Con un destornillador grande que cogió de una de las cajas, hizo palanca con fuerza hasta que la madera crujió y cedió.Detrás de la doble pared, el horror de Álvaro se materializó. Envueltos cuidadosamente en mantas industriales y plásticos de burbujas, aparecieron los cañones negros y relucientes de varios rifles de asalto militares, junto a decenas de cajas de madera repletas de munición pesada de contrabando.
El sargento cogió uno de los fusiles, lo inspeccionó con severidad y miró hacia abajo, donde Álvaro esperaba en el suelo de la carretera, custodiado por los otros policías. La cara del sargento se había vuelto pura piedra.
—Vaya, vaya... Menudo material de construcción te gastas, Álvaro—dijo el sargento mientras bajaba del camión de un salto.—¡Yo no sabía nada de esto, se lo juro!empezó a gritar Álvaro, desesperado, rompiendo a llorar por los nervios—. ¡A mí me contrataron para llevar el camión cerrado! ¡Me dijeron que eran herramientas!
¡Me han tendido una trampa!El sargento no mostró ni un ápice de compasión. Le agarró los brazos por la espalda con brusquedad y le colocó las esposas metálicas. El chasquido del meta cerrándose en sus muñecas sonó como una sentencia definitiva en la cabeza de Álvaro.
—Álvaro, quedas detenido por un delito grave de tráfico de armas de guerra —le recitó el sargento al oído mientras lo empujaba hacia la puerta trasera del coche patrulla—. Tienes derecho a permanecer en silencio. Cualquier cosaque digas puede ser utilizada en tu contra…
Mientras los agentes lo obligaban a meterse en el asiento trasero del vehículo Álvaro apoyó la frente contra la ventanilla tintada. El mundo se le venía encima. No lograba comprender cómo la policía civil del pueblo se había enterado con tanta exactitud de un cargamento secreto que solo conocían dos personas en todo el planeta. Su mente revivía la conversación de la noche anterior detrás de la nave abandonada.
Confió en su socio, en el hombre poderoso que le daba el trabajo. Lo último que Álvaro se atrevería a sospechar jamás, mientras el coche patrullaarrancaba con dirección al calabozo, era que su propio jefe, Julián —el respetable impecable patriarca de Sagrado—, era quien lo había vendido a la justicia para salvar su propio pellejo y desviar las miradas.
Una vez en la comisaría de la guarda civil. Alvaro solo tenía dos opciones o hablar o comerse el marrón el solo .Pero tampoco quería delatar a su jefe el que siempre le había ayudado.
En ese momento el sargento llamó a Julián. Porque se lo pidió Alvaro. si jefe aparecio en seguida en las comisaría.
-Hola, sargento torres ¿Que ha pasado?- pregunto Julián como si no supiera nada de lo que había pasado-hemos encontrado un cargamento de armas en el camión de su empleado.
Julián se hizo el sorprendido-yo no sé nada de eso ese camión traia cosas de fibra optica- contesto Julián-Pues al parecer si empleado lo utilizaba para otra cosa- le dijo el sargento.
-¿Y que le puede pasar?-pregunto Julián.-Pues si no colabora y nos dice quien le mando ese encargo le pueden caer 30 años de prisión- contesto el sargento.
Julián sabía de sobra que Álvaro no hablaría. Pero mientras tanto Álvaro en el calabozo se estaba pensando en hablar y contarlo todo. Porque el no quería comérselo todo solo.
Por otra parte sabía que si hablaba era hombre muerto. Conocía de sobra los contactos que tenía su jefe dentro de prisión.
Todo el pueblo sabía a qué se dedicaba Julián. Pepe siempre le tuvieron miedo,.porque era un hombre que no se andaba con rodeos. Y si se enteraba que alguien quería delatar le esa persona curiosamente desaparecía.
Como hizo con la hermana de madre de su hijo secreto.
La pregunta sería ¿Que hará Álvaro?, le podrá más la valentía o el miedo.
Lo que Julián no sabía que el asisnato de esa mujer lo había visto Ramona. Una mmediga que la conocía todo el pueblo. Así que iba a ser difícil hacerla desaparecer.
Ramona todavía no se había puesto en contacto con Julián pero lo haría en pocos días.