El sargento de la policía de Sagrado miraba el reloj del salpicadero de su coche patrulla. Eran poco más de las ocho de la mañana. No había pegado ojo desde que apenas una hora antes, una misteriosa llamada anónima al teléfono fijo de la oficina alterara su rutina. La voz que le había hablado desde el otro lado de la línea sonaba extraña, distorsionada y lejana, pero el mensaje había sido de una precisión quirúrgica: «A las ocho y media, un camión cargado de armas pesadas entrará en Sagrado por la carretera vieja. Matrícula y modelo exactos».
El sargento, un hombre curtido en la tranquilidad del pueblo, dudaba de la veracidad del soplo. Pensaba que podía tratarse de una broma de mal gusto, pero el protocolo y su propio instinto le obligaban a actuar. Desplegó a sus tres mejores agentes en el cruce más cerrado de la carretera vieja, un tramo flanqueado por olivos secos y cunetas profundas donde era casi imposible dar la vuelta.Aparcaron los dos coches patrulla camuflados entre los árboles, con las luces apagadas, esperando en un silencio tenso que solo se rompía por el zumbido de las moscas de la mañana.
Mientras tanto, a unos pocos kilómetros de allí, Álvaro conducía el camión con total tranquilidad. Llevaba una mano apoyada en la ventanilla bajada, disfrutando del aire fresco, y con la otra tamborileaba el volante al ritmo de una rumba que sonaba floja en la radio. Para él, este cargamento no era más que un trámite rutinario.
Llevaba años colaborando con Julián en la sombra, encargándose de la logística de la que nadie debía enterarse en el pueblo. Confiaba ciegamente en el patriarca;Julián era el cerebro, el hombre respetable que manejaba los hilos, y él era el brazo ejecutor que cobraba una buena tajada por arriesgarse. Álvaro sonrió para sí mismo pensando en lo que haría con el dinero de este viaje. Nada podía salir mal.La carretera estaba desierta, como siempre a esas horas.
Sin embargo, al enfilar la curva del cruce viejo, el panorama cambió por completo.Al enderezar el camión, Álvaro vio cómo los dos coches de policía salían de golpe de entre los olivos, cruzándose en mitad de la calzada y cerrándole el paso por completo.
El frenazo del camión fue seco y violento. Los neumáticos chirriaron contra el asfalto gastado, levantando una nube de polvo blanco. A Álvaro se le congeló la sonrisa en la cara. El corazón le dio un vuelco tan fuerte que sintió un dolor sordo en el pecho.
El sargento se bajó del coche patrulla de inmediato, con una mano apoyada firmemente en la culata de su arma reglamentaria y la otra levantada,ordenando el alto. Los otros tres agentes se desplegaron a los lados, cubriendo las salidas.
—¡Apague el motor inmediatamente y baje del vehículo con las manos donde pueda verlas! —gritó el sargento con una voz que resonó con fuerza en mitad del campo.
Álvaro tardó unos segundos en reaccionar. Su mente iba a mil por hora, buscando una explicación lógica, una excusa, cualquier mentira que pudiera salvarle.
Abrió la puerta de la cabina con las piernas temblándole como gelatina y bajó lentamente, levantando las manos. Una gota de sudor frío comenzó a resbalarle por la sien, a pesar del frescor de la mañana.
—Buenos días, sargento... —dijo Álvaro, intentando forzar una voz firme que acabó sonando quebrada—. ¿Pasa algo? Solo llevo un pedido de material de construcción, herramientas y sacos de cemento para la nave de la zona industrial. Tengo los albaranes en la guantera si quiere verlos.
El sargento se acercó despacio, sin relajar los músculos del rostro. Conocía a Álvaro de toda la vida, sabía que era un tipo algo turbio en el pueblo, pero nunca lo había visto con esa cara de pánico absoluto. Aquella expresión de terror le confirmóque la llamada anónima no era ninguna broma.
Los albaranes los miraremos después, Álvaro —respondió el sargento de forma tajante—. Primero vamos a echar un vistazo a la carga. Abre el portón trasero.Ahora mismo.
—Pero sargento, voy con el tiempo justo para la entrega... —intentó protestar Álvaro, dando un paso hacia atrás, con la mirada perdida en los agentes que lo rodeaban.
—No te lo voy a repetir otra vez. Abre el camión.Sin más opciones y sintiéndose acorralado, Álvaro caminó hacia la parte trasera del vehículo. Sus manos temblaban tanto que le costó varios intentos encajar la llave en el cerrojo del portón. Al tirar de la manilla, las pesadas puertas metálicas se abrieron de par en par, revelando el interior a oscuras.A primera vista, la carga parecía legal: había varias hormigoneras pequeñas,palas, cajas de herramientas de hierro y botes de pintura apilados estratégicamente para camuflar el fondo.
El sargento subió de un salto a la plataforma del camión, seguido por uno de sus agentes. Empezaron a mover las cajas de herramientas con brusquedad. Al llegar al fondo, el sargento golpeó una pared de madera falsa que sonó hueca.