El último sobreviviente.

CAPÍTULO II: METAL Y COLMILLOS

Caminando por las carreteras de Montana, el paisaje es desolador. Almacenes con las paredes vencidas y casas reducidas a escombros decoran el horizonte. Sin embargo, algo rompe la monotonía del desastre: frente a una casa casi intacta, brilla un Dodge Challenger de 1970, color negro perlado.

​Corro hacia él, incrédulo. El metal está frío pero impecable. Entro, arrojo mi mochila al asiento del copiloto y busco en la guantera. Ahí están: las llaves. Al girarlas, el motor 440 V8 ruge con una fuerza que me hace vibrar el pecho. Por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa cruza mi rostro.

​—Con esta máquina, estaré en la frontera en un suspiro —murmuro mientras ajusto el retrovisor.

​Me distraigo un segundo observando mi propio reflejo cansado cuando, de la nada, un impacto brutal sacude el coche por el lado del pasajero. Una esfera de hierro colosal ha chocado contra el chasis. El Challenger vuela, dando vueltas de campana hasta estrellarse contra la espesura del bosque que bordea la autopista.

​Salgo del amasijo de metal como puedo, arrastrándome. Un dolor agudo me recorre el costado; tengo el hombro izquierdo dislocado. Rescato mi mochila del coche destrozado, desenfundo mi Mágnum y apunto hacia la carretera, pero la neblina comienza a tragárselo todo.

​—¿Qué carajos fue eso? —pregunto al vacío. Mi respiración es errática. No sé si es el dolor o el terror de imaginar qué fuerza pudo lanzar esa bola de hierro gigante con tanta precisión. Solo sé que debo alejarme de allí.

​Cae la noche mientras me interno en el bosque. Me detengo junto a un pino centenario. Respiro hondo, muerdo un trozo de tela y empujo mi hombro contra el tronco.

—¡Crack!—

El crujido me hace ver estrellas, pero el brazo recupera su sitio. Las tácticas militares que aprendí hace años siguen siendo lo único que me mantiene en pie. Me recuesto para descansar, pero el frío de la madrugada y los recuerdos de Elias Thorne no me dejan cerrar los ojos.

​De repente, un sonido rompe el silencio.

​—Grrrr…

​—¿Qué fue eso? —amartillo mi arma. La neblina es tan espesa que apenas veo mis propias manos.

​—Grrrr…

​El gruñido suena más cerca, cargado de una agresividad animal. Enciendo la linterna y el haz de luz revela una pesadilla: un perro raquítico, con la piel desgarrada y un líquido amarillento y pestilente supurando de sus músculos expuestos. Sus dientes son como navajas y sus ojos rojos destellan con un brillo infernal.

​Es un Caballero de L’Enfer.

​Me quedo paralizado un segundo. Él me estudia, esperando mi primer movimiento. No le doy el gusto. Le disparo directamente a la cabeza, desparramando su esencia pútrida por el follaje. El olor es insoportable. Recojo mis cosas y empiezo a correr, pero el bosque responde.

​—Grrrr…

​¿Otro? No me jodan. Alumbro hacia la izquierda y veo a otro perro demoníaco cargando hacia mí. Le disparo en el aire, partiéndolo por la mitad.

​—¡Maldita sea! —grito. El eco de mis disparos parece haber despertado a la jauría. Escucho al menos ocho gruñidos más rodeándome. Reviso mi tambor: solo me quedan dos balas bañadas en agua bendita. Maldigo mi exceso de confianza por no haber recargado antes.

​Mis heridas empiezan a pasar factura; el pulmón me arde y las piernas me pesan. Me detengo junto a un roble, saco la cantimplora de agua bendita y sumerjo todas mis municiones. Cargo la Mágnum con manos temblorosas mientras el círculo se cierra.

​—Ya están aquí —susurro.

​Cuento trece sombras emergiendo de la niebla. Comienzo a disparar con precisión quirúrgica. Uno pierde la cabeza, a otro le reviento la cadera, un tercero estalla en una lluvia de vísceras negras. Mato a los primeros seis, pero los siete restantes se lanzan en masa. Recargo a ciegas, mis dedos se mueven por puro instinto militar. Derribo a seis más, pero el último logra saltar sobre mi pecho.

​Sus fauces buscan mi garganta. Lo agarro de la mandíbula con ambas manos, sintiendo cómo sus dientes se hunden en mis palmas. Saco fuerzas de donde no tengo y, con un grito de rabia, le parto la quijada. El animal chilla como un cerdo herido. Aprovecho el segundo para vaciar el resto del agua bendita sobre él; el demonio comienza a humear y a retorcerse. Sin piedad, le vuelo los sesos.

​Me dejo caer al suelo, cubierto de sangre y de ese líquido asqueroso. El amanecer comienza a teñir el cielo de un gris pálido.

​—Definitivamente necesito un baño —digo, intentando recuperar el aliento.

​Me levanto, guardo la linterna y aprieto con fuerza mi arma. Canadá sigue lejos, y Montana acaba de demostrarme que los demonios no solo caminan como hombres, sino que también acechan como bestias.




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