Julián subió a su coche de gama alta y cerró la puerta de golpe, alejándose del ruido de la plaza. Apoyó las manos en el volante y respiró hondo varias veces, intentando calmar el temblor de sus dedos. El chantaje de la vagabunda lo había dejado completamente descolocado, pero si algo caracterizaba al patriarca de Sagrado era su capacidad para reaccionar bajo presión.
No podía derrumbarse ahora.Tenía demasiados frentes abiertos y el tiempo corría en su contra.Él nunca pensó que en aquella nave abandonada pudiera haber alguien. Ahora tenía que pagar lo que ella le pidiera o hacerla desaparecer. Pero ¿cómo iba a hacérselo a Ramona? La conocía todo el pueblo. Entonces pensó en llamar a un amigo para que la investigara, para saber si tenía algo que ocultar o estaba limpia.Sin dudarlo, cogió el teléfono y marcó su número.
—Hola, Jaime. Tengo un problema muy gordo del que solo tú me puedes sacar—dijo Julián con voz muy seria.—Dime qué te pasa y a ver si lo podemos resolver —respondió Jaime al otro lado dela línea—. No será la primera vez que te saco de alguna.
Julián tomó aire y procedió a contarle la historia:
—Estaba siendo chantajeado por la hermana de la madre de mi hijo secreto.Pero un día decidí que estaba harto. Así que quedé con ella en una nave abandonada y la maté.Jaime se quedó helado en silencio durante unos segundos.
—Pero... ¿fuiste tú el que la mató o fue un mandado tuyo? —preguntó, intentando procesar la confesión.
—Ahí no acaba todo. Es que lo vio una vagabunda —continuó Julián.
—Bueno, pero de una vagabunda poco hay que preocuparse, no la va a creer nadie...
—A esta sí la creerían. Su nombre es Ramona.Jaime, sorprendido al escuchar el nombre, no daba crédito.
—¿Tú crees que podrías averiguar algo de ella? —le preguntó Julián.
—Es que esa mujer de pobre tiene poco—reveló Jaime, bajando la voz—.
Es bastante rica, lo que pasa es que prefiere vivir en la miseria. Lo sé porque yo soy uno de los que maneja su fortuna. Es la dueña de casi todo el pueblo vecino a Sagrado.
Julián apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La revelación de Jaime resonó en el habitáculo del coche como un disparo.
—¿Rica? —farfulló Julián, sintiendo cómo se le secaba la boca—. Jaime, no me estés vacilando. Esa mujer viste con harapos y busca comida en los contenedores.
—Te lo juro por la memoria de mi padre, Julián. Manejo sus fideicomisos desde hace cinco años —la voz de Jaime se volvió mucho más cautelosa, casi un susurro—. Ramona heredó una fortuna inmobiliaria descomunal, pero tras la tragedia de su familia renegó de todo y eligió la calle.
La gente cree que está loca y que no tiene dónde caerse muerta, por eso nadie sospecha. Si ella va a la policía o decide usar sus recursos contra ti, no es la palabra de una vagabunda lo que te va a hundir... es la palabra de la persona más influyente de la comarca.
El silencio se instaló entre los dos hombres. El motor del coche ronroneaba suavemente, en contraste con el ritmo acelerado del corazón de Julián.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó Jaime al cabo de unos segundos—. Si la rozas, sus abogados tienen instrucciones automáticas de auditar hasta el último céntimo de sus bienes... y si descubren que le ha pasado algo, la primera sombra va a caer sobre ti.
Julián miró por el retrovisor hacia la plaza. El reflejo de las luces del pueblo se estrellaba contra el cristal. Ya no se trataba solo de tapar un crimen improvisado en una nave abandonada; se trataba de evitar que el imperio de Sagrado fuera devastado por una anciana que lo observaba todo desde las sombras.
—No la investigues, Jaime —dijo Julián, con una voz fría que no parecía la suya—.Averigua qué es lo que realmente quiere. Porque alguien que lo tiene todo y decide vivir en la miseria no pide dinero por chantaje...busca otra cosa. Y me temo que lo que quiere es destruirme.Colgó sin esperar respuesta, tiró el teléfono en el asiento del copiloto yaceleró, adentrándose en la noche.