Juana descubrió la herencia envenenada que le había dejado su marido. En ese momento pensó en llamar a algunos de sus hijos, pero no quería meterlos en el lío. Entonces, a quien llamó fue a Óscar, el hijastro de Elena.
En ese instante, ella sintió miedo y un escalofrío por todo el cuerpo. Sabía o sospechaba algo de los negocios de su marido, pero jamás imaginó que estuviera metido en un lío tan grande. Lo que ella desconocía era que él había chantajeado a casi todo el pueblo a través de la información que controlaba gracias a su empresa de fibra óptica.
Cada rincón de Sagrado, cada conversación privada, cada mensaje de texto y cada secreto local habían pasado por sus servidores durante años. Nadie en el pueblo era realmente libre; todos estaban atrapados en su red.
Mientras tanto, Julián seguía muy enfermo, consumiéndose en la cama sin ninguna posibilidad de salvarse. El tiempo jugaba en su contra y todo estaba a punto de saltar por los aires en el momento menos pensado. El silencio de la casa se le caía encima a Juana como una losa de hormigón.
-Hola, Óscar. Quiero hablar contigo, pero no se puede enterar nadie de esta conversación —le dijo muy angustiada, mirando de reojo las ventanas de su propia casa, temiendo que las sombras de la noche escondieran ojos indiscretos. Óscar se dio cuenta de que a Juana le pasaba algo grave en cuanto escuchó aquel tono quebrado y asustado:
—¿Pasa algo grave? ¿Por qué tienes la voz tan temblorosa? Juana no quería dar muchos detalles por teléfono, temerosa de que las líneas estuvieran pinchadas por los propios sistemas que su esposo había instalado en la región, y cortó rápido:
—Es algo muy grave, mejor no hablarlo por aquí. Quedamos fuera del pueblo para que nadie nos pueda ver. La reacción de Óscar fue de total desconcierto; no sabía por dónde iban las cosas ni qué clase de problema podía haber ocurrido para que una mujer tan reservada lo llamara a él a esas horas. Aun así, preocupado por el estado de Juana y por la urgencia de su voz, le respondió con calma:
—No te preocupes, Juana. Si te puedo ayudar, lo haré. Lo haré por mi madre, Elena, que sé que te conoce de toda la vida y te tiene mucho aprecio. Al escuchar esa muestra de lealtad sincera, Juana no pudo aguantar más la presión y se echó a llorar de golpe. Entre sollozos y con la respiración entrecortada, le confesó lo que llevaba días quemándole el pecho:
—Gracias por tus palabras, de verdad... Siento que estoy completamente sola enesto. En este pueblo ya no queda nadie limpio. Y todo es más difícil desde quesupe que Patricia me había mentido sobre dónde se encontraba su padre. Si ella me oculta algo así... ya no sé si puedo fiarme de mis otros tres hijos. No sé en quién confiar, Óscar. Siento que camino entre lobos.
Al otro lado de la línea se hizo un silencio pesado, de esos que crujen en los oídos.Óscar se quedó helado. Escuchar el nombre de Patricia mezclado en un asunto que causaba tanto pánico en Juana le encendió todas las alarmas. La red de secretos del pueblo empezaba a salpicar a demasiada gente, incluida su propia familia.
Óscar miró a su alrededor para asegurarse de que nadie merodeaba cerca de él, tragó saliva y rompió el silencio con tono firme pero bajo:
—Tranquilízate, Juana. No digas una sola palabra más ahora mismo. Si dices que no te fías de nadie en el pueblo, es mejor que hagamos las cosas bien. Hay un viejo almacén abandonado junto a la carretera general, a unos dos kilómetros de la salida de Sagrado. Nos vemos allí en media hora. Ven sola y asegúrate de que ningún coche te sigue al salir del garaje.Juana asintió en silencio, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y colgó.
Nada más colgar, Óscar se quedó mirando la pantalla del móvil. El corazón le latía con fuerza en el pecho. Sabía que Elena, su madre, se disgustaría enormemente si supiera que se iba a meter en la boca del lobo, pero no podía dejar a Juana desamparada. Cogió su chaqueta, las llaves del coche y salió de casa intentandono levantar sospechas entre los vecinos, que siempre vigilaban tras las cortinas con una curiosidad malsana.
Por su parte, Juana subió al coche con el corazón en la boca. Durante los dos kilómetros de trayecto hacia el almacén, no dejó de mirar fijamente el espejo retrovisor. Cada par de faros que aparecía a lo lejos en la carretera le hacía dar un respingo, pensando que la empresa de fibra óptica de su marido seguía infiltrada en sus vidas, vigilándola incluso después de todo.
La traición de Patricia le dolía profundamente en el alma, y pensar que sus otros tres hijos podían estar compinchados, ocultando sus propios beneficios de aquella red de extorsión, la hacía sentir un vacío enorme. Finalmente, el coche de Juana se desvió por el camino de tierra batida que llevaba al almacén abandonado.
El edificio era una mole de hormigón gris, con las ventanas rotas y la pintura desconchada por el paso de los años y el olvido. Apagó las luces y el motor. La oscuridad de la noche la envolvió por completo, rota solo por el crujir del metal caliente del motor.
A los pocos minutos, unos faros amarillentos iluminaron el camino de tierra. Era el coche de Óscar. El joven aparcó a unos metros, bajó del vehículo echando un vistazo rápido a su alrededor y se acercó a la ventanilla de Juana con las manos en los bolsillos y la mirada alerta. Juana abrió la puerta, sintiendo cómo el frío cortante de la noche le golpeaba la cara. Estaba dispuesta a revelar el secreto que cambiaría el destino de Sagrado para siempre.
—Gracias por venir, Óscar —dijo Juana, con la voz aún tomada por los nervios, mientras ambos se refugiaban bajo el techo agrietado del almacén.
—Dime qué está pasando, Juana. Me tienes en un sinvilo —respondió el chico, cruzándose de brazos—. Has mencionado a Patricia, has hablado de una herencia... ¿Qué demonios descubriste? Juana sacó del bolso una carpeta de cuero gastado, apretándola contra su pecho como si fuera un escudo.