El Último Sagrado

Capítulo 12: Cahantaje con trampa

Cuando terminó la tensa reunión con su hermano Carlos, Julián se quedó a solas en el despacho, incapaz de apartar la mirada de la puerta.

Se frotó las sienes, abrumado por una sola pregunta que no dejaba de martillar la cabeza: ¿cómo demonios iba a poner la mitad de la empresa a nombre de su hermano sin que su hija Patricia se diera cuenta? Ella controlaba las cuentas al milímetro. Si veía un traspaso de esa magnitud, el escándalo familiar sería inmediato.

Mientras seguía sentado en su sillón, sintiendo el peso de las paredes de la oficina, pensó en la única salida posible. Agarró el teléfono y marcó un número que se sabía de memoria. Iba a llamar a un viejo amigo, un hombre que siempre le había tendido la mano en los momentos más difíciles. Era un notario de confianza llamado David.

El tono de llamada sonó tres veces antes de coger el teléfono.

—Hola, David. Tengo un problema muy gordo y necesito solucionarlo rápido—soltó Julián sin preámbulos.

Por su mente seguía pasando el peor de los escenarios: el caos absoluto que se desataría si aquel turbio chanchullo llegaba a oídos de su familia. El prestigio que tanto le había costado construir se desmoronaba en un segundo.

—Buenas, Julián. Dime cuál es el problema y, si está en mis manos, cuenta con ello—respondió David al otro lado del teléfono. Su tono era tranquilo, el de un amigo leal que jamás le había fallado y que esta vez no iba a ser menos.

—Tengo un problema con mi hermano. Me pide que ponga a su nombre la mitad de la empresa porque... porque hay un secreto mío que nadie puede saber Julián, sintiendo cómo se le secaba la boca al pronunciar aquellas palabras.

David, mientras escuchaba lo que le estaba contando su amigo, se quedó mudo. No se lo podía creer.

—¿Pero tú de verdad quieres hacerlo?

—preguntó el notario, tratando de asimilar la gravedad de la situación.

—Por supuesto que no quiero hacerlo—respondió Julián de inmediato—. Pero necesito que él crea que se lo estoy dando, cuando en realidad no es así. ¿Me entiendes? Tiene que ser una farsa.

Al otro lado de la línea se hizo un breve silencio. David suspiró con pesadez, pero la lealtad hacia su amigo pesaba más que los códigos legales.

—Tú sabes que te voy a ayudar en lo que haga falta, Julián, aunque me parece una auténtica cabronada lo que te está haciendo tu hermano —le aseguró el notario con tono firme—. Déjame pensar...

Se pueden preparar unos papeles simulados. Un contrato que de cara a él parezca totalmente legal y le otorgue esa mitad, pero que guarde una cláusula oculta o un documento privado de contraescritura que invalide el traspaso. A efectos reales, la empresa seguiría siendo tuya.

Julián, al principio, sintió que le flaqueaban las piernas. Le entraron muchas dudas. Si su hermano Carlos se enteraba de que lo estaba engañando con la documentación, la reacción iba a ser muchísimo peor. Se estaba jugando el cuello. Sin embargo, analizando la jugada de David, se dio cuenta de que aquella era su única opción: de esa manera, su hija Patricia tampoco se enteraría jamás de que el patrimonio familiar había estado en peligro.

—Está bien —accedió Julián con la voz temblorosa— . Hazlo. Prepara esa trampa.

Colgó el auricular despacio, sintiendo que le temblaba el pulso. No había alcanzado a apoyar el teléfono en la base cuando la puerta del despacho se abrió de golpe.Julián dio un respingo en la silla, ocultando instintivamente un bloc de notas bajo unos balances comerciales.Era Patricia.

Su hija entró con paso firme, sosteniendo una carpeta azul bajo el brazo. Tenía la misma mirada analítica y despierta que a Julián siempre le había dado orgullo... pero que hoy le causaba pánico.

—Papá, ¿estás bien? —preguntó ella, deteniéndose frente a la mesa—. Te he oído levantar la voz desde el pasillo. ¿Con quién hablabas?

Julián forzó una sonrisa, aunque sentía el sudor frío bajándole por la nuca.—Con nadie importante, cariño. Cosas de la gestión...David, el notario, que me comentaba unos asuntos de unos terrenos. Ya sabes cómo es.

Patricia entornó los ojos. Conocía a su padre demasiado bien como para tragarse una excusa tan floja. Notaba el ambiente cargado en el despacho y, sobre todo, la rigidez en los hilos de los hombros de Julián. Además, hacía apenas una hora había visto salir a su tío Carlos con una sonrisa de oreja a oreja que no vaticinaba nada bueno.

—Ya... —comentó ella, dejando la carpeta sobre la mesa con un golpe seco—.que me ha parecido cruzarme con el tío Carlos en la entrada y llevaba una cara...Papá, ¿ha vuelto a pedirte dinero? Sabes perfectamente que las cuentas de la empresa este trimestre están ajustadas y no podemos permitirnos más "préstamos"familiares que luego nunca vuelven. Escuchar el nombre de Carlos en boca de su hija hizo que a Julián se le helara la sangre.

Patricia intentaba proteger las cuentas de unos pocos miles de euros, sin sospechar que su padre acababa de poner en marcha un plan secreto para regalarle la mitad de la compañía entera al peor enemigo de la familia.

—No te preocupes por tu tío, Patricia. Yo me encargo de Carlos—sentenció Julián, intentando usar su tono de patriarca autoritario para zanjar la conversación—. Céntrate en lo tuyo.

Patricia guardó silencio unos segundos, mirándolo fijamente. Sabía que su padre le ocultaba algo gordo, pero decidió no presionar más... por el momento.

—Está bien —dijo ella dando un paso atrás hacia la salida—.Pero si pasa algo con la empresa, soy la primera que debería saberlo. Al fin y al cabo, este sitio también es mi futuro.

Cuando la puerta volvió a cerrarse, Julián se dejó caer en el respaldo del sillón,exhalando el aire que retenía en los pulmones. Estaba atrapado en una red de mentiras y el tiempo corría en su contra. Tenía que avisar a Carlos para morder el anzuelo antes de que Patricia metiera las narices donde no debía.




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