Ramona se acurrucó contra la pared de piedra del callejón, tapándose hasta la nariz con una manta vieja que olía a humedad . En Sagrado todo el mundo la conocía, de hecho algunas personas del pueblo le daban comida.Sabían que en el fondo era buena mujer.Aunque no tuviera dinero ni casa.Todo el tiempo que llevabaen Sagrado nunca había robado nada.
Y aquella noche donde siempre dormía detrás de la nave abandonada. Fue donde presenció el asesinato de aquella mujer. Ramona no la conocía. Pero sabía que lo que había presenciado le podría dar algún dinero. Lo malo que se enfrentaba al hombre más poderoso del pueblo. Y que nunca nadie se atrevería a chantajearle.
Pero ella no tenía nada que perder.Aquella mujer vio la oportunidad. Pero tampoco sabía cómo hacerlo así que tuvo que pensar una estrategia. Volviendo aquella noche. Una vez que ya habían asesinado a aquella mujer.
A Ramona todavía le temblaban las manos al recordarlo. Se había refugiado allí buscando un techo contra el rasca de la madrugada cuando los faros de dos coches la asustaron. Escondida tras unos matorrales secos, había visto a Julián y a Alberto cavar un foso y enterrar un cuerpo. Reconoció a Julián al instante; en un pueblo tan pequeño como Sagrado, todo el mundo conocía al gran patriarca, ese hombre rico que siempre iba trajeado, con la barbilla alta y cara de no haber roto un plato en su vida. Ver al hombre más respetable del pueblo arrastrando un cadáver como si fuera basura la había dejado en puro shock.
Al principio, el miedo la paralizó. Pensó en huir lejos, en meter sus pocas pertenencias en un carrito y desaparecer de Sagrado antes de que esos hombres descubrieran que había un testigo. Si eran capaces de matar y enterrar a alguien en mitad de la noche, ¿qué le harían a una mujer indefensa como ella si abría la boca? La policía no movería un dedo por ella.
Pero el rugido de su propio estómago la hizo cambiar de idea. Llevaba dos días sin llevarse nada caliente a la boca, sobreviviendo a base de mendrugos duros. Miró sus zapatos rotos, sus manos agrietadas por el frío y, de repente, el terror se transformó en una oportunidad desesperada. Julián tenía dinero, toneladas de dinero. Y ella tenía el secreto que podía destruir su perfecta vida de marido e hijo ejemplar. Aquello no era un peligro; era su billete de salida de la miseria.
Esperó a que amaneciera y vio desde la distancia el revuelo que se montó en el pueblo cuando la policía se llevó detenido a Álvaro por el asunto de las armas.
Ramona no era tonta; ató cabos enseguida y se dio cuenta de que Julián estaba limpiando el terreno. Sabía que tenía que actuar rápido, antes de que el patriarca cerrara el círculo por completo.
Se sacudió el polvo de la ropa lo mejor que pudo, se ajustó el abrigo gastado y caminó hacia la plaza principal, donde Julián solía acudir a media mañana para supervisar sus negocios y dejarse ver por los vecinos. El corazón le latía a un ritmo frenético, pero la necesidad de comer era más fuerte que el miedo.
Cuando vio aparecer la silueta imponente de Julián saliendo del banco, Ramona respiró hondo y se cruzó en su camino, deteniéndose a apenas dos metros de él. Julián, al verla, arrugó la nariz con desagrado, haciendo amago de esquivarla como si fuera un estorbo en la acera.
—Quítese del medio, buena mujer, no tengo suelto —dijo Julián con una voz fría y cortante, sin siquiera mirarla a la cara.Ramona no se movió. Le sostuvo la mirada, clavando sus ojos cansados en los del poderoso terrateniente.—No vengo a pedirle suelto, Don Julián—susurró Ramona con una voz baja pero Vengo a hablar de lo que enterró anoche detrás de la nave vieja. De la tierra fresca que dejó junto a Alberto.
Al escuchar esas palabras, la expresión de Julián cambió por completo. Fue solo un segundo, un destello de puro pánico que cruzó sus ojos antes de recuperar su habitual máscara de piedra. La sangre se le congeló, pero intentó mantener la compostura, agarrando con fuerza el maletín que llevaba en la mano.
—No sé de qué estupideces me está hablando. Está usted loca, váyase antes de que llame al sargento —amenazó Julián entre dientes, dando un paso hacia ella para intimidarla.
—Llámelo si quiere —respondió Ramona, sin dar un solo paso atrás, sabiendo que ahora tenía la sartén por el mango—. Llame al sargento y le contamos los dos juntos dónde tiene que ir a cavar esta tarde. Seguro que a la policía le interesa mucho saber a quién metieron bajo tierra. A mí me da igual acabar en el calabozo,allí al menos me darán de comer. Pero a usted... a usted se le va a acabar la vidorra en Sagrado.
Julián miró a su alrededor disimuladamente, aterrorizado de que algún vecino o empleado suyo estuviera prestando atención a la escena. El sudor empezó a perlarle la frente. El plan perfecto que había diseñado esa mañana al delatar a Álvaro se estaba desmoronando por culpa de una mujer que no tenía dónde caerse muerta.
—¿Qué es lo que quieres? —siseó Julián, acercándose tanto que Ramona pudo oler su perfume caro mezclado con el olor a puro tabaco.
—Quiero dinero. Mucho dinero —contestó ella, mostrando los dientes en una sonrisa amarga—. Suficiente para marcharme de este maldito pueblo y no volver nunca. Mañana a esta misma hora volveré a buscarle aquí. Traiga un sobre lleno de billetes limpios. Si veo un solo coche de policía o intenta hacerme algo, una carta con todo lo que vi llegará directa al juzgado. Usted verá lo que vale su secreto, Don Julián.
Sin esperar respuesta, Ramona dio media vuelta y se alejó caminando despacio, perdiéndose entre los callejones de la plaza. Julián se quedó estático en mitad de la acera, con los puños apretados y la respiración agitada. Por primera vez en su vida, el gran patriarca de Sagrado sintió que el suelo se abría bajo sus pies.