El último retoque del asesino

Capítulo 9

—A ver lo que vas a hacer, niña, que nos conocemos. Estoy saliendo para allí, llego enseguida—le dijo Paco preocupado—. Quédate donde estás.

—Paco, si me quedo donde estoy no nos enteramos de nada. Tú no te preocupes que no me van a ver.

El viejo policía seguía tratando de convencerla, pero Amelia desconectó de la conversación y se deslizó hacia la sala contigua a donde se había metido la extraña pareja. Era una habitación refrigerada separada de la sala principal por un cristal. Allí se colocaban los ataúdes abiertos para que los familiares los miraran, como quien mira un escaparate. Amelia no sentía miedo ni aprensión ante los cadáveres, pero esa forma de despedir a los seres queridos siempre le había parecido curiosa.

Arrugó la nariz nada más entrar. Esas habitaciones siempre tenían un ligero olor empalagoso a flores medio marchitas. Era un espacio completamente diáfano, con un gran cristal transparente en una de las paredes que comunicaba con la habitación de al lado, un carro sobre el que se ponía el ataúd del difunto y caballetes de metal apoyados en las paredes donde se colocaban las coronas. Entró agachada, prácticamente reptando, para que Pedro Ruiz y el señor bajito no le vieran a través del cristal.

—Paco —susurró al móvil. Llevaba un tiempo sin oírle y, durante un segundo sólo oyó estática.

Luego la voz del policía surgió entrecortada, como lo que ocurre con los viejos walkie talkies.

—…elia… ¿dónde… tás…?

Amelia frunció el ceño.

—Estoy en la habitación de al lado de donde han entrado ellos—susurró—. Donde colocan los ataúdes abiertos para que los miren.

La respuesta llegó como si Paco estuviera hablando desde dentro de una lavadora.

—…no… go… bi…

Amelia levantó el teléfono, lo giró, lo acercó a la puerta, luego al cristal, como si estuviera buscando cobertura con una varilla de zahorí.

—Paco, ¿me oyes?

—…Amel… hí…

—Paco, no oigo nada. Creo que aquí no hay cobertura.

La llamada volvió a romperse en un chisporroteo desagradable.

—¡Sal… pu… dre…!

—¿Me estás insultando?

Hubo un silencio prolongado y luego la llamada murió con un pitido seco.

Amelia miró la pantalla un segundo.

—Estupendo— Guardó el móvil en el bolsillo del vestido— ¡Joder!.

Ahora estaba sola. Apoyó la oreja contra la pared para tratar de escuchar lo que estaba diciendo esos dos en la otra sala. Los muros eran tan gruesos que no dejaban pasar la cobertura, por lo que también iba a ser difícil entender la conversación. Las voces se oían bajito, como si las estuviera escuchando desde el fondo de un túnel larguísimo. Casi ni respiraba para que los ruidos del interior de su cuerpo no le tapasen la conversación que estaba teniendo lugar a sólo unos metros de ella.

—Venga, Avelino, no me joda—decía Pedro.

—Sólo puedo revelar el contenido del testamento de Don Ortega ante notario y con todos los herederos presentes—le contestaba el tal Avelino, que por lo que entendió Amelia, debía ser el abogado de la familia.

—Pero alguna cosa podrás decirme—le tentaba Ruiz—. Ten en cuenta que a partir de ahora, yo voy a ser quien lleve la voz cantante en esta familia. Y no querrás que busque los servicios de otro abogado…

Amelia se incorporó levemente para verles a través del cristal y vislumbró la media sonrisa del abogado. Podía parecer un hombre pequeño y desvalido en medio de tanta piraña, pero esa mirada que le dirigió al yerno de Ortega le hizo pensar que tenía más fuerza de la que aparentaba.

—No niego que usted pueda hacerse cargo de alguno de los negocios del señor Ortega, pero no piense ni por un momento que va a tenerlo tan fácil.

—¿A qué se refiere? Antonio confiaba en mí.

—Estoy seguro de ello. Pero no es usted el único miembro de la familia a quien el señor Ortega quería en el negocio.

Pedro Ruiz arqueó una ceja.

—Mi mujer no quiere saber nada de los negocios de su padre. De su dinero sí, por supuesto, pero no se quiere manchar las manos. Para eso ya estoy yo.

—No estoy hablando de su mujer.

Pedro soltó una carcajada seca.

—¿Antonio Junior?

—Sí.

—Tiene que estar de broma.

—Me temo que no, señor Ruiz.

—Pero vamos a ver, Avelino. Si Antoñito Junior tiene la neurona justa para respirar y no cagarse encima.

El abogado le sonrió.

—Yo no cuestiono las decisiones de mis clientes. Sólo las apunto. De todos modos, puedes estar tranquilo, sólo le ha dejado alguno de los negocios menos delicados.

—¿A qué tipo de negocios te refieres?

—Nada que tenga que ver con el juego, evidentemente—dijo el abogado—. Sólo alguna de las empresas que se usan para blanquear el dinero de los negocios principales.

—Y si sólo le ha dejado las migajas, ¿para qué lo ha hecho?

—Antonio pensaba que necesitaba una ocupación —continuó el hombrecillo—. Algo que le obligara a mantenerse centrado.

Pedro resopló.

—¿Centrado? Ese chico no podría centrarse ni en una diana del tamaño de un estadio. No sabría dirigir ni un puesto de limonada.

—Bueno, Antonio no pretendía convertirlo en un gran empresario. Con que se mantuviera ocupado y dejase de pulirse la fortuna familiar en las salas de juego tenía bastante.

Pedro negó con la cabeza, claramente irritado, pero pareció pensar que no merecía la pena continuar por ahí, porque dejó el tema.

Amelia volvió a incorporarse un poco para ver a través del cristal, pero Pedro estaba de cara a la pared y ella tuvo el tiempo justo de agacharse de golpe. Se quedó completamente inmóvil durante unos segundos que le parecieron mucho más largos de lo que realmente fueron.

—¿Qué ocurre? —escuchó que decía la voz del abogado.

Hubo un silencio en el que Amelia se imaginó mil formas en las que ese aprendiz de mafioso la descubría y la torturaba por fisgona. Pero no ocurrió nada, así que era probable que no la hubiera visto.

—Nada, he dormido poco—contestó—. Entonces qué, ¿hay alguna otra sorpresa desagradable que tenga que conocer?



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Editado: 27.03.2026

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