El Último Sobreviviente

Capítulo 1 - La Noche Les Pertenece

I — Enero de 1976

En aquellos días nublados, Robert Neville nunca sabía con absoluta certeza a qué hora iba a ponerse el sol.

Aquello le molestaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

Durante toda su vida había asociado el crepúsculo con ciertas señales que parecían inmutables: el color naranja en el horizonte, las sombras alargándose sobre el pavimento, las nubes adquiriendo bordes de cobre, los últimos reflejos sobre los cristales de las casas.

Eran señales sencillas, familiares, casi tranquilizadoras.

Ahora, cuando el cielo permanecía gris desde el amanecer hasta la noche, aquellas señales habían desaparecido.

Y un error de apenas unos minutos podía costarle la vida.

A veces ellos ya ocupaban las calles antes de que él regresara.

Por eso, en los días cubiertos, prefería no alejarse demasiado.

Neville caminaba alrededor de la casa bajo una luz grisácea y débil, con un cigarrillo entre los labios.

El humo ascendía lentamente por encima de su hombro y se deshacía enseguida en el aire frío.

Llevaba una chaqueta vieja, pantalones gruesos y unas botas que habían conocido mejores tiempos.

En la mano derecha sostenía una pequeña palanca de hierro que utilizaba para comprobar las defensas.

Empujó uno de los tablones.

Sólido.

Otro.

Sólido también.

Se agachó junto a una ventana y pasó los dedos por la madera.

—Vamos…

Murmuró.

—Dame una buena noticia.

Los ataques más violentos dejaban tablones partidos, clavos arrancados o secciones enteras de madera medio desprendidas.

Algunas mañanas encontraba marcas de uñas.

Otras, manchas oscuras que prefería no examinar demasiado de cerca.

Había llegado a conocer cada ventana como si fuese una parte de su propio cuerpo.

Una tabla floja.

Un clavo torcido.

Una grieta.

Cualquier pequeño defecto podía transformarse en una entrada.

Y una entrada era la muerte.

Comprobó la siguiente ventana.

Nada.

La siguiente.

Nada.

Por fin encontró un tablón partido cerca de la esquina.

Neville soltó el aire lentamente.

—Claro.

Dijo.

—Tenía que haber uno.

Odiaba aquella tarea.

Odiaba los martillos, los clavos, el serrín, las reparaciones constantes.

Pero aquella mañana había tenido suerte.

Sólo faltaba un tablón.

Se incorporó y miró alrededor.

La calle estaba desierta.

Casas abandonadas se extendían a ambos lados bajo el cielo gris.

Algunas tenían las ventanas rotas.

Otras estaban ennegrecidas por el fuego.

Había automóviles detenidos junto a las aceras, cubiertos de polvo, hojas y pequeñas ramas.

Ningún motor.

Ninguna voz.

Ningún niño.

Ningún perro cruzando la calle.

Nada.

El silencio de aquellas horas siempre le parecía artificial.

Como si la ciudad contuviera el aliento.

Como si estuviera esperando.

Neville apartó la mirada.

No era buena idea pensar demasiado.

Nunca lo era.

Rodeó la casa y entró en el patio.

Primero revisó el invernadero.

Empujó la puerta, comprobó el marco y examinó los cristales.

En otras ocasiones las piedras lanzadas durante la noche habían atravesado los vidrios y encontrado plantas, herramientas o macetas.

Había mañanas en que el suelo aparecía cubierto de fragmentos.

Esta vez estaba intacto.

—Bien.

Luego caminó hasta el depósito de agua.

Examinó las barras metálicas que lo protegían.

Las sacudió.

Nada.

Comprobó las tuberías.

Tampoco había daños.

A veces los hierros amanecían flojos y las cañerías torcidas o rotas, como si alguien hubiera pasado horas intentando arrancarlas con las manos.

Neville imaginó por un momento aquellas manos.

Pálidas.

Ensangrentadas.

Tirando una y otra vez.

Apartó la idea.

—No empieces.

Se dijo.

Volvió hacia la casa.

Cuando abrió la puerta apareció en el espejo del porche una imagen fragmentada de sí mismo.

Un rostro dividido por grietas.

Un ojo más alto que el otro.

La boca partida en tres.

Neville se quedó observando aquella caricatura durante un instante.

Hacía aproximadamente un mes que había colgado allí aquel espejo agrietado.

No estaba completamente seguro de que los espejos sirvieran para algo.

Pero tampoco estaba dispuesto a descartar ninguna posibilidad.

Al cabo de pocos días algunos trozos habían empezado a desprenderse y a caer sobre el porche.

Neville tocó el marco.

Una pequeña pieza de cristal tembló.

«Puede caer entero.»

Retrocedió.

—Pues que caiga.

No tenía ninguna intención de buscar otro maldito espejo.

No valía la pena.

En cambio, alrededor del marco había colocado varias cabezas de ajo.

Aquello parecía funcionar mejor.

Entró y cerró la puerta.

La sala estaba sumida en un silencio casi absoluto.

Durante unos segundos Neville permaneció inmóvil, escuchando.

El zumbido lejano del generador.

El leve rumor del acondicionador.

Nada más.

Cruzó lentamente la habitación, dobló por el oscuro pasillo de la izquierda y entró en el dormitorio.

En otro tiempo aquella habitación había tenido adornos.

Fotografías.

Cortinas.

Pequeños objetos.

Recuerdos.

Ahora todo era funcional.

Una cama.

Un escritorio.

Un armario.

Y herramientas.

Había transformado una pared entera en almacén.

En los estantes podían verse un serrucho, un torno, una piedra de esmeril, cajas con tornillos, clavos, alambre, piezas de repuesto y herramientas que años atrás no habría sabido utilizar.

Ahora podía reconocerlas por el tacto.

Neville abrió una caja.

Revolvió su contenido.

—¿Dónde demonios…?

Apartó tornillos.



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En el texto hay: apocalipsis, supervivencia

Editado: 08.09.2026

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