El último retoque del asesino

Capítulo 13

Paco llevaba diez minutos dando vueltas para aparcar en Villaverde y empezaba a valorar la posibilidad de dejar el coche en doble fila con los warning puestos y una nota que dijera “vuelvo en cinco minutos”. Pero ese barrio no incitaba a confiar en la humanidad, así que ahí estaba, girando y girando como un hamster en una rueda. Pasó por delante de un grupo de críos que estaban pasándose una litrona de cerveza como si fuera una pelota, y se le ocurrió una idea.

—Eh, tú, chaval, ven aquí—le dijo a uno de ellos tras bajar la ventanilla del coche.

El niño, que debía tener unos 11 años, se acercó mascando chicle con la boca abierta y entrecerrando los ojos, con gesto de desconfianza.

—¿Qué quieres, madero?—dijo cuando se acercó lo suficiente.

Paco le miró sorprendido.

—¿Cómo sabes que soy policía?

El chaval se encogió de hombros.

—Tienes la placa tatuada en la frente—le contestó tocándole la cabeza con el dedo índice—. Bueno, y que te veo la pipa en la cartuchera y solo los maderos la llevan así. Los demás se la meten en la cinturilla del pantalón, en la raja del culo.

Paco se rio.

—Ahí tienes razón, chaval, pero yo no me la meto ahí porque luego huele mal—le dijo—. Bueno, qué, ¿te quieres ganar 10 euros?

El chaval le miró negando con la cabeza.

—Tú te has visto muchas pelis, madero. Yo no me muevo por menos de 100.

Se volvió hacia sus compañeros sin esperar respuesta y volvió a pasarse la litrona de cerveza como si nada.

—Me cago en el puto capitalismo—masculló Paco mientras arrancaba el coche y se ponía en marcha—. Si es que lo ensucia todo.

Todavía tuvo que dar vueltas durante 15 minutos más hasta que encontró un hueco tan pequeño que tuvo que hacer 500 maniobras para encajar el coche. Pero bueno, así también sería más difícil que se lo robasen. Se quedó unos segundos sentado, con las manos sobre el volante, mirando el portal que tenía enfrente.

—Bueno, Paco…—murmuró para sí mismo—. A ver cómo sales de esta sin que te peguen un tiro.

Se bajó del coche y cruzó la calle con paso tranquilo, como si estuviera yendo a comprar el pan. Justo cuando se acercaba, salió una señora mayor arrastrando un carro de la compra tras de sí y él le sujetó la puerta.

—¿No es usted un poco mayor para estar aquí?—le preguntó la señora censurándole con la mirada.

—Ya ve, señora. Los vicios, que no entienden de edad.

La mujer se alejó de allí negando con la cabeza con gesto de resignación y Paco echó un vistazo al lugar donde se encontraba. El edificio tenía la fachada desconchada, el portero automático destrozado y un olor nauseabundo salía del portal. Nada más entrar se encontró de frente con un tipo sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, la mirada perdida y una jeringuilla todavía clavada en el brazo. Tenía la manga subida y la piel llena de marcas antiguas y nuevas.

El hombre ni siquiera reaccionó cuando Paco pasó por su lado.

—Buenas tardes…—dijo Paco por decir algo.

El yonki parpadeó, como si acabara de volver de otro planeta, pero no respondió.

Paco subió el primer tramo de escaleras con cuidado, atento a cualquier ruido. Sabía que el piso que le había dicho Luis estaba en la segunda planta, la puerta de la izquierda, lo que no sabía era cómo iba a entrar, porque tocar el timbre no era una opción.

Cuando dobló la esquina del rellano, vio a otro hombre delante de la puerta. Estaba nervioso, moviéndose de un lado a otro y rascándose el cuello con brusquedad. Llamó con dos golpes secos, esperó un par de segundos y volvió a tocar la puerta otras tres veces. Esa contraseña no pasaba las medidas de seguridad de ningún lado, era como atar la bici con un candado de regaliz. Suponía que un yonki con el mono no era la persona indicada para recordar contraseñas complicadas. Sea como sea, el caso es que funcionó, porque abrieron desde dentro.

El tipo empezó a entrar y Paco se pegó a él como los que intentan colarse en los tornos del metro.

—Eh, ¿dónde hostias te crees que vas, viejo?—protestó alguien desde dentro.

Pero ya era tarde, porque el policía ya estaba dentro del piso.

El olor le golpeó como una bofetada. Olía a una mezcla entre sudor, tabaco, comida pasada y ese aroma dulzón y metálico de la droga que se te queda pegado en la garganta. Había dos personas sentadas detrás de una larga mesa de caballete con sendas básculas frente a ellos. Un tercero estaba sentado con las piernas abiertas en un sofá orejero que había vivido tiempos mejores y un cuarto salía de una habitación contigua, que tenía que ser una cocina, con un bocadillo de chorizo en una mano y una pistola en la otra.

—¿Y tú quién coño eres?—dijo el del bocadillo encañonándole con el arma directamente a la frente.

Paco levantó las manos despacio, enseñando las palmas.

—Tranquilos. No busco problemas, sólo quiero un poco de eso—dijo señalando el polvo blanco sucio que estaba pesando uno con aspecto de importarle poco lo que ocurría a su alrededor.

El de la pistola se rio con la boca abierta esparciendo trozos de bocadillo a medio masticar. Paco se limpió disimuladamente un tropezón que le había caído en la mejilla y volvió a levantar las manos.

—¿Tú te picas, viejo?—contestó otro—. No te lo crees ni tú.

—Aquí no entra nadie que no conozcamos. ¿Quién eres y qué cojones quieres?—volvió a intervenir el de la pistola.

Paco trató de evaluar rápidamente sus posibilidades y llegó a la conclusión de que no eran muchas. Así que decidió ir a las bravas y cruzar los dedos para que el de la pipa no tuviera el dedo del gatillo tonto.

—Busco a Juanito.

El silencio cayó de golpe y todos dejaron de reírse.

—No tienes ni puta idea de con quién estás hablando, carcamal.

—Sí que la tengo, sí—contestó él—. Bueno, tú no sé quién eres, probablemente un mindundi, por eso quiero hablar con el que parte el bacalao.

—Mira que listo el viejo. Pues igual te vas en una bolsa, por gilipollas—replicó el hombre.



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Editado: 03.05.2026

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