Paco caminaba a grandes zancadas por los pasillos del tanatorio. Iba enfadado como una mona, pensando en la bronca que iba a echarle a Amelia cuando la encontrara. No podía hacer la guerra por su cuenta y ponerse en peligro sin un compañero que le cubriera las espaldas, eso era de primero de policía. Pero es que Amelia no era policía... Llegó a la sala del velatorio del mafioso y se puso a mirar frenéticamente cada cara para distinguir a la joven, pero no la veía por ningún lado.
-No está aquí-dijo una voz a sus espaldas.
Se dio la vuelta y vio a Luisa detrás de él.
-Se ha metido entre la gente y cuando me he ido a atender una llamada a la recepción, se ha debido ir a algún lado, porque al volver ya no estaba-continúa explicando la mujer.
-¡Joder!-masculló Paco.
Localizó a Pedro Ruiz detrás de una joven llorosa que tenía que ser la hija de Antonio Ortega. Según le había dicho Amelia, iba a escuchar una conversación del yerno con otro tipo, pero Ruiz estaba ahí y ella no.
-¿Hay más salas como esta?-le preguntó a Luisa.
-¿De velatorio? Sí, claro, por ese pasillo-dijo señalando hacia un lateral-. Pero ahora mismo están vacías.
Todavía no había terminado de hablar cuando Paco ya se había ido en la dirección que le había indicado. Ella negó con la cabeza en silencio y siguió cotilleando el percal. Ese funeral era más interesante que los programas del corazón.
Paco llegó a un pasillo en el que había varias puertas, pero no cabía duda en cual tenía que estar Amelia. El premio gordo estaba detrás de la puerta número 1, la que estaba atrancada con una escoba. Quitó el palo rápidamente y empujó la puerta con el hombro para abrirla.
Efectivamente, no se equivocaba. Amelia estaba en una esquina de la sala, tumbada en el suelo en posición fetal y abrazándose a sí misma. Allí adentro hacía más frío que en una nevera.
Paco se quedó clavado en el sitio, con el pulso desbocado, pero pareció volver a la vida de golpe, y cruzó la sala en dos zancadas, agachándose a su lado.
-¡Niña! -le dijo, con una urgencia que no se molestó en disimular-. Amelia, abre los ojos, por favor. ¡Mírame!
Ella tardó en reaccionar. Parpadeó despacio, como si le costara enfocar, y levantó un poco la cabeza. Tenía los labios amoratados y la piel pálida, y aun así, cuando le reconoció, esbozó una sonrisa débil.
-Puedes llamarme Frozen. Elsa Frozen -murmuró, con la voz pastosa.
Paco soltó un resoplido que no llegó a ser risa.
-Dios, eres una payasa.
Le puso la mano en la mejilla y notó un frío helador. No dijo nada más. Se quitó la chaqueta y se la echó por encima sin delicadeza, envolviéndola como pudo, y acto seguido la levantó en brazos. Iba a tener lumbago durante una semana como mínimo.
-Que puedo andar, sólo tengo un poco de frío-protestó ella.
Pero lo cierto era que le castañeaban tanto los dientes, que casi ni se le entendía. Paco dudaba mucho de que pudiera mantenerse en pie. Al cruzar la puerta, Paco vio la escoba en el suelo y la apartó de una patada.
-Hijos de puta... -murmuró, más para sí mismo que para ella-. ¿Se puede saber qué cojones ha pasado aquí?
-Pues hombre, segura no puedo estar, pero yo diría que hay alguien a quien no le caigo demasiado bien-consiguió articular Amelia.
Paco la miró con cara de pocos amigos. En realidad no estaba enfadado con ella, al menos no demasiado. Lo que estaba era muerto de miedo. Amelia le indicó cómo llegar hasta la sala de empleados, y no se detuvo hasta llegar allí. La dejó sentada en una silla y empezó a moverse de un lado para otro con esa energía nerviosa de quien necesita hacer algo para no pensar demasiado. Abrió un armario, rebuscó entre mantas y sacó una gris, que parecía más áspera que la lija, de esas que pican sólo con mirarlas.
-Tápate -dijo, echándosela por encima.
En esta ocasión, a Amelia no le costó nada hacerle caso, porque estaba congelada. Paco ya estaba en la cafetera, golpeando los botones como si le hubieran insultado.
-A ver si esta mierda funciona...
La joven no dijo nada. Con la paliza que le había dado a la pobre máquina, no sabía si iba a sacar café o bandera blanca. Pero, afortunadamente, empezó a hacer sonidos raros y a los pocos segundos el café comenzó a gotear. Paco soltó un gruñido, cogió dos vasos de papel y los llenó hasta arriba.
-Las tazas están sucias -añadió mientras volvía-. Muy acogedor todo.
Le tendió uno.
-Cuidado, quema.
Amelia lo sostuvo entre las manos tratando de absorber el calor. Dio un sorbo pequeño y, como siempre pasa en estas ocasiones, se abrasó la lengua. Pero no le importó y continuó bebiendo para calentarse por dentro. Paco se sentó frente a ella, con su propio café en las manos, dejando que se enfriase lo suficiente como para dar el primer sorbo. Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada, digiriendo lo que había pasado y lo que había estado a punto de pasar.
-Vale...-dijo Amelia al cabo de un rato-. Igual esto se me ha ido un poco de las manos.
Paco la miró fijamente por encima del vaso.
-¿Un poco?
-Bueno... bastante.
Él negó con la cabeza, sin humor.
-Has estado a punto de quedarte tiesa ahí dentro.
-Bueno, en realidad tampoco ha sido para tanto. Un poquito de hipotermia, a lo mejor-contestó ella tratando de bromear.
Si las miradas matasen, la de Paco la hubiera dejado fulminada en el suelo. Ella bajó la mirada hacia su café y dio otro sorbo, esta vez más despacio.
-Gracias -dijo en voz baja.
No le costaba agradecérselo, pero al verbalizarlo, lo ocurrido se hacía más real. Paco hizo un gesto vago con la mano, como quitándole importancia, pero la miró muy serio.
-Amelia, prométeme que no vas a volver a hacer esto-comenzó-. No puedes hacer la guerra por tu cuenta.
-No te voy a dejar solo, Paco.
-No digo que dejes de investigar, pero si somos un equipo, somos un equipo. Eso es lo primero que nos enseñan en la academia, a confiar en nuestros compañeros. Si eres mi compañera, yo te confío mi vida, pero tú tienes que hacer lo mismo. Y si no estoy ahí para cubrirte las espaldas, no entras. Punto.
Editado: 18.04.2026