El Último Sagrado

Capítulo 8: la última voluntad

Patricia seguía con su padre en la habitación del hospital. Miro el reloj en ese momento eran momento eran las 11 de la mañana cuando Julián empeoró mucho más, empezando a asfixiarse. Su hija reaccionó de inmediato y fue rápido a avisar al médico:

—¡Mi padre necesita ayuda porque se está ahogando! —gritó desesperada mientras salía de la habitación para buscar ayuda médica.

Tras varios minutos gritando por el pasillo en busca de socorro, se encontró al doctor Óscar, a quien pidió ayuda de urgencia, y los dos salieron corriendo de vuelta a la habitación de Julián.

Una vez allí, Óscar se acercó a la cama a toda prisa. Miró con atención los monitores y todo el equipo que tenía puesto Julián. Cuando ya hubo analizado la gravedad del momento, se dio la vuelta con rostro sombrío y se dirigió a Patricia:

—Lo siento mucho, pero ya no se puede hacer nada... Es mejor que llames a tus hermanos y a tu madre ahora mismo.

Puede fallecer en cuestión de minutos. Ella, al escuchar estas palabras del médico, sintió que el mundo se le venía abajo y se puso extremadamente nerviosa. Entre llantos incontenibles, le respondió:

—No puede ser verdad, se tendrá que poder hacer algo... Si mi padre muere ahora, queda todo sin arreglar. Hay demasiados asuntos que solucionar

—incluso logró articular entre lágrimas. Pero, en mitad de ese dolor brutal, la mente de Patricia seguía pensando fríamente en la tormenta que la esperaba una vez que su padre falleciera, con la herencia y el futuro de la familia en el aire.

No habían acabado de hablar cuando un leve sonido interrumpió el llanto en la habitación. Julián, haciendo un esfuerzo sobrehumano, llamó a Patricia con un hilo de voz apenas audible. Ella se inclinó rápidamente sobre la cama. Entre susurros y con muy poco aliento, su padre la miró a los ojos por última vez:

—Ayuda a tu madre, por favor... es lo último que te pido —alcanzó a decir, casi sin voz y con los ojos empañados por las lágrimas, en el que parecía ser su último suspiro.

Patricia, tragándose el nudo que tenía en la garganta, le respondió de inmediato: —No hables, papá. Intenta conservar las fuerzas... La ayudaré en todo lo que pueda, te lo prometo.

Le dijo a su padre una mentira piadosa para que pudiera irse en paz, porque en el fondo sabía perfectamente que la realidad era otra: su madre jamás iba a aceptar su ayuda, y la guerra familiar no había hecho más que empezar.

No había acabado la frase cuando su padre dio su último suspiro y falleció. En ese mismo instante, el sonido de los monitores cambió drásticamente y la máquina a la que estaba enchufado mostró líneas rectas y continuas,marcando el final de su vida.

En ese momento de silencio sepulcral, el doctor Óscar se acercó a la cama. Echó un vistazo final a las máquinas que registraban las constantes de Julián para confirmar lo inevitable. Se dirigió entonces a Patricia con voz grave y llena de pesar:

—Lo siento mucho, Patricia. Acaba de fallecer.




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