Carta a los sobrevivientes:
Mi nombre es Brad Miller. Soy un hombre de 38 años y escribo estas líneas para que sepan que no están solos. La noche se siente más fría de lo cual; mi abrigo ya no me brinda el calor de antes y todo se vuelve más difícil con cada paso.
Camino por estas calles en ruinas buscando algún rastro de vida. El apocalipsis ocurrió hace meses, o quizás años; he perdido la noción del tiempo. Ya no existen calendarios ni relojes que importen. Solo sé que sigo respirando en un mundo sumido en el caos total.
La maleza devora las casas; las plantas parecen ser los únicos seres vivos que me acompañan, además de las cucarachas que ocasionalmente pasan sobre mis pies. Muchos creerían que esto fue una invasión alienígena o el impacto de un asteroide. Nada de eso. Nos destruimos nosotros mismos. En el 2067, ante la inminencia de la derrota, se lanzaron las ojivas nucleares. ¡Qué imbecilidad! Aniquilaron a la raza humana solo para no admitir la derrota.
¿Cómo sobreviví? Fui militar y, años antes de que todo estallara, construí un búnker bajo mi propiedad. Jamás pensé que realmente llegaría a usarlo. Cuando la bomba cayó, solo sentí un temblor profundo seguido de un silencio absoluto. Al salir, mi mundo era ceniza. Mi vecino, el señor Arthur Pendergast, un buen hombre que siempre me prestaba su podadora, yacía carbonizado junto a su familia entre los restos de su hogar. Desde entonces, busco a alguien más.
Espero que, si alguien lee esto, entienda que sigo vagando, buscando personas que quieran comenzar de cero en un mundo sin guerras.
Firma: Brad Miller.
—Bien, dejaré esto aquí —susurré, colocando la carta sobre el escritorio del presidente antes de salir de una Casa Blanca convertida en un mausoleo.
Seguí mi camino por la devastada Washington D.C. Mi linterna y mi Mágnum .357 eran mis únicas compañeras mientras revisaba cada cadáver y cada estructura podrida. Al amanecer, llegué a un supermercado saqueado. Recogí algunas latas de comida que aún no habían caducado y las guardé en mi mochila.
—Dios mío... no supimos valorar nuestro hogar —dije en voz baja. Un pequeño sismo sacudió el local, pero ya era costumbre; la Tierra seguía convulsionando por las heridas nucleares.
Más tarde, mientras caminaba por la carretera agrietada, vi movimiento dentro de una tienda de ropa. Un vestido se agitó. Me acerqué con cautela, apuntando mi arma.
—¡¿Hay alguien aquí?! —grité—. ¡No teman! ¡Soy una buena persona y puedo ayudarlos!
—Si eres bueno, ¿por qué me apuntas con eso? —respondió una voz.
Bajé el arma de inmediato, sintiendo un vuelco en el corazón. De detrás de una caja registradora salió un hombre de tez pálida y ojos oscuros, completamente calvo y con una cicatriz profunda que le cruzaba el cráneo.
—¿Quién eres? ¿Cómo sobreviviste? —le pregunté, ansioso.
—Tengo sed —dijo él, mirando mi botella de agua. Se la lancé. La bebió con una avidez animal antes de responder.
—Me llamo Elias Thorne. Sobreviví gracias a una familia generosa que me permitió entrar en su búnker.
—¿Hay más sobrevivientes? —mi voz tembló de emoción.
—Muchos. Salí un momento a buscar suministros para el grupo. Vamos hacia Canadá; uno de los nuestros recibió un mensaje en código Morse. Dicen que allí hay una comunidad segura. Si quieres, te llevo con ellos.
Elias sonrió de una manera que me erizó la piel, pero la desesperación por no estar solo era más fuerte que mi instinto. Lo seguí. Caminamos mientras me contaba sobre esa supuesta sociedad amplia que buscaba un nuevo comienzo. Llegamos a un pequeño vecindario destruido.
—Están ahí, en esa casa —señaló Elias.
Corrí con el alma en un hilo, empujé la puerta esperando ver rostros humanos y lo que encontré me hizo caer de rodillas. El hedor me golpeó primero. Dentro de la estancia, unas cuarenta personas habían sido mutiladas y algunas incluso crucificadas contra las paredes. Salí de la casa vomitando, con la rabia ardiéndome en el pecho. Elias Thorne se acercaba lentamente, con la cabeza gacha.
—¡¿Qué demonios es esto, Elias?! —rugí, apuntándole directo a la cabeza—. ¡Detente o disparo!
Él no se detuvo. Seguía caminando con un paso antinatural. No dudé más. Apreté el gatillo dos veces. Las balas impactaron en su pecho y el hombre cayó al suelo. Me abalancé sobre él, poniéndole el cañón de la Mágnum en la frente.
—¡Maldito enfermo! ¡No mereces ni tener cerebro!
De pronto, Thorne abrió los ojos. Ahora eran de un rojo intenso, brillantes como brasas. Sus manos, frías como el hielo, rodearon mi cuello con una fuerza sobrehumana. Sentí cómo mi tráquea se cerraba. Justo antes de perder el conocimiento, logré disparar. Su cabeza estalló en mil pedazos.
Me solté de su agarre, jadeando, intentando recuperar el aire. Pero entonces, escuché una risa que no era humana.
—¿No te gusta mi obra de arte, Brad?
Me giré aterrado. Elias Thorne estaba de pie, regenerando su cráneo ante mis ojos. Los huesos y la carne se entrelazaban como si el tiempo corriera hacia atrás.
—¿Qué... qué eres? —logré articular, temblando.
—Exactamente eso. Soy un demonio.
Entré en pánico. Corrí hacia una pequeña capilla en ruinas que estaba cerca, recordando las historias que mi madre me contaba sobre la fe y el mal. Elias entró tras de mí, caminando con una parsimonia aterradora. Me señaló una habitación lateral. Al abrirla, vi a una anciana muerta que aún sostenía un crucifijo ensangrentado. Al lado, había un recipiente con agua.
Agua bendita, pensé. Tenía que serlo.
Metí seis balas en el agua, bendiciéndolas con mi propia desesperación. Cargué el arma y salí. El demonio estaba sentado en un banco, esperándome.