funeral de su padre. Y suda como un cerdo.
—Sí, algo había oído—le dijo él—. Seguro que está de deudas hasta el cuello.
El teléfono de Antonio vibró en su mano y él se apresuró a contestar.
—Te dije que esta noche te pago —murmuró tras unos segundos.
Amelia seguía detrás de él fingiendo que miraba la foto de Antonio y se enjugaba una lágrima.